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No animarnos a explorar más allá de los tópicos de una ciudad, a menudo, puede hacer que nos perdamos grandes tesoros. Se trata de un error común cuando se vistia por vez primera la capital andaluza: son tantos los reclamos imprescindibles que visitar que se nos olvida que, si solo damos unos pasitos más allá, si salimos del casco histórico de Sevilla e indagamos al otro lado del río, resulta que suceden muchas cosas. Y todas son interesantes.
La principal de todas ellas tiene nombre propio: el Monasterio de Santa María de las Cuevas, comúnmente conocido como Monasterio de la Cartuja, lleva liderando ese espacio conocido como Isla de la Cartuja —que, por cierto, ni es isla, ni se le parece, pues las aguas el Guadalquivir no la rodean por completo— desde tiempos inmemoriales. Más concretamente, desde el siglo XV, cuando fue levantado para albergar a la Orden de los Monjes de San Bruno. Se construyó entonces un edificio con un singular estilo arquitectónico en el que se entremezclaba el gótico con el barroco, el renacimiento y el múdejar. Hoy, al caminar por sus diferentes espacios, aún se pueden sentir los ecos de un increíble pasado.
Aunque una pasarela permite cruzar el Guadalquivir desde el casco histórico desembocando directamente en la puerta de atrás del monasterio, nosotros elegimos rodear el edificio y acceder por la entrada principal, desde cuya perspectiva la construcción resulta mucho más abrumadora. Dos extensas praderas con sus respectivos estanques flanquean el camino que nos lleva a traspasar el enorme portadón. A sumergirnos en un universo paralelo: atrás quedan todos esos antiguos edificios que un día alojaron los pabellones de la Exposición del 92. Dentro, historia y arte se funden en uno.
Supone un verdadero placer recorrer la sucesión de jardines, patios y huertas colmadas de vegetación que se reparten por las 24 hectáreas que ocupa el monasterio. De sus orígenes quedan hoy también la iglesia, el claustro y diversas capillas. Tras muchos siglos y vidas diferentes, el histórico espacio es sede en la actualidad del CAAC —Centro Andaluz de Arte Contemporáneo—, demostrando que adaptar un espacio religioso al uso cultural moderno es posible. Donde menos se espera, incluso al aire libre, una intervención invita a parar, a contemplar. A reflexionar.
Una escultura en homenaje a Cristóbal Colón se alza sobre un pedestal entre parterres y nos recuerda el vínculo del explorador con este lugar: resulta que aquí solía hospedarse a menudo —e incluso llegó a preparar la expedición que le llevaría por segunda vez a América—. Años después, serían sus restos los que descansarían durante alrededor de 30 años entre los muros del monasterio, antes de ser trasladados a la Catedral de Sevilla. Junto a la escultura, un viejo ombú, de tamaño descomunal y retorcidas raíces, luce como único testigo vivo de aquella época pasada. Según dicen, fue plantado por Hernando Colón, hijo del descubridor.
Aunque con una parte de su mirada puesta siempre en el pasado, el Monasterio de la Cartuja late hoy con fuerza, alojando en sus salas, claustros y patios obras de artistas internacionales de gran renombre. Desde que en 1997 pasara a ser sede del Centro Andaluz de Arte Contemporáneo —aunque ya en el 92 sufrió una intensa reforma con motivo de la Exposición Universal—, sus exposiciones temporales han contado con grandes como Ai Wei Wei, Elaine Sturtevant o la colombiana Delcy Morelos.
Nos adentramos en las diferentes salas y enseguida llaman nuestra atención las enormes instalaciones que protagonizan sus espacios. También las altas —y hermosísimas— chimeneas que, visibles incluso desde el otro lado del río, sorprenden alzándose al infinito. Elementos fundamentales que vuelven a relacionar presente y pasado. En esta ocasión, relatando otro episodio de la historia del monasterio: tras la desamortización de Mendizábal, ya en el siglo XIX, el espacio fue convertido en una fábrica de loza y porcelana china creada por Charles Pickman. Un absoluto icono patrimonial y parte fundamental de la cultura de la capital andaluza: sus míticas vajillas continúan siendo identitarias de esta tierra, y raro es el sevillano que no cuenta con alguna pieza en su hogar.
Pronto nos topamos con uno de los artistas que ahora exponen en el CAAC. Cachito Valdés, oriundo de Sevilla, cuenta con una prolífera carrera repleta de éxitos. Para disfrutar de sus creaciones solo hay que echar un ojo a su exposición titulada El Eterno presente, compuesta de obras de gran tamaño en las que el sevillano interpreta la reflexión entre el tiempo y sus variaciones, profundizando en las conexiones entre lo científico y lo poético. Un juego constante de formas y luces, de colores y movimientos, que nos invitan a la contemplación detallada, a la admiración más profunda.
Una de sus obras más espectaculares decora uno de los espacios exteriores, el Arco de San Miguel. Titulada Sun Twist, con ella el artista plasma la idea del eterno retorno, un concepto filosófico que defiende que tanto el universo como los acontecimientos que en él tienen lugar, se repiten de manera cíclica. Una instalación hipnotizante creada por el autor para este específica ubicación. Sin embargo, la agenda del CAAC va mucho más allá de las innovadoras exhibiciones programadas y funciona como un punto de encuentro entre artistas y público general, investigadores y amantes del arte en todas sus versiones. Además del museo, a lo largo del año el espacio acoge también ciclos de música en directo y de cine, encuentros y charlas. Incluso hay lugar en uno de sus diversos patios para la gastronomía: entre pequeños jardines se despliegan los veladores de Alma Mater, un coqueto negocio con diseño inspirado en un típico bistró francés ideal para disfrutar de sabrosos platillos o de un relajado café en el mejor entorno.
Un espacio multidisciplinar y único abierto tanto al disfrute colectivo como al individual. Un auténtico oasis a un simple salto del casco histórico de la ciudad en el que entender que, la esencia de Sevilla, es también esto: vanguardia, historia y patrimonio, unidos todos en uno.
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