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No todo va a ser brillantina, disfraces o chirigotas. Si hablamos de Carnavales, nuestro país tiene para elegir: rituales con personajes mitológicos, máscaras talladas que dan hasta miedo y una conexión entre lo primitivo y lo pagano. Todo esto y mucho más es lo que tienen que ofrecer los carnavales más ancestrales de España, siglos de historia contemplan a estas tradiciones que siguen vivas en diversos puntos de nuestra geografía. Hacemos un repaso por estas joyas etnográficas que en esta época del año nos hablan de quiénes somos y quiénes fuimos.
Galicia guarda en sus montañas algunos de los carnavales más salvajes y genuinos de España, conocidos como entroidos. En Xinzo de Limia (Ourense), los peliqueiros dominan la escena: personajes enmascarados con trajes de terciopelo, sombreros de plumas y látigos de cuero que irrumpen en las calles, sembrando el caos y la risa a partes iguales. Su origen es incierto, pero se habla de ritos de fertilidad, ahuyentamiento de malos espíritus, purificación y aseguramiento de buenas cosechas.
En Verín (también en Ourense), los cigarróns son los protagonistas: máscaras de madera, trajes coloridos, morros de tela rellenos de trapos y cencerros que repiquetean en cada salto. Y en Laza, el entroido alcanza su punto más irreverente con la farrapada y el domingo de hormigas. Sí, es tan salvaje como parece: llueven trapos empapados de barro, harina y hormigas. Estos tres pueblos vecinos comparten raíces ancestrales y un mismo espíritu: el carnaval como liberación, como grito, como rito de paso donde todo está permitido antes de la cuaresma.
Hay en la isla de El Hierro, además de unos paisajes únicos, un carnaval con acento único, y en Tigaday cobra vida a través de los carneros, personajes que visten pieles de cabra, cuernos y máscaras, evocando ritos de las culturas aborígenes canarias. Estos seres, mitad humanos mitad animales, recorren las calles al ritmo de tambores, en un desfile que mezcla lo pagano con lo festivo. Aunque el carnaval herreño tiene influencias posteriores, la figura del carnero conecta con un pasado remoto, cuando las islas vivían al margen del continente y sus habitantes celebraban el ciclo de la naturaleza con rituales propios.
En Lantz, un pequeño pueblo del valle de Ultzama, el carnaval se celebra con un protagonista único: Miel Otxin, un muñeco de paja que representa al bandido, al ladrón, al culpable de todos los males del año. Durante días, los vecinos le acusan en un juicio popular cargado de ironía y crítica social, repasando todo lo que ha ido mal en la localidad. La fiesta alcanza su clímax cuando Miel Otxin es paseado, juzgado y finalmente quemado en la plaza, entre danzas de los zanpantzar (personajes con trajes de piel de oveja y cencerros) que parecen salidos de un tiempo remoto. Es una manera muy original de liberarse (simbólicamente) de las desgracias.
En plena Alcarría, Luzón guarda uno de los carnavales más enigmáticos y oscuros. El sábado de carnaval, los diablos hacen su aparición con el rostro cubierto de una mezcla de hollín y aceite, enormes cuernos de buey sobre la cabeza y una dentadura tallada en patata, mientras los cencerros anuncian su llegada. Junto a ellos aparecen las mascaritas, figuras inquietantes con trajes tradicionales, toquillas y sayas coloridas, con el rostro cubierto por un trapo blanco. El origen de esta tradición se remonta posiblemente a la Edad Media, con primeros registros del siglo XIV, aunque cayó casi en el olvido tras los años 70 hasta ser recuperada por los jóvenes del pueblo en los 90. Ahora, está declarado bien de interés turístico regional.
En la comarca de la Carballeda, Villanueva de Valrojo celebra sus centenarios Carnavales o Antruejos, declarados de Interés Turístico Regional. Del domingo al martes de Carnaval, los participantes sin distinción de sexo o edad se visten con trajes de llamativos colores y estampados, se cuelgan cencerros a la espalda cuyo ruido se oye desde cualquier parte del pueblo, se arman con la escalera (una especie de tijeras de madera) y ocultan sus rostros bajo máscaras artesanales. Carlos Andrés Santos es el artesano local que desde 1988 fabrica estas caretas de cuero, cartón piedra y corcho, empleando las técnicas tradicionales. El personaje más particular es el Demonio, que solo aparece una vez durante toda la fiesta con una máscara de corcho, cuernos de vaca y piel de oveja, irrumpiendo en la verbena para recordar que al día siguiente comienza la cuaresma.
Cada arranque de febrero, Almonacid del Marquesado celebra la Endiablada, una tradición que algunos sitúan en época celta y que podría ser una de las más antiguas de España. Los diablos, únicamente nacidos en el pueblo o casados con naturales de la localidad, se visten con estrafalarios trajes floreados que parecen hechos con cortinas, llevan enormes cencerros a la espalda y recorren casa por casa recaudando dulces y dinero. El primer día lucen un gorro dedicado a la Virgen de la Candelaria, que muta el 2 de febrero a una mitra roja dedicada a San Blas. Les acompañan ocho danzantas (con una palillera y una alcaldesa) que protagonizan los momentos más emotivos con sus poesías y alabanzas acompañadas de tambores y dulzaina. La fiesta incluye rituales como el lavado de San Blas con aguardiente en la iglesia, recordando cuando los pastores encontraron la imagen, y culmina el 4 de febrero con una gran cena de oveja frita con ajos.
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