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No lleva a ninguna parte el puente de acero que se esconde al fondo de la bahía de Santander, a los pies de Peña Cabarga. O quizá a Manchester. Lo llaman el puente de los ingleses, pero en realidad se trata del cargadero de barcos de Orconera. Era el destino final de un tren minero que transportaba los minerales de hierro que se extraían de las explotaciones de la sierra de Cabarga y que estuvo en funcionamiento entre 1894 y 1968.
El puente de los ingleses ahora es el solemne arranque del Camino Natural Vía Verde del Pas, una vía ciclista sencilla, con buen firme y accesible, que en apenas 35 kilómetros aglutina patrimonio industrial, prehistórico, termalismo, los paisajes cántabros más típicos y su mejor gastronomía. Toma su nombre del río junto al que transita durante su segunda mitad y, que a su vez da nombre a los míticos Valles Pasiegos, donde los vapores de los balnearios conviven con los aromas que manan de los obradores de sobaos y quesadas.
En realidad, el tren minero de Orconera es solo una anécdota en el recorrido. La vía verde se vale de esta vieja plataforma solo durante sus primeros metros, pero la infraestructura que realmente aprovecha es la del ferrocarril Astillero-Ontaneda, una empresa más ambiciosa que aspiraba a conectar Santander con Burgos. En el corto plazo, el proyecto se conformaba con dar servicio a los miles de santanderinos que querían ir a bañarse a los balnearios del Pas, y con dar salida al negocio ganadero del valle. Finalmente, la vía nunca salió del valle desde su inauguración, en 1902, hasta su último viaje, el 22 de noviembre de 1976.
La primera parte de la ruta saluda a los bosques que rodean al Parque de la Naturaleza de Cabárceno. Después de pasar junto a la entrada al parque, la vía discurre por su tramo con menos encantos, casi paralela a la autovía A8, aunque es breve y se puede aderezar con una visita a la colegiata de Santa Cruz de Castañeda, joya del románico en Cantabria. Una opción muy habitual y recomendable consiste en conducir hasta Puente Viesgo, cuando la ruta se aparta de la autovía, y comenzar a pedalear desde ahí.
La ventaja de arrancar en esta pequeña capital termal es que, en adelante, ya todo es calma e idilio entre prados y la ribera del Pas. Además, el trayecto de ida y vuelta hasta Ontaneda apenas alcanza unos muy asequibles 30 kilómetros, en su mayoría sobre asfalto o tierra compactada. En realidad, lo ideal sería hacer noche en el pueblo y, así, tener tiempo para disfrutarlo y acercarse al Centro de Arte Rupestre de Cantabria. Otra gran ventaja de Puente Viesgo es que aquí está la única empresa de alquiler de bicicletas de toda la vía: Bicis del Pas.
A Juan Manuel Diez Arévalo, a cargo de esta empresa de alquiler, antes de soltar las bicis le gusta hacer una pequeña introducción sobre la vía. Cuenta que no solo se trataba de llevar a santanderinos a los balnearios, sino también, en sentido inverso, de que los nobles de Castilla disfrutaran de lo que a mediados del siglo XIX comenzaba a convertirse en otra moda: bañarse en el mar. También recomienda utilizar un ramal de la ruta para que la ida sea un poco distinta de la vuelta: el Camino Natural del Valle de Toranzo. Y cierra su introducción recomendándonos algunos obradores de Ontaneda donde comprar sobaos al final de la ruta.
El primer gran hito del camino es el antiguo convento franciscano de Soto Iruz, reconstruido hace un puñado de años, sobre las ruinas de un templo original de los siglos XVI y XVII, cuya imagen más singular es la torre con dos cuerpos octogonales. Luego comienzan a aparecer pequeños prados parcelados con ganado, signo de identidad de los Valles Pasiegos. Sorprende que aquí, a diferencia de en Castilla, la vida rural prospera: se ven muchas casas de piedra y madera resplandecientes. También te das cuenta de que el éxito de la vía verde es rotundo, porque además de turistas, se ve a gente de la zona yendo a trabajar o haciendo deporte, y hasta gente en silla de ruedas aprovechando su accesibilidad.
