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Retrato de la princesa de Éboli y Santa Teresa de Jesús.

Pastrana (Guadalajara), la villa que vive con la princesa de Éboli y Santa Teresa

¿Tú vas con la princesa de Éboli o con Santa Teresa?

Actualizado: 06/04/2026

Fotografía: Alfredo Cáliz

La pregunta no es banal en la villa ducal de Pastrana (Guadalajara). La histórica disputa de la de Éboli y la Santa y sus obras, envuelven cada uno de los recodos del pueblo medieval más hermoso de la Alcarria. El palacio donde la mujer del parche en el ojo fue cruelmente encerrada hasta su muerte por Felipe II y los dos conventos fundados por la de Ávila, sus calles, sus gentes, invitan a una excursión que alimenta el corazón y enseña historia.
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No es aventurado decir que la mayoría de los 1000 pastraneros de la villa son más de Ana de Mendoza y de la Cerda, princesa de Éboli y duquesa de Pastrana que de la Santa de Ávila. La tuerta más famosa de Europa, casada por orden del rey con Ruy Gómez de Silva, secretario e íntimo amigo de Felipe II, ha sido tratada de malvada, conspiradora y casquivana. Pero es una figura recuperada desde el siglo pasado, no solo en el corazón de los pastraneros -la de Éboli les mantiene en el mapa como aquel que dice- sino también por algunos historiadores y novelas.

La colegiata de la santa domina la panorámica de Pastrana.
La colegiata de la santa domina la panorámica de Pastrana.

Por Pastrana no se pasa, se viene o no se viene. Es un destino en sí mismo que en los últimos tiempos revitalizan películas y series. Religión, mujeres y conventos -ya sea La Mesías, el LUX de Rosalía o Los Domingos- incentivan un interés que en este pueblo hace siglos que permanece vivo, mantenido por el espíritu de sus habitantes, unas gentes que ya le plantaron cara a la abuela de la Éboli hace quinientos años. Lo recuerda Paloma Gumiel, guía oficial del lugar y responsable de la Oficina de Turismo. Y enamorada de Pastrana.

Llegando a las inmediaciones de la villa, lo primero que se observa a la izquierda es el convento del Carmen, también conocido como de San Pedro, fundado por Teresa para dos monjes italianos que se encontró en el camino y convirtió en los primeros carmelitas, luego reconducidos por el amado San Juan de la Cruz. La de Ávila terminó recurriendo a su amigo el santo poeta, para poner orden en las fundaciones. Pero al atravesar la muralla por la puerta medieval que da a la Plaza de la Hora, el palacio ducal de los Mendoza lo inunda todo. Prisión terrible hasta la muerte de la princesa, a sus puertas la historia retrocede al siglo XVI.

Las obras del palacio de los Mendoza no se acabaron hasta el siglo XX. De ahí, este patio.
Las obras del palacio de los Mendoza no se acabaron hasta el siglo XX. De ahí, este patio.

Desde el centro de la Plaza de la Hora, la primera mirada es para el enrejado donde se encerró a la duquesa de Pastrana, tras enviudar del secretario-amigo de Felipe II, Ruy Gómez de Silva. Puede que el monarca estuviera enamorado de Ana de Mendoza, cuentan algunos historiadores románticos, pero lo obvio es que la temía como influyente, conspiradora, conocedora de la corte y amante del poderoso Antonio Pérez, el secretario del mismísimo Felipe, cargo que antes desempeñó Ruy.

El palacio: territorio de la princesa

Los viajeros que aman la historia saben que una buena guía marcará el recuerdo del lugar. Paloma Gumiel disfruta su trabajo en este palacio ducal. Las caras de los visitantes de esta mañana son su recompensa cuando les introduce en el que fue hogar de los príncipes de Éboli. Obra del gran Alonso de Covarrubias, la puerta principal de estilo renacentista como todo el palacio “DE MENDOÇA I DE LA CERDA”, reza sobre el arco de la gran entrada. Sobre si los dos bustos a ambos lados son los de los abuelos de la princesa de Éboli, hay diferentes opiniones porque están muy deteriorados.

