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La localidad de Esporles, a 20 kilómetros de Palma, es un pueblecito delicioso. Uno de sus placeres es desayunar o comer los domingos en alguna de sus terrazas que dan al Passeig del Rei, una amplia explanada donde corretean los niños al sol. Entre la variedad de personajes que deambulan por este apacible paseo es frecuente la figura del excursionista, con sus botas o zapatos de montaña, su ropa deportiva y sus bastones para caminar. La razón es que desde Esporles salen varias rutas senderistas con distintas dificultades y destinos: Valldemossa, Estellencs, S’Esgleieta, Cova de Canet…
El Camí des Correu es una antigua vía de comunicación que une los pueblos de Esporles y Banyalbufar. Es también uno de los tramos de la Ruta de Pedra en Sec, también conocida como GR-221. Básicamente, un largo camino que recorre la Sierra de Tramuntana, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, en 2011, y que cruza el noreste de Mallorca desde Port d’Andratx hasta Pollença, a lo largo de 120-170 km, dependiendo de las variantes.
Esta gran ruta, delicia para los amigos de las caminatas, se llama así porque sigue teniendo antiguos senderos empedrados (similares a las calzadas romanas) y muros y terrazas agrícolas construidos con la técnica tradicional de pedra en sec, que se hacía encajando las piedras, sin cemento ni ningún tipo de argamasa para unirlas. El GR-221 atraviesa bosques de encinas, pinares, olivares centenarios, possessions (grandes casas con finca), montañas, picos de hasta 1.200 metros., pueblos; y, en no pocas ocasiones, sus tramos acaban en diminutas calas de aguas esmeralda. Un premio al esfuerzo de todo aquel que abandone el coche y el bullicio y se interne en el silencio y el corazón de esta isla.
Camí de Correu es un tramo perfecto para principiantes; ya que es fácil (tan solo hay una subida de 15 minutos al inicio), está muy bien señalizado y su duración (solo ida) es de dos horas y media para recorrer 8 km. En primavera, cuando todavía no aprieta el calor, es perfecta y combina zonas de sombra; claroscuros, fruto de la luz que se filtra entre los árboles, y tramos de sol.
La caminata se inicia en la iglesia de Sant Pere, de Esporles, al final del Passeig del Rei y frente al ayuntamiento. Aquí se ve el cartel, un poste de madera, que indica el nombre de la ruta, la dirección a seguir y el tiempo que tardaremos en llegar a Banyalbufar (2 horas y 25 minutos). La calle Costa de Sant Pere, es una cuesta de asfalto con las últimas casas del pueblo, algunas con sus patios y jardines, y todas con sus macetas y plantas en flor. El asfalto es rápidamente sustituido por un camino empedrado con grandes escalones entre paredes de piedra. No hay que desanimarse porque este es el tramo más difícil de esta ruta y dura poco más de 10 minutos. Una vez que hemos recuperado la horizontal y el aliento, y tras abrir una barandilla de madera (cosa que habrá que hacer en más de una ocasión), llegamos a la carretera que une Esporles con Bayalbufar (Ma-1100). Pero lo nuestro no es el camino fácil, así que nos limitaremos a cruzarla para seguir pisando sendas transitadas por payeses, turistas y aventureros durante siglos de historia.
Enseguida se oye el ruido del agua que corre. Es el torrente de Sant Pere, enmarcado por ese tipo de vegetación a la que le gusta este sonido, el bosque de ribera. A unos cuantos pasos está el Pont de Sa Turbina, en piedra y con un solo arco. El nombre del puente hace referencia a la existencia de una turbina que aprovechaba la velocidad del agua para hacer funcionar unos telares. La industria textil fue durante mucho tiempo uno de los motores de la economía de Esporles.