Por delante quedan los dos pasos más icónicos de la ruta. El primero es el puente Rual o acueducto de Santiurde de Toranzo, construido en 1885 para llevar a Santander agua de los manantiales de La Molina, en San Martín de Toranzo. El segundo es el puente de hierro de la Esperanza, una irrupción industrial en mitad de paisajes bucólicos, construida en el año 1901 con 90 metros de longitud. Cruzarlo, además de una experiencia visual, también es sonora, con las traviesas de madera de roble traqueteando al paso de coches, peatones y ciclistas.
Ontaneda pone punto y final a la ruta. Al pie del puerto del Escudo, la idea original era que el ferrocarril lo hubiera remontado para comunicar con Burgos pero, para tranquilidad del valle, el proyecto nunca llegó a realizarse. Para aderezar el regreso, podemos utilizar dos ramales del Camino Natural del Valle de Toranzo que permiten volver, parcialmente, por caminos distintos a los de la ida, aunque también muy sencillos y próximos al río. El primero, la Ruta de Ontaneda, pasa por Vejorís y por el idílico parque San Martín De Toranzo, con su iglesia del Carmen; el segundo, la Ruta de Corvera, se asoma a esta localidad, donde destaca la casa solariega de Díaz de Villegas, y pasa por Prases, con la iglesia de Santa María de la Expectación.
La vía verde concluye entre los árboles centenarios del jardín botánico de Alceda, que diseñó en 1902 el prestigioso floricultor y paisajista Escalante con tilos, fresnos, castaños de indias, plátanos, chopos y nogales, además de un bonito estanque. Es una pieza de la cultura balnearia del valle, concretamente de la última de las tres grandes casas de baños históricas del valle, la de Alceda. Por aquí suele oler a dulce recién hecho. Ontaneda es uno de los mejores lugares para comprar sobaos pasiegos y quesadas, con varios obradores tradicionales a los que merece la pena echar un vistazo. Aunque para experiencias gastronómicas genuinas, pocas cosas hay en el valle como el Molino de Vejorís.
A la cabeza de este restaurante está Basi Gómez, natural de Vega de Pas, donde se conjugan las esencias de los Valles Pasiegos. Allí, una panadería tradicional cuece sus hogazas en un horno de leña que lleva 300 años encendido sin interrupción. Y ellos lo bajan hasta su restaurante, porque no podría ser que en un molino histórico como este no se comiera el mejor pan posible. Nos cuenta que el propietario adquirió el molino en un giro vital romántico tras un periplo internacional, y es que su abuelo solía pasar la noche aquí cuando subía a la zona pasiega. A su vez, este le contaba que, mientras esperaban a que se moliera su grano, la gente hablaba, cantaba, reía y lloraba en los molinos. Por eso concibió este negocio como un lugar de sosiego, conversación y tradición. Y Basi le está dando continuidad.
Aquí todo se hace al fuego y sin prisa, con producto de la tierra y de razas autóctonas: pucheros de alubias de huertas cercanas, osobuco de vaca monchina… Hasta la quesada sale de un horno de leña, y la verdad es que no tiene nada que envidiarle a la de los obradores de Ontaneda. El vino, por su parte, es blanco, de la tierra, que se conservan en barricas antiguas, tal como se ha hecho siempre en estos valles húmedos, y que le imprimen un sabor único.
Basi comenta que la desaparición del tren fue triste, pero que la transformación de la vía verde está siendo genial porque atrae a gente durante todo el año. Con el paso de los platos, el ambiente se va volviendo casi mágico entre los arcos de piedra, las viejas barricas de madera y el olor a leña. La sobremesa se alarga y la conversación acaba saltando entre las mesas del comedor. Objetivo cumplido: el molino vuelve a ser lugar de reunión en el valle.
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