Pastrana es un conjunto histórico artístico desde 1966. Nada más entrar en el palacio, dos gigantes que representan a Ruy Gómez y Ana de Mendoza esperan a pasear de nuevo por las calles en las festividades que recuerdan su pasado glorioso. Los pastraneros participan de buen grado. La primera sorpresa de este palacio-fortaleza es el patio de columnas modernas, con enorme cúpula acristalada. En un primer momento es deslumbrante por la luz y el contraste entre la arquitectura del siglo XVI y la del siglo XXI, pero tras observar con más detenimiento, puede concluirse que quizá los arreglos de este siglo podrían haber sido mejor rematados.

Paloma Gumiel y un retrato moderno de la Princesa de Éboli.
Paloma Gumiel y un retrato moderno de la princesa de Éboli.

La apasionante historia del lugar arrincona la duda. Fue la abuela de la princesa de Éboli, Ana de Mendoza y Castro -condesa de Mélito, una mujer marimandona como las otras de esta historia- quien compró las tierras y el lugar. Se lo vendió el rey Carlos I -de España y V de Alemania se decía-, padre de Felipe II, quién se lo arrebató a la Orden de Calatrava, fundadores del pueblo en el siglo XIII.

El hijo de Carlos I de España y V de Alemania, Felipe II, tenía aprecio a su amigo de infancia Ruy, nacido en Portugal y no de alta nobleza, así que le matrimonió con otra Ana de Mendoza, de trece años y mucho más joven que Gómez de Silva -hubo que esperar para consumar el matrimonio- pero miembro de la casa aristocrática más poderosa desde los Trastámara. Felipe II vinculaba así un gran apellido a su compañero de vida, algo que un rey tan desconfiado necesitaba. Ruy Gómez de Silva y su joven esposa fueron titulados como primeros duques de Pastrana y príncipes de Éboli.

Las calles que rodean la plaza conservan el sabor del siglo XV.
Las calles que rodean la plaza conservan el sabor del siglo XV.

Los Mendoza no habían entrado con buen pie en Pastrana. El lugar había conseguido título de villa en 1369, lo que le daba independencia jurisdiccional, hasta que llegó la condesa de Mélito y quiso acabar con todo. Los pastraneros no tardaron en protestar con fuerza contra la prepotencia de la señora de la poderosa casa de Mendoza y el litigio duró décadas. Hasta que la nieta de esa Condesa de Mélito, de igual nombre y carácter, se casó con Gómez de Silva y este lo compró a su cuñado, aunque estaba inacabado.

Los Mendoza estaban hartos de pelear con los pastraneros y de no poder acabar las obras. El palacio no se finaliza en realidad hasta ¡1999! cuando pasa a la Universidad de Alcalá tras 500 años de avatares de la historia. Todo esto y más relata Paloma Gumiel, mientras deja que los turistas lancen las exclamaciones correspondientes bajo los artesonados renacentistas que Alonso de Covarrubias encargó a Cristóbal de Nieva y Justo de Vega, quienes también trabajaron en el Real Alcázar de Madrid.

El artesonado original de los tiempos de los príncipes, el gran lujo del lugar.
El artesonado original de los tiempos de los príncipes, el gran lujo del lugar.

Es madera de pino sin policromar. Sorprende el buen estado de esos techos, soportando siglos, durante los que el palacio ha estado inacabado. La guía recuerda la explicación de un experto, “la madera de pino, si no la sangras quitándole la resina, puede aguantar bien”. Cuadrados, hexágonos, octógonos y rombos impactan al visitante. Los frisos que rodean tienen figuras antropomorfas, jarrones, frutas y cabezas que recuerdan a los trabajos de Alonso de Covarrubias en Sigüenza. El lugar está desnudo de muebles y esa aparente desolación permite apreciar mejor los techos y las explicaciones sobre los últimos años de la Princesa de Éboli.

