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Hay restaurantes a los que no se llega por casualidad, hasta los que hay que ir a propósito, buscándolos. Esos son los que, cuando consiguen convertir su oferta en algo suficientemente atractivo, se convierten en un destino en sí mismos, en el motivo para un desvío, cuando no para una escapada completa. Es ahí donde, con frecuencia, reside la sorpresa. Porque es fácil imaginar que en una ciudad o en un destino turístico importante abundarán las mesas interesantes, propuestas atractivas entre las que elegir. Cuando estas están en lugares más alejados, es cuando el descubrimiento se suma al atractivo gastronómico dando lugar a algo especial.
Eso es lo que ocurre en Texu, el proyecto de Patricia y Fran, al que se suma, en sala, Julián Mera. Es algo que te queda claro cuando vas dejando atrás San Martín del Rey Aurelio, La Pola, después, tras el embalse que se convierte en la puerta de las montañas, Villamorei. Aquí el valle se encajona, la carretera se estrecha y las curvas se suceden entre paisajes espectaculares.
Las vistas hacen que quieras parar casi en cada recodo, porque cada recodo es más espectacular que el anterior. Hasta que, de pronto, la carretera se acaba. De fondo, picos como el Retriñón o La Forcá, que se acercan ya a los 2.000 metros. Y aquí, frente a ti, Ladines, un pequeño caserío que se apretuja alrededor de la iglesia, en la cabecera del río Argayades. Y justo a su entrada, 'Texu'. El texu, el tejo, es un árbol que abunda en esta zona, una especie con connotaciones mágicas desde la prehistoria que Fran y Patricia han elegido para dar nombre a su local, el antiguo bar del pueblo, reconvertido por ellos en un proyecto gastronómico que es, también, un proyecto de vida que acaba de cumplir un año.
Esta decisión no supone, sin embargo, que el pueblo y sus habitantes se queden fuera, que su oferta sea solamente para quienes llegamos de lejos, llamados por su propuesta culinaria, pero también por la belleza de Ladines, que a pesar de su pequeño tamaño está cuajado de alojamientos rurales con encanto. Al contrario, nada más cruzar la puerta, en la zona de bar, te encuentras con habituales, gente que vive en estas calles, a pocos metros, y que baja a tomarse algo. Allí, a un lado de la estancia, la chimenea crepita ahora en invierno, llenando la atmósfera de ese algo intangible y tan acogedor que tiene el fuego en los locales de montaña. Frente a ella, en la barra, hoy nos reciben unas cestas con setas, alrededor de las cuales Fran irá adaptando el menú. Al fondo, una puerta lleva al pequeño comedor acristalado, desde el que las mesas se asoman al valle. Un gato juguetea fuera, entre las plantas. Algo más allá hay un caballo que mordisquea la hierba. Comer aquí es envolverse en el paisaje.
La carta es breve, pero interesante; un menú único, no excesivamente largo, que el comensal puede prolongar, si lo desea, con dos o tres platos más que se ofrecen como extra. La clientela es variada. En la mesa contigua, una pareja de cierta edad disfruta con cada nuevo plato; más allá, al fondo, un grupo de amigas, quizás llegadas de alguno de los pueblos más próximos del valle. Todos parecen clientes habituales, gente de la zona dispuesta a hacer unos pocos kilómetros para llegar a este lugar en el que la carretera se termina para comer.
Poco a poco voy entendiendo el por qué. Con el paté campaña de jabalí que sirven como aperitivo, intenso, pero no excesivo, matizado por un agradable puré de limón que le da el contrapunto ácido y hace que te quedes con ganas de más; con el estupendo pan, ecológico, que acompaña a un excelente aceite de oliva virgen extra, verde y fresco. El comienzo no puede ser mejor: sencillez, producto, ausencia de efectismos. Estás en la montaña asturiana, y eso se refleja en el plato.
Gilda de trucha ahumada y emulsión de anchoa. Refrescante, con los encurtidos aportando crujiente y frescura. Croqueta, de jamón, potente, con ese sabor a casa de comidas de siempre. Qué nivel tienen, por lo general, las croquetas en Asturias. Y luego los puerros confitados, servidos bajo un guiso de centollo, porque las huertas te rodean y estás en la montaña, es cierto, pero el Cantábrico está ahí, a no demasiados kilómetros, aunque aquí parezca mentira, y eso crea la posibilidad de una despensa que no se limita al entorno más inmediato, que se abre también al mar.
Las verdinas con gamba roja son un plato estupendo. Y son, al mismo tiempo, una demostración del oficio que Fran acumuló en diferentes cocinas -'Casa Marcial', 'Gunea', 'El Corral del Indianu'- antes de llegar a este lugar. Son sabrosas, de cocción perfecta, mantecosas sin perder presencia, bañadas en un caldo suave y elegante. Sobre ellas, las gambas, apenas atemperadas, con toda su tersura y plenas de sabor.
La primera reacción con este plato fue de sorpresa. Unas gambas rojas, aquí, en el norte, con esas montañas colándose por la ventana. Pronto me doy cuenta, sin embargo, que eso es solo culpa de mis prejuicios ¿Por qué las aceptaría en el corazón de Madrid, en Cáceres o en Zaragoza, donde también están lejos de su lugar de origen? ¿Por qué somos más puristas con estos lugares alejados, que si acaso hacen un esfuerzo adicional para conseguir productos así, que con los de grandes ciudades, a los que les damos por supuesta una despensa llegada de aquí y de allá? Una vez que dejo atrás mis ideas preconcebidas, me dedico simplemente a disfrutar de cada cucharada, que es en este comedor, asomado a esos paisajes, algo único.
Níscalos, los vimos sobre la barra, al llegar. Se proponen con yema de huevo sobre una crema de frutos secos. Un gran plato: temporada, territorio, sabor, elegancia, matices… lo tiene todo. Y llega la carne, para recordarte que, al fin y al cabo, estás en una casa de comidas. Contemporánea, pero una casa de comidas. Lo hace con la intensidad de un guiso de siempre, pero con la elegancia de una salsa bien ligada y con esas patatas, fritas al momento, que son una perdición.
Y tiempo, ya, para el postre, un cremoso de chocolate, intenso, sin excesos de dulce, acompañado de nata de la Fontona, y con un toque de naranja. Perfecto para poner el broche final a una comida que, sin perder de vista el lugar en el que se propone, es capaz de ir un poco más allá, con sentido común, para proponer algo diferente. Estás en Ladines, en el Parque Natural de Redes, pero estás, al mismo tiempo, en las manos de un cocinero que sabