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Es San Miguel ese barrio repleto de solera en el que el aroma a berza jerezana emana de detrás de los visillos y en las plazuelas se homenajea a las figuras más grandes del flamenco. Es ese barrio que comenzó su historia como arrabal, cuyas casas fueron levantadas a las afueras de la Puerta del Marmolejo —hoy, Puerta Real—, uno de los accesos a la zona de intramuros diseñada en su día por los árabes.
Sin embargo, fue precisamente tras la conquista de la ciudad por Alfonso X El Sabio, en 1264, cuando San Miguel comenzó a tomar una forma más definida. La época de esplendor le llegaría, eso sí, ya en los siglos XVIII y XIX, cuando la ciudad alcanzó su máximo apogeo como exportadora de vinos y algunas de las familias de mayor renombre se instalaron en la zona. Se construyeron entonces casas palaciegas y residencias nobles que, a partir de la zona de Cruz Vieja, daban paso a patios de vecinos de carácter más humilde, con fachadas encaladas y balcones repletos de flores.
No hay duda de que perderse por las calles de San Miguel es también evocar los ecos de antiguos cantes. Porque sus callejuelas, esas que aún hoy desprenden una esencia de lo más auténtica, siempre sonaron a bulerías y a seguiriyas, a tangos y a alegrías. No en vano, aquí nacieron algunas de las más grandes figuras del flamenco del sur. Para rendirles homenaje lo más sencillo es acercarse hasta la calle Cruz Vieja, donde se alza la escultura que el artista Víctor Ochoa moldeó en honor a Lola Flores. Junto a él, y desde el pasado 2024 —fecha en la que la artista hubiera cumplido 100 años— un retrato de La Faraona en formato de mural urbano, producto del talento de Pol Tatoo, decora una de las fachadas. Un poco más allá, en la popular Plazuela de la Yedra, luce otra escultura en bronce, esta, de Sebastián Santos Calero, que inmortaliza para siempre a Francisca Ménde Garrido, La Paquera de Jerez.
En la Plaza Cruz Vieja.
Allí donde las calles Empedrada y Cerrofuerte se encuentran —también es el lugar donde se halla la escultura de la gran Lola— se alza uno de los referentes de la arquitectura civil ilustrada del Jerez del siglo XVIII. El Palacio de Villapanés, esbelto y elegante, sorprende a propios y extraños por su majestuosa fachada: ahí están su llamativa portada lateral y su balcón en piedra arenisca bellamente ornamentado para cerciorarse de ello. Es este uno de los ejemplos de casas palaciegas que se construyeron en la zona en la época más boyante de Jerez. Un edificio que, aunque hoy es de propiedad municipal, fue construido por la familia Panés, de origen genovés, para convertirlo en su residencia durante varias generaciones. Se cuenta que en ella existía una completísima biblioteca, repleta de tesoros literarios, que naufragó cuando la familia regresó a Génova en barco años más tarde.
Continuar el periplo señorial es simple para aquellos que disfrutan admirando lindezas arquitectónicas. Ahí están la Mansión del 14 de San Miguel —propiedad, en su día, de la familia Lassaletta—, o la que ocupaba el número 11 de la misma calle, con origen en el siglo XVII. Sin embargo, si hay ganas de contemplar el edificio más emblemático y esplendoroso del barrio, hay que poner rumbo directo a la Plaza de San Miguel: la Iglesia Parroquial de San Miguel aguarda para romper todos los esquemas.
Resulta abrumador plantarse frente por frente a la fachada principal de esta imponente iglesia. Por su belleza, sí, pero también por su espectacularidad y, sobre todo, por su significado. Porque lleva este templo religioso acaparando todas las miradas desde nada menos que 1484, año en el que arrancó su construcción con el patrocinio de los mismísimos Reyes Católicos. Darle su forma actual, con su popular Portada del Evangelio y su torre campanario, llevó varios siglos, de ahí que la mezcla de estilos gótico jerezano, renacentista e incluso barroco se aprecie tanto dentro como fuera del edificio.
Pero, si ya impone el edificio desde fuera, no lo hace menos una vez se accede al interior. Las bóvedas de crucería y el valerosísimo arte sacro que atesoran sus capillas —la del Santo Crucifijo, la de la Encarnación o la de la Virgen del Pilar— le valieron ser declarado Monumento Histórico-Artístico ya en 1931. También hay que fijarse en el retablo mayor, símbolo de la madurez de la escuela sevillana de escultura liderada en el siglo XVII por Martínez Montañés. Una experiencia casi mística que continuar con la visita a un templo muy diferente: el del vino.
Si hay algo que identifique a Jerez de la Frontera, esos son sus vinos. Sabrosos caldos con identidad propia únicos en el mundo y valorados desde siglos pasados mucho más allá de nuestras fronteras. Y, claro, en San Miguel también hay hueco para venerar este arte, el vinícola. Para ello nada como acercarse hasta Faustino González, una de esas bodegas que derrochan solera tan pronto como se traspasan sus puertas. Aquí toca aprender sobre historia de la enología jerezana, pero, sobre todo, oler y saborear auténticas delicias elaboradas desde el amor y el respeto por las maneras más tradicionales.
Sentados en su patio de albero, después de haber paseado entre botas centenarias —pues la familia se hizo con el negocio a finales del siglo XVIII—, llegará el momento de probar un fino o un amontillado, un oloroso o un palo cortao, al compás de alguna que otra bulería que regalará la mejor de las bandas sonoras. Pero, si esto pareciera poco, la fiesta puede continuar. Por ejemplo, en otros de esos lugares únicos que definen Jerez el más auténtico: sus tabancos. Uno de los más antiguos de la ciudad se halla precisamente aquí: el 'Tabanco San Pablo' es regentado por la cuarta generación de una misma familia, la de Manuel, quien montó el negocio en 1934 con las 6.000 pesetas que le tocaron en los cupones. Hoy, la esencia de lo vivido en sus entrañas se palpa aún mientras sirven el vino a granel directamente de la bota, como manda la tradición, y posan la copa sobre la misma barra de caoba que inauguró el lugar casi 100 años atrás. Para acompañar, por qué no, una tapa de chicharrones.
En la Plaza de la Cruz Vieja, otro lugar especial: el 'Tabanco Cruz Vieja' —qué otro nombre podría llevar, si no— acoge flamenco, ricas tapas de berza jerezana o de carrillada y excelente vino con el que brindar por la vida. Y en la calle Empedrada, la Peña Flamenca la Bulería, que fue fundada en 1977 teniendo de padrinos a la mismísima Paquera de Jerez y a Tío Borrico de Jerez, y donde aún hoy sigue sintiéndose el flamenco con fuerza. No se puede pedir más.
Y nunca mejor dicho: nada como terminar de tomarle el pulso a este rincón tan genuino, que caminando por su calle más mítica, la calle Sol. Una de las vías más emblemáticas, no solo del vecindario, sino de toda la ciudad: por algo resulta que, a cualquier hora del día, la luz gaditana se derrama sobre sus fachadas encaladas. Una vía donde aún se percibe el ritmo pausado de la vida de barrio, donde los vecinos se saludan con afecto y donde se siente el latido más auténtico de Jerez.
Aquí, en el número 45, nació y creció, por cierto, Lola Flores, aunque no fue la única gran figura del flamenco que pasó sus primeros años en estos patios de vecinos. Hogares frente a los que, si se agudiza bien el oído, es posible escuchar aún el eco de las palmas y quejíos del pasado. Un lugar con alma y solera, con brío y un carácter diferente, que define como pocos la esencia de esta tierra que es Jerez de la Frontera.
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