La gran disputa

En 1569 es en este lugar, bajo estos mismos techos, donde los príncipes de Éboli reciben a Teresa de Jesús. La fundadora llega de mala gana, enferma -siempre estuvo débil-. Ya es experta en los caprichos de las damas de la nobleza, empeñadas en que la monja de las Carmelitas Descalzas, les honre con la fundación de un convento. “En aquellos años, cuando Santa Teresa estaba fundando conventos, que la santa levantara uno en Pastrana demostraba el poderío de Ana de Mendoza”, recuerda la guía. Sobre los presuntos caprichos de Ana de Mendoza para con la Santa se han escrito historias, novelas y series.

Cuadro con Santa Teresa de Jesús en el centro y en un lateral los príncipes de Éboli.
Los príncipes de Éboli, la santa y un vigilante de la iglesia. Invistiendo a los dos primeros carmelitas descalzos.

Lo cual no resta ni un ápice a la fascinación por la relación entre ambas, tan diferentes pero tremendas. Imaginar al digno Ruy Gómez de Silva entre las dos -Santa Teresa era veinticinco años mayor que la princesa- tratando de ser discreto y elegante es disfrutar de lo que se vivió por un tiempo bajo estas estancias. Aunque Teresa fundó dos conventos en Pastrana, la antipatía mutua no disminuyó. Cuentan que la mística se enteró de cómo la de Mendoza se mofaba ante sus damas de sus escritos y experiencias en las habitaciones de este palacio.

Todo estalló con la muerte de Ruy Gómez cuatro años después. Ana de Mendoza, dicen que loca de dolor, exigió retirarse al convento carmelita como monja, pero con dos de sus damas de honor para servirla. Entendía el convento como hoy un hotel de cinco estrellas, donde ella debía de ser la priora. Para eso había pagado. Hartas de la utilización que la joven viuda quería hacer de ellas, Santa Teresa sacó a sus monjas del convento por la noche y se las llevó a Segovia. En justicia, hay que decir que las 17 fundaciones de Teresa de Jesús sin ayuda de las altas damas de la nobleza hispana hubieran sido muy difíciles.

La vista desde la habitación del Palacio donde se encerró a la princesa de Éboli.
La vista desde la habitación del Palacio donde se encerró a la princesa de Éboli.

El cruel castigo del rey

El asunto es que a los dos años de la muerte de su amigo Ruy Gómez, Felipe II se cansa de los altibajos de Ana de Mendoza, la ordena volver a la corte con sus hijos -tuvo diez, vivieron seis- , ponerse al frente de la poderosa casa y dejarse de bobadas. Y ahí empieza la parte más especulativa e interesante de la historia, como los turistas se enteran en las habitaciones-cárcel de la princesa de Éboli. Supuestamente Ana de Mendoza conspira con el secretario del rey Antonio Pérez y mandan asesinar a Juan de Escobedo, el secretario de Juan de Austria, el hermanastro de Felipe II, poderoso, brillante y tan amado como temido y odiado por Felipe.

El tema ha dado para mucha interpretación histórica. No se sabe incluso si el monarca fue cómplice de Pérez y la de Éboli en el asesinato de Escobedo, pero luego se asustó. Sea como fuere, es la dama del parche en el ojo, hermosa y amada, pero también temida, culpada y enviada a su encierro en Pastrana, pasando antes por Pinto y Santorcaz. “Al principio se la dejaba ir hasta la iglesia a escuchar misa; después, no se la dejó salir del palacio; y, por último, se la recluyó en esta habitación. En la puerta se colocó una celosía y según la leyenda, solo la dejaban salir a este balcón una hora al día”, recuerda Paloma.

En la colina de San Pedro, convento de San Pedro o del Carmen.
En la colina de San Pedro, convento de San Pedro o del Carmen.

Hasta que muere. Cuando confirman que es un cadáver -y no una treta- la sacan de esta dependencia pequeña que da a la Plaza de la Hora. Aún hoy, en novelas e historias se da por hecho que Ana de Mendoza se siguió viendo con Antonio Pérez, quien escapó de España para recorrer varias cortes europeas y poner verde a Felipe II-. “Pero pese a lo que se ha dicho, que se sepa Antonio Pérez solo pasó por Pastrana una Semana Santa”.