El camino continúa otros 700 metros en paralelo por la carretera. A la altura de Sa Granja, una enorme finca abierta al público, que muestra la cultura y tradiciones mallorquinas, habrá que cruzar la carretera de nuevo, y por última vez, para adentrarse en el trazado original del Camí des Correu. Un cartel nos recuerda que nos faltan alrededor de 2 horas hasta Banyalbufar. Vemos a nuestra derecha el camino que lleva a la casa de Ses Mosqueres y subimos un tramo zigzageando, para luego descender. Más adelante, la explanada de S’Era des Moro nos invita a hacer un alto en el camino y admirar las vistas y el mar que nos recuerda, insistentemente, que estamos en una isla. Originalmente, estos lugares se destinaban, entre otros usos, a trillar los cereales y a separar el trigo de las espigas. En este caso, parece que este claro del bosque se usaba para secar las cortezas de pino.
S’Era des Moro sirve ahora como photocall, donde es obligado hacerse la foto o hacérsela a los turistas, que en spanglish te piden que les retrates para inmortalizar el momento. Un selfi de premio, por la dificultad que entraña, es aquel con el fondo de Sa Foradada. Una enorme roca muy cerca de la costa con forma de barco o monstruo marino y con un agujero perfectamente redondo en la parte superior; como si estuviera horadada o agujereada, de ahí su nombre. Sa Foradada es tan hipnótica que el Archiduque Luís Salvador de Austria (1847-1915), gran admirador de Mallorca y con propiedades en la isla, reconocía que le valió la pena pagar tanto por Song Marroig (nótese que ya entonces los precios de las propiedades inmobiliarias en la isla estaban por las nubes) solo para poder ver Sa Foradada de cerca.
Durante el camino se ven carboneras y otras estructuras que antaño explotaban los recursos del monte. En el bosque de Son Valentí hay un magnífico ejemplo de horno de cal. Una profesora explica a un grupo de adolescentes cómo se fabricaba la cal y las utilidades de la misma; mientras, algunos de ellos, simulando que toman notas, pintan garabatos en sus cuadernos.
Muy pronto llegamos al Collado del Pi, el punto más alto de la excursión. Desde aquí empezamos a descender por uno de los tramos empedrados más bonitos y mejor conservados del Camí des Correu, flanqueado por pinos o encinas, que crean un teatro de luces y sombras, como para acentuar aún más su belleza. Este es el último bosque de nuestro camino; ya que, a partir de ahora y a medida que avanzamos, se abre ante nosotros un bello paisaje de bancales con mar de fondo. La estampa característica de Banyalbufar.
El pueblo, en principio tan lejano, se va acercando a nosotros a medida que bajamos, por una pista asfaltada. A ambos lados empiezan a verse casas señoriales, con sus jardines y balcones con vistas al mar, algunas de ellas de estilo indiano, propias de los que emigraron a Sudamérica e hicieron dinero. Todas con sus albercas, lo que los mallorquines llaman safareigs, y sus imprescindibles naranjos y limoneros.
El camino desemboca en la plaza del pueblo, junto a la Iglesia de Santa María del siglo XVI, y con un mirador de primera con vistas a los bancales con olivos o vides; porque la localidad de Banyalbufar produce vino y cuenta con algunas bodegas boutique, centradas en la recuperación de la variedad de uva Malvasía. A escasos metros de la Plaza de la Vila, en la misma carretera que atraviesa la localidad, se encuentra la Casa de la Baronia, un conjunto arquitectónico formado por un claustro, una torre defensiva del siglo XVII y la casa señorial.
Es interesante ver los lavaderos de Sa Canaleta, de finales del siglo XIX, y la minúscula Placeta de Sa Canal. Banyalbufar es un pueblo de cuestas pero el premio a las calles más empinadas se lo llevan la de S’Amargura y L’Esperit Sant. Si se dispone de tiempo se puede subir hasta Es Penyal, el barrio más antiguo, ubicado en lo alto, que reserva un premio: un mirador secreto con fascinantes vistas.
El Camí d’es Molí, cuesta abajo, nos lleva a la cala en un trayecto de 15 minutos. Cala Banyalbufar es una pequeña playa de piedras con aguas turquesas y una cascada que tira agua gran parte del año. El premio al esfuerzo es este trozo de Mediterráneo tentador. En primavera el agua está un poco fría; pero mojarse, sin miedo a la temperatura, es parte del ritual senderista de los que viven en esta isla.
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