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Si tuvieras que elegir un escenario antes del regreso a la rutina, cuando el otoño comienza a hacerse evidente pero el calor aún se resiste a abandonar el sur de la península, ese podría ser algún pueblo blanco en el Parque Natural de las Sierras Subbéticas. Y nosotros hemos encontrado el ideal, ubicado entre las provincias de Córdoba y Granada, en el corazón de este paraíso interior de Andalucía: Algarinejo.
Adentrarse entre estas carreteras serpenteantes aspirando el aroma de la tierra cubierta por los cientos de miles de olivos que esperan ya el pistoletazo de salida para comenzar la campaña del verdeo, es ya en sí una terapia. La que une Benamejí con Rute y hacia Algarinejo, nuestro destino, es una maravilla. La atmósfera, los pueblos que pasamos… todo nos hace sospechar que nuestro destino es uno de esos lugares en los que aún puedes encontrarte paseando tú solo junto a una poza de aguas cristalinas.
En la comarca de Loja, este municipio de algo más de 2.000 habitantes cuenta con una apetecible red de senderos que parten desde el propio pueblo. Pero la Ruta de los Molinos y Arroyos es la más deseada. Bien podría ser la localización de una de esas películas en las que los amantes se esconden en un paraje semi salvaje en el que río y los saltos de agua, la vegetación y las cascadas dan rienda suelta a su imaginación. Donde puedes leer un libro con el rumor del agua, o echarte una pequeña siesta despidiendo los rituales del verano.
El sendero discurre por un medio calizo originado hace 40 millones de años y habitado desde la prehistoria. La porosidad de la roca, que lo caracteriza, provocó el encajonamiento de diversos arroyos, como el Morales, cuyas aguas y rumor nos acompañan durante todo el recorrido. El inicio del camino está en las llamadas Casas de la Redonda, en la parte más elevada del pueblo. Allí, en una de las calles que descienden, podrás dejar el coche y ponerte rumbo al sonido del agua, que escucharás junto al cartel. Este “mundo acuático”, a veces subterráneo, a veces sobre el nivel de la tierra, discurre entre rocas y pequeños puentes, abrazado por álamos, chopos y sauces, y es el hogar barbos, martines pescadores, nutrias, garzas reales o mirlos acuáticos, entre otros.
Nada más comenzar a adentrarnos, la fuerza de la dirección del agua de una acequia nos marca el camino; por ella se precipita con fuerza en dirección al arroyo Morales, el cauce principal de este sendero. Localmente llamadas “caces”, las acequias, iniciadas por los árabes, conducían el agua desde presas y balsas hasta las huertas locales para abastecerlas. También propulsaban los mecanismos de los molinos para moler el grano y más adelante en el tiempo, esta fuerza alimentaba las antiguas centrales hidroeléctricas. Aquí el uso histórico del agua puede leerse a cada palmo del territorio.
Estas prácticas se inician desde el tercer milenio, pero es en época romana y, sobre todo, andalusí, cuando se conforma este espacio y alcanzan su máximo esplendor todos los diferentes usos que se le ha ido dando en Algarinejo a este líquido vital cuya contemplación y fluir ya resulta sanador. De hecho, la acequia nos conduce precisamente hasta los dos molinos de cubo del siglo XVI, que aún se conservan: los Molinos del Arrabal, que molían el grano.
Unas escaleras nos invitan a seguir descendiendo hacia el cauce principal del arroyo Morales, cubierto de vegetación, y donde el paisaje cambia totalmente para adentrarte en un bosque de galería, cuyo trayecto está prácticamente sombreado todo el tiempo.
Rápidamente, tras pasar un puente de madera, el sendero accede a la primera de las zonas de baño, Las Calderas, perfecta para refrescarse, pero tradicionalmente también usada por la población para lavar la ropa y para el riego de las huertas aterrazadas. Y, aunque el paisaje es espectacular y apetece quedarse en este punto a ver pasar el día, no hay que dejarse atrapar por su belleza y seguir caminando, porque aún te esperan muchas sorpresas.
Las ruinas de la central hidroeléctrica, ya abandonada, justo en el cauce del arroyo, nos siguen narrando la historia de los usos del agua en esta localidad. Funcionó como la primera fábrica de electricidad de la zona hasta los años 60 del pasado siglo, pero unas fuertes tormentas terminaron por destruir los mecanismos y eso marcó el final de su vida.
Más adelante, la Cascada de las Llanadas, es otro conjunto de pozas para el baño; de aguas cristalinas, tan o más bellas que las anteriores, con una de esas cascadas que pide a gritos dejar que el agua te caiga encima. Una experiencia que poco tiene que envidiarle a las que venden en algunos balnearios, y en plena naturaleza. De hecho, algunas de estas pozas parecen auténticos jacuzzis de aguas frías y limpias.
Posteriormente, a la derecha, donde el arroyo Seco y el de La Madroña se unen, encontrarás otra preciosa y espectacular cascada, la de Arroyo Seco, que, al igual que la primera, lleva agua durante todo el año. Así que, si en la primera cascada no te habías animado a sentir la fuerza del agua fresca cayendo sobre tu cabeza, éste es el momento de hacerlo y disfrutar de esta sensación única.
Otro de los puntos de la ruta, que ya marca prácticamente el final de la misma, es la Fuente de la Teja, que recibe este nombre —según explica el cartel informativo que podemos leer—, porque en este mismo paraje existió un tejar, un oficio ya desaparecido, que consistía en modelar tejas a partir de la tierra arcillosa que después se dejaban secar y se cocían para endurecerlas.
La ruta, salpicada por más retazos y oficios perdidos de la historia de Algarinejo, también discurre frente a los restos de una cantera de roca calcárea, que se usaba para la fabricación de sillares: ladrillos rectangulares de piedra cuya extracción ha dejado algunos huecos que aún pueden verse.
Finalmente, el recorrido te conduce hacia el nacimiento de Las Llanadas, un surgimiento a modo de fuente que aún guarda una última sorpresa. Por debajo del sendero encontrarás otra poza escondida por la vegetación, cuyas aguas cristalinas invitan, al menos, a dejarse acariciar los pies sumergiéndolos completamente o, por qué no, aprovechar para darnos el penúltimo chapuzón de la temporada.
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