Y así acaba la visita al palacio de los príncipes de Éboli, que siguió en manos de los Mendoza, sucesivos duques de Pastrana y conde de Mélito durante siglos. Antes de salir a la Plaza de la Hora, camino del convento de San Pedro o del Carmen, en las afueras, es inevitable especular con los motivos del parche en el ojo de doña Ana de Mendoza.

Banco de oración de Santa Teresa.
Banco de oración de Santa Teresa.

Gumiel, que ha leído a muy diferentes historiadores y a sabios que han pasado por aquí, apunta tres posibilidades, las tres curiosas: la primera que se hiere o pierde el ojo en un lance de esgrima, porque le gustaba jugar a cosas de chicos; la segunda la expuso el doctor Marañón: quizá tenía un glaucoma y por eso se lo tapaba. La tercera era que solo trataba de llamar la atención. Y a fe de los visitantes y de la historia que si es eso, lo consiguió. Aunque no hay muchos retratos de ella, la fama de su belleza y artes influyentes, sí que ha dejado rastro en los escritos.

El convento: territorio de la santa

Al salir del palacio, el sol del mediodía deslumbra en la plaza; apunta la primavera y los frutales florecen antes de tiempo por las abundantes lluvias. Es miércoles y hay mercado en la plaza. La excursión hasta el convento de San Pedro (o del Carmen), donde se entenderá mejor la presencia de Teresa de Jesús va a completar la primera visión de Pastrana.

Levantado sobre el cerro de San Pedro -de ahí el primer nombre del convento- este lugar que explica Francisco Martínez, pastranero de nacimiento y pasión, es tan hermoso como extraño. Eso sí, solo se puede visitar una parte. Hace años fue privatizado y, para desdicha del visitante católico y buen creyente, las ermitas tan características de los conventos de Santa Teresa no se pueden visitar porque son propiedad privada. Lástima, se pierden leyendas como la de la zarza sin espinas de Teresa que está en esa zona abandonada hoy y que quizá ya se ha perdido.

Retrato de Santa Teresa en el Carmen. Puede ser el que más se acerca a su aspecto.
Retrato de Santa Teresa en el Carmen. Puede ser el que más se acerca a su aspecto.

Las ermitas eran importantes. Teresa de Cepeda quería que sus monjas y monjes tuvieran momentos de felicidad al tiempo que de recogimiento. Cantos y risas daban salud. Ella lo sabía bien, estaba enferma desde niña. Así que dentro de cada fundación levantaba unas ermitas donde podían cantar, meditar, rezar o reír. O todo a la vez.

Para la orden de los carmelitas descalzos, este lugar nunca dejará de ser el primer convento para hombres que quisieran ser monjes. La de Ávila se encontró en Madrid con Mariano Azzaro de Clementis y Juan Narduch, en el Convento de Nuestra Señora de los Ángeles. Teresa les propuso que se hicieran carmelitas descalzos y ellos aceptaron desplazarse hasta Pastrana.

Más adelante hubo sus más y sus menos. Fue cuando la fundadora llamó a San Juan de la Cruz, el gran apoyo de su vida. Dentro de esta iglesia merece la pena el Cristo de la Verdad de Gregorio Ordóñez, una talla de una calidad excelente; el retablo de Luca Giordano y una pintura de la santa, cuyo principal mérito sería que quizá es el retrato más aproximado a como fue Teresa de Jesús.

En la plaza de la Hora sigue el mercadillo los miércoles.
En la plaza de la Hora sigue el mercadillo los miércoles.

Las vistas de Pastrana desde el convento son un placer para la mirada, cuando la luz de la tarde va cayendo. El regreso a las calles medievales del pueblo, esas que hicieron a Cela decir que se había despertado en la Edad Media, con las primeras farolas iluminando las estrechas callejuelas, culmina una jornada plena.

Hay varias fiestas en Pastrana, al igual que visitas diurnas y nocturnas representadas por toda la villa. El Festival Ducal del mes de julio -con recreación de la historia y actores locales- las fiestas de San Sebastián (20 de enero) y Santa Teresa (15 de octubre)- dan vida a la localidad. Y la procesión del jueves de Semana Santa.

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