Azpeitia

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Si uno desea llegar a Azpitia en forma idílica, nada mejor que hacerlo a bordo de un tren de vapor. Funciona aquí uno maravilloso que cubre los cinco kilómetros de distancia que separan las estaciones de Lasao y Azpeitia. Eso sí, funciona solo sábados y domingos. Si, al llegar, al viajero le invade la nostalgia del breve traqueteo, encontrará en la misma estación de Azpeitia una de los exhibiciones sobre trenes más deslumbrantes que pueda imaginar: el Museo Vasco del Ferrocarril, que cuenta con una de las más brillantes colecciones ferroviarias de toda Europa. El trayecto en tren hasta aquí es corto, pero inolvidable por la belleza desbordante del valle del Urola.

La naturaleza ha sido generosa con el municipio. Azpeitia se encuentra rodeada de montes y bosques de robles y hayas junto a plantaciones de pino dedicadas a la explotación forestal. En justa correspondencia, esta localidad guipuzcoana cuenta con también con un particular Museo del Medio Ambiente. Pero si por algo es conocida esta hermosísima villa es por haber sido la cuna de un personaje universal, San Ignacio de Loyola. El Santuario de Loyola es un tributo a la inmensa importancia de este religioso. Se trata de un conjunto monumental compuesto por varias edificaciones ordenadas en torno a la casa natal de San Ignacio. Entre todas ellas, destaca sobremanera la imponente basílica, fechada en 1738, con una majestuosa cúpula y precedida por un amplio pórtico decorado en estilo churrigueresco.

A muy corta distancia del santuario, la ruta de San Ignacio de Loyola nos llevará también a la Ermita de Nuestra Señora de Olatz, en la que el religioso solía orar y reflexionar durante largas horas. Otros puntos de interés 'ignacianos' son la Parroquia de San Sebastián de Soreasu, que exhibe la pila bautismal del santo, y el Hospital de la Magdalena, que acogía a mendigos enfermos y en el que San Ignacio de Loyola, conocido por sus austeros hábitos, se alojó durante unos meses en 1535. 

Cuando Ignacio de Loyola dejó París en 1535 y llegó de nuevo a Azpeitia, la familia puso a su disposición su casa solariega para que se hospedara. Pero él prefirió el hospital para mendigos. Mandó un recado a su hermano: “Que él no había venido a pedirle a él la casa ni a andar en palacios, sino a sembrar la palabra de Dios”.

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