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Discípulo de los hermanos Roca, Jordi Tarré es un chef viajero que ha hecho suya la conocida frase “Roda al món i torna…”, en este caso con regreso al Eixample. Su restaurante Prodigi (un Sol Repsol) es un cruce de caminos que ha encontrado su lugar en esta parte de Barcelona. Su cocina reinterpreta el recetario catalán desde una mirada nueva y disruptiva, con elaboraciones de estética precisa y sabores de vocación viajera. Un recorrido apuntalado en kilómetros, países y trayectorias. Incluso el nombre del restaurante nace de las tres arterias barcelonesas donde se asienta: PROvença, DIagonal y GIrona. Nos sentamos a su mesa.
La entrada de Prodigi ya presagia que estamos ante una casa seria. La vitrina de vinos, a ambos lados del vestíbulo, impresiona: tiene ese aire de los restaurantes regios de la ciudad, donde el despliegue de etiquetas se imponía nada más dejar atrás el panot de la calle. Después, la sala se revela mucho más contenida, acogedora y, ciertamente, romántica. Apenas diez mesas y sin doblar turno: aquí no hay prisas. El de Jordi Tarré es uno de los restaurantes más recomendados —y también más reservados— para primeras citas en esta parte de Barcelona. Entendemos el porqué.
Al fondo, una pequeña sala presidida por una cocina no vista —tan en boga—. Convierte el espacio en un territorio más íntimo para los comensales, sin la interferencia de una cocina en la que no dejan de pasar cosas. Tiene sus pros y sus contras: el principal, sin duda, es que la atención se posa por completo en quien tienes delante. Tomamos asiento en una discreta mesa desde la que se ve la puerta de la cocina. Fue su padre, con quien el chef se siente muy unido, quien dio nombre al local. Un pasado como taxista puede que le llevara a esa asociación lógica, una regla mnemotécnica para memorizar calles y trazados. Porque antes los taxistas se sabían al dedillo las calles de Barcelona y quizás en ese mapa mental figurativo, el nombre de Prodigi ya existía mucho antes.
Aunque su padre bautizara la criatura, es a su madre a quien el chef dedica uno de los aperitivos del menú que tomaremos y que nunca cambia (sí de estética) porque la progenitora quiere que se quede ahí: el cremoso de pollo con piel crujiente, parfait de pollo, pera encurtida, mostaza y gel de ponzu. Es una asociación de sabores clásica, la de la fruta y el foie, alegrada por el ácido del encurtido. Todos tenemos, al final, peajes familiares y la memoria y la familia también son ingredientes. “Llevo mejorando esta receta desde hace diez años”, sonríe.
Anuncian los aperitivos. Al cremoso de pollo se unen unos inesperados churros con chocolate y trufa; un bocado lleno de matices para el que la masa tradicional de este almuerzo dominguero —elaborada aquí con patata — es la excusa que envuelve un sabroso estofado de conejo reducido varias horas según la receta que utilizaba el desaparecido Fermí Puig. Mucha cocina para un pequeño bocado picante envuelto con praliné de avellanas para redondear el gusto, anís reducido y harina de algarroba del envoltorio frito -recuerda el amargor del chocolate- que acaba de engañarnos. ¿Qué acaba de pasar? ¿Cómo haría un churro un sirio? El regusto a rabiosa cocina catalana actualizada y adaptada al paladar actual resuena con este primer bocado.
Unas almejas abiertas con oloroso, acompañadas de una crema de alcachofa de Jerusalén (topinambur) de perfil anisado, con chips de alcachofa, calçots escabechados y el toque cítrico del sumak (incluido en el za’atar árabe), cierran los aperitivos. El arranque despliega técnica y ambición, aunque el menú degustación (Ejecutivo de mediodías, 45 euros; Degustación de noches, 95 euros) ejerce un saludable ejercicio de concisión para no saturar al cliente con 15-20 platos: “Para mí es importante que el cliente recuerde al menos un par de platos. Entrar en la dinámica de poner muchas elaboraciones es para nosotros muy atractivo, pero hay que escuchar al cliente. Más conciso y con más matices”, reflexiona.
La degustación de dos tipos de pan —de masa madre y de semillas de lino, ambos elaborados en casa—, servidos con aceite de oliveras centenarias y milenarias de variedad morruda, de primera prensada y producido en Castellón de la Plana, marca un punto de pausa antes de los primeros entrantes del menú. Sorprende la quenelle perfecta de mantequilla casera, ahumada con romero, tomillo y sarmiento de vid, que acompaña. “Es tan perfecta porque en The Fat Duck me daban con una regla en la mano si no salía así. Está hecha con cuchara”, ríe.
