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La ruta se ubica en Parauta, minúsculo pueblo blanco rodeado de castaños, cuyo término municipal se adentra en el Parque Nacional Sierra de las Nieves. No hay más que bajarse del coche —hay aparcamiento a la entrada de la localidad— para sentir una magia especial. Es la que llega con el aroma a tierra mojada, el frescor de las higueras y la sensación de tranquilidad que invade en apenas unos segundos. Basta poner el pie en este lugar para sentirse en calma. Y no hay más que abrir un poco la mente para disfrutar —y sentirse— como niños en este rinconcito del Valle del Genal. Famoso desde hace años por celebrar cada noviembre la fiesta del conejo, declarada de interés turístico (este 2026 será el sábado 7), ahora lo es también por este bosque, que invita a pasear el resto del otoño… y del año entero.
“Bienvenidos a Parauta”, se puede leer sobre una enorme seta en una de las primeras composiciones escultóricas. Son varios duendes y hadas, quienes animan también a echar un vistazo a las sierras calizas que rodean la zona, declarada Reserva de la Biosfera desde 1995. Sobre una barandilla de piedra, un pequeño gnomo de madera ofrece, más adelante, la primera indicación hacia el Bosque Encantado. Otros como él van invitando a hacer un recorrido que pasea por puntos como el mural que homenajea a los vecinos Mateo Peña y Vicente Sánchez —dos sabios locales— para perderse después por callejuelas. En ellas se puede encontrar, por ejemplo, la escultura de Omar Ben Hafsún, otro ilustre nacido aquí allá por el siglo IX, cuando se convirtió en un rebelde de Al Andalus.
Sorprende la limpieza, las fachadas que parecen siempre recién encaladas, las macetas en perfecto estado de revista. Hay rinconcitos donde puertas y ventanas de color rosa fucsia dirigen la mirada hacia la plaza Cristóbal González. Allí se ubica la iglesia de la Inmaculada Concepción, levantada en el siglo XVI y con torre de estilo mudéjar. A su lado, un mago con forma de árbol ayuda al visitante a entrar en el mundo de la fantasía.
Entre casitas —muchas de ellas convertidas en alojamientos rurales—, las callejuelas llevan hasta la calle Calvario, donde el bar El Farol ocupa los bajos del mismo edificio que alberga al ayuntamiento. Su propietario, Matías Hinojo, abre temprano para ofrecer buenos desayunos a base de molletes, una buena forma de llenarse de energía antes de lanzarse a caminar (también dispone de una carta de montaditos, tapas y platos para el almuerzo). La cercana Plaza de la Constitución es el epicentro del pueblo —sede también de la única tienda— y, tras atravesar el arco del viejo castillo, otra minúscula plaza invita a besarse rodeado de macetas y un pinsapo que daba vida al lugar, pero que el calor de este verano ha secado.
La calle de San Juan, jalonada con figuras de madera, continúa desde allí hasta la salida oeste de la localidad, donde arranca un camino de tierra que se adentra entre viejos castaños. Sus hojas sufren una metamorfosis cada otoño: el verde va dando paso a sorprendentes tonalidades amarillas, ocres y rojas. Pronto llama la atención una cara esculpida en un enorme tronco, que ejerce de cuerpo para este fantástico ser que cuida del entorno. Y más tarde se van sucediendo estampas protagonizadas por duendes, hadas y otras criaturas. También hay una fuente para pedir deseos, bancos acompañados de animales de madera o una casa de cuento a cuyo interior incluso se puede acceder.
“Arrancamos sólo con unas cuantas figuras, pero la iniciativa se hizo viral con rapidez”, recuerda Diego Guerrero, nacido en Parauta y autor de estas esculturas. Desde su taller, a la entrada del pueblo, siempre ha trabajado estas piezas con la idea de seres que cuidan de la naturaleza, por lo que en este proyecto tiene mucho peso la educación ambiental. No hay más que ver a las familias que, especialmente durante los fines de semana, llegan hasta esta senda. Y comprobar cómo los más peques de la casa quedan impactados por la belleza del bosque, los animalitos —como lagartijas y saltamontes— que se pueden ver durante el trayecto y la importancia de respetar al medio ambiente. Sus padres disfrutan igualmente. Y, de paso, no paran de hacer fotos para llenar sus redes sociales.
Un caballo alado pone el punto final a la caminata, que se alarga apenas kilómetro y medio —con calma se realiza en unos 45 minutos— y que vuelve por la misma pista, prácticamente llana y sin desniveles. Esta, también regala vistas, a lo lejos, de pueblos como Cartajima, al que se puede llegar siguiendo este camino de tierra que también se desvía hacia Igualeja. En ambos casos el paseo se complica un poco más, debido a las fuertes pendientes del terreno, pero también permite adentrarse en el Bosque de Cobre, como aquí se llama al denso y colorido castañar. Eso sí, numerosos carteles recuerdan que es mejor no recoger castañas, porque son parte de la economía de quienes las cosechan.
Una de las últimas esculturas —instalada este septiembre— es la de un dragón, que Guerrero ha realizado sobre una estructura metálica. “Forma parte de la tercera fase de un proyecto que ha conseguido activar mucho a Parauta”, reconoce el artista. De hecho, el municipio lleva varios años manteniendo o aumentando ligeramente su población, un cambio de tendencia respecto a la despoblación anterior a la apertura del Bosque Encantado. A nivel turístico, encontrar alojamiento en temporada alta, que aquí es el otoño, es casi misión imposible. Ocurre igual con el camping municipal, ubicado junto al área recreativa de Las Conejeras. “Los fines de semana está bien, los puentes, lleno, y durante la semana es el paraíso tranquilo para viajeros de toda Europa”, afirma una de sus responsables, María Isabel Peña. Cerca se ubica la venta El Navasillo, con Solete Repsol.
“El bosque y las esculturas lo han cambiado todo. Hay más jaleo en el pueblo, más trabajo. Nosotros tenemos ya reservas hasta con dos meses de antelación”, concede igualmente Maite Blanco, que desde la pandemia dirige el restaurante El Anafe, abierto por sus padres en el año 2000. Lo hicieron en una pequeña casa, remodelada para dar cabida a un saloncito y un coqueto comedor en la planta de arriba, decorado con aperos de labranza y objetos de esparto. Sólo abre para el almuerzo, pero hay días que cierran la cocina cerca de las nueve de la noche, porque no se van hasta haber dado de comer a todas las personas que se acercan hasta allí. “Hay días que la cola llega hasta la plaza”, subraya la también cocinera.
El establecimiento, que además sirve desayunos, tiene una sencilla, pero completa, carta que incluye las especialidades del local. Entre ellas, venado con salsa de castaña y jabalí con salsa de setas, además de la carrillada en salsa de almendras. Ofrecen, también, conejo, rabo de toro y carnes a la plancha, y el llamado plato serrano: chorizo, morcilla, pimiento, huevo y patatas fritas. Para el postre tiran del producto estrella de la zona, la castaña, que sirven al brandi, en crema o en un delicioso flan, que aporta la fantasía final en una excursión mágica.
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