Oñati

Oñati

Información turística: 943783453

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A los pies del monte Aloña, en el parque natural de Aizkorri-Arantz, rodeada de colinas, se encuentra la villa más monumental de Guipuzkoa, a la que el pintor Zuloaga denominó como ‘la Toledo vasca’. Oñati, en euskera ‘lugar abundante en colinas’, es una de las localidades más hermosas del País Vasco. Sus escarpadas montañas esconden una villa jalonada de torres, palacios, conventos y casas solariegas con calles en las que el tiempo parece que se ha detenido.

El monasterio y hospicio de Bidaurreta, de grandes proporciones y fachada gótica, recibe a la entrada de la localidad para conducir a la iglesia, también gótica, de San Miguel y su torre barroca, que muestra el camino a la Universidad del Santi Spiritu, la primera de Euskadi y una joya del renacimiento vasco. La gran plaza de los Fueros, lugar de reunión de los oñatiarras y turistas, rodeada de hermosos palacios como Antia, Madinabeitia y Baruekua, muestra la fachada del Ayuntamiento de estilo barroco-rococó. En el interior de la oficina de turismo se puede ver el molino de San Miguel, del siglo XV.

Si la monumental Oñati sorprende por su belleza, sus alrededores dejarán sin palabras incluso a los más aguerridos: construcciones megalíticas, calzadas, vestigios de oficios desaparecidos, antiguos caminos y puentes, ríos que desaparecen para volver a surgir cauce abajo o cuevas en las que habitaron animales ya extinguidos. A diez kilómetros de Oñati, colgado sobre barrancos y edificado sobre roquedales, el santuario de Arantzazu es uno de los grandes reclamos turísticos de la localidad.

La Oficina de Turismo del Ayuntamiento de Oñati dispone de varias rutas guiadas para conocer el municipio y sus alrededores. Es necesario realizar la reserva con 24 horas de antelación, bien en la sede de la oficina (San Juan Kale, 14) o en el teléfono 943783453.

Los oñatiarras son conocidos como 'txantxikus' (ranas en castellano). Aunque hay varias versiones de donde proviene este término, la más aceptada la sitúa en la época del Conde Guevara, que obligaba a los vecinos a espantar a las ranas porque le molestaban en la siesta con su croar.

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