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Dicen que la gente de Liétor tiene un “algo” que la hace única. Quizá sea esa fama de brujos que arrastran la que hace que, quienes llegan de fuera, enseguida se sienten como en casa. Lo que es seguro es que aquí hay gusto por los juegos de palabras. Del puñado de pueblos que podrían presumir de tener el Mundo a sus pies, los de Liétor fueron los primeros. Al otro lado del cañón, en un mirador natural privilegiado con vistas al pueblo, han instalado un banco donde se lee Liétor con el “Mundo” a los pies. Es un juego de palabras facilón, pero cuando se ponen a beber vino por un tubo (de órgano) ya demuestran que juegan en primera división.
El aliviadero de esta vieja presa de principios del siglo XX lleva tanto tiempo dejando pasar el agua que se ha convertido en una toba más en este reino calizo. Los vecinos la utilizan como zona de ducha e hidromasaje de película. Se llega caminando por un tramo de río muy somero donde se bañan los más pequeños. La orilla es amplia y sombreada, ideal para pasar el día en una hamaca, y tiene hasta una pequeña playa de arena y guijarros. También se puede subir a la presa por una escalera que asciende la caída principal de agua. Arriba, los mayores charlan sentados sobre el muro de contención, nadan y se tiran al agua desde una roca.
La zona de baño de la presa Bermeja es la envidia del resto de las que hay a lo largo del río Mundo. Además, desde aquí se puede dar un paseo por el fondo del cañón: una franja mínima que alberga una huerta imposible con higueras, nísperos, cerezos, olivos y pequeños cultivos. Sobre estos se ven restos de antiguos bancales suspendidos en el barranco y tobas calcáreas que esconden cuevas tras ellas.
Aprovechando el sendero, para que entren más ganas de bañarse, se puede hacer un circuito de unos 5 km que recorra el fondo del cañón y que regrese por las alturas, enlazando la presa del Azud con la Bermeja vía el mirador de las Cruces o de la Umbría, donde se encuentra el mencionado banco, que muestra cómo las casas de Liétor se apelmazan “peligrosamente” sobre un pliegue del cortado. Y aprovechando el cañón, una empresa ha montado una vertiginosa tirolina de 300 m de longitud a 100 m de altura, con la que se puede cruzar desde el pueblo hasta los pies del mirador y viceversa.
El agua no es un asunto exclusivo del fondo del barranco. La ubicación de Liétor parece descabellada, pero no debe estar tan mal cuando en pleno verano brota agua abundante de la fuente de El Pilar en la plaza Mayor. Situada bajo una balconada, está decorada con azulejos de Manises que representan escenas de El Quijote. Frente a esta, en la oficina de turismo nos espera Rafael Díaz Rodríguez, guía local, quien nos explica que la identidad de Liétor se sostiene sobre varias capas patrimoniales que enlazan con su pasado andalusí, su religiosidad popular, sus casas solariegas y la cultura del órgano.
“Hace 40 años, un grupo de chiquillos se encontraron un pequeño tesoro árabe en una cueva, que consistía en 200 piezas datadas en el siglo X. Una de las más llamativas es esta, que parece la lámpara de Aladino”, cuenta Rafael señalando a una réplica del tesoro que se expone en el museo parroquial de la iglesia de Santiago Apóstol. La iglesia, del siglo XVIII, se sustenta sobre restos de la antigua muralla medieval y, precisamente junto a la lámpara, se puede ver una aspillera que podría formar parte de la antigua fortificación árabe. En teoría, el retablo “fingido” de Paolo Sistori debería considerarse la gran joya monumental de Liétor, pero aquí casi todo el mundo siente más orgullo de un templo más modesto pero de gran personalidad.
La ermita de Nuestra Señora de Belén no promete gran cosa. Es un edificio sencillo, de 1570, con muros de tapial y tejado a dos aguas. Entre 1734 y 1735, un autor anónimo cubrió el interior con trampantojos, santos, escenas bíblicas y alegorías. Son pinturas arcaicas, surgidas de la iniciativa popular para representar santos de su devoción, sin solemnidad académica pero muy entrañables. Casi todas las figuras tienen el mismo rostro; “es parte de la gracia de la ermita”, cuenta Rafael mientras repara en una muerte coronada, junto a la cual se leen unos versos de Calderón: “La corona y la tiara que tanto el mundo estimó ¿qué se hizo?, ¿en qué paró sino en lo que todo para?”.
En el coro de la ermita de Nuestra Señora de Belén hay un órgano construido en 2009 por Didier Chanon. No es un detalle aislado. Resulta que en Liétor se han afincado varios restauradores y constructores de órganos de origen francés. “Justo ayer le pregunté a uno que, después de haber viajado por toda Europa, cómo había acabado aquí. Todos coinciden en que es la gente, que tiene algo”, cuenta Rafael. Quizá también lo que haya es tradición. En la iglesia de Santiago hay un órgano histórico construido por Joseph Llopis Meseguer en 1787 con 1.100 tubos, mientras que en el antiguo convento de Carmelitas Descalzos hay otro de Alain Fayé de 1993, que se financió mediante suscripción popular.
Desde hace 40 años, a finales de mayo y principios de junio se celebra el Ciclo de Conciertos de Órgano “Francisco Navarro”, declarado Fiesta de Interés Turístico Regional. Uno de los rituales del ciclo es que, al acabar un concierto, se llena de vino un tubo de órgano fabricado para tal uso; “bebemos vino por un tubo”, cuenta Rafael, dejando claro que los juegos de palabras aquí son cosa seria. Otro de los rituales del ciclo consiste en abrir los patios de las casas solariegas del centro e invitar a grupos folclóricos de la provincia de Albacete a que los llenen de trajes regionales y música tradicional.
El comedor del Mesón el Pozo recuerda al ambiente popular que se vivía por la mañana en la presa Bermeja. Se puede comer a la carta, pero la costumbre del local es que el cliente se siente y, como si estuviera en casa de la abuela, le empiecen a sacar platos hasta que dice basta. Es cocina humilde, de la huerta, sabrosísima y, ante todo, compartida. Víctor, a los mandos del mesón, sabe que parte de la autenticidad de su negocio está en los sabores y parte en las maneras. “A la gente le gusta dejarse llevar”, dice antes de rematar la comida con una hojuela, el dulce típico local.
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