El comentario de Tarrés sobre la exigente casa de Heston Blumenthal nos pone en alerta sobre el debate abierto en torno a las exigencias férreas en las cocinas encaramadas a lo más alto de las listas gastronómicas. Haber vivido y trabajado cuatro años en el gastronómico de Bray permitió a Tarrés internalizar normas y autodisciplina y dotarse de una panóptica en cuanto a ingredientes y combinaciones de sabores de todo el mundo que ahora invierte en su cocina. “Fue donde más aprendí. En el Celler de Can Roca, también, pero con 16 años era demasiado joven, no estaba preparado para entender conceptualmente todo lo que allí pasaba”.
Llega el arroz meloso de calamar y sobrasada, alcachofas fritas en tempura —el astringente está domado bajo el crujiente—, láminas de calamar con ralladura de lima, emulsión de wasabi, cilantro y diversas algas marinas. Un plato reconfortante visualmente, incluso familiar, que en boca ofrece inquietantes nuevos registros: “Reconozco que cambiar platos cada tres meses me obliga a buscar cosas interesantes fuera. La base es la misma cocina catalana, pero, a partir de ahí, uso todo lo que existe en el mundo”. De Portomuiños incorpora las llamadas uvas de mar por su aspecto en diminutos racimos y una acuosa hierba de hielo (Ficoide Glaciar) que apuntala la salinidad del conjunto.
El repertorio de platos (uno distinto por pase) es otra de las obsesiones del chef que —reconoce— es capaz de invertir sumas generosas en piezas de colección de las cuales dispone de pocas unidades. Uno de ellos representa la silueta de un árbol; y quedó prendado de él con 18 años comiendo en The Ledbury en Londres, y se prometió a sí mismo adquirirlo cuando tuviese su propio restaurante. “Me gusta mucho experimentar, buscar diseños nuevos o comprar diseños que nadie compra”. Avanza el servicio y cada mesa está inmersa en su propia conversación. No existe contaminación visual y la experiencia resulta íntima incluso en el momento de atravesar una pesada y tupida cortina para ir al baño.
Los aperitivos demostraban que la humilde y rural algarroba era digna de abrir un menú. Unas humildes habas repeladas demuestran que el caviar verde no viene solo del Maresme. Acompañadas de una burrata, velouté de café y con una emulsión acidulada con furikake que sirve de aliño, bajo la nariz las habas —comida en tiempos de posguerra de animales de pastura y campo— funcionan en un plato que sorprende por lo inusual de la interesante combinación. En una Barcelona que teme cocinar distinto, son de agradecer platos que interpelen más allá de ingredientes comunes y propongan desafíos.
De Francia al Sudeste Asiático, volvemos a la cocina reconfortante con un salmonete levemente braseado por uno de sus lados, bañado en ponzu y una emulsión de bullabesa de sus espinas y col de Bruselas, apuntalado con coco encurtido en chardonnay y pomelo Thai. El plato es una caldereta que quedó a medio camino con una ensalada tailandesa regalada con estragón. Anisado, dulce y ligeramente picante, el plato es una fiesta visual, una colorista reprehensión.
Llega de cocina el último plato salado. Es un pichón de sangre apuntalado en los sabores invernales con un twist tropical. La pechuga se cocina a la brasa con aromáticas como romero y tomillo, las múrgulas a la crema, el boniato tostado al Amontillado y se monta en una armonía visual no simétrica con un poco de salsa tandoori masala hecha con las carcasas y huesos de picho y dos geles, de tamarindo y cúrcuma. La trufa negra de invierno y un crujiente de cacao equilibran olores y llevan el guiso de vuelta a Occidente. Es una elaboración asimilable que cierra con broche el menú, algo menos exigente y más segura.
La sutileza y complejidad que hemos visto en los platos se sostiene en los pre postres, que vuelven a mirar a Asia; por un lado, una base de ganache de pimienta rosa, crumble de avellanas, agua de granada, sorbete de granada cubiertos con una aromática espuma de lima kéfir. Por el otro, una hoja de ostra rellena de tapioca de leche de coco. El helado balsámico con cremoso de chocolate 72%, flan de té Cashmir, ciruelas al amontillado y cacao del último postre (no revelaremos el peculiar sabor para no hacer spoiler a posibles comensales) cierra un repertorio sostenido en Fa mayor. El menú regresa a la intersección de calles donde nos encontramos y a la historia de un taxista —el padre de Tarrés— que vislumbró con acierto el nombre del restaurante de su hijo, a quien apoyó sin haberlo visto nunca antes cocinar.
Un petit four por cada nombre de calle: un Pornstar Martini por Provença, una gelatina de aceite de oliva por Diagonal y un buñuelo relleno de ganache de trufa negra (los sabores que buscábamos en el primer bocado) por Girona.“En agosto me voy tres semanas a China. Estuve mucho tiempo comiendo en Chinatown de Londres y quiero ver, realmente, cuál es el gusto de lo que ahí se hace”, anuncia triunfal. Sin duda, un niño prodigio.
PRODIGI. Carrer de Girona, 145. Barcelona. Tel: 936 79 15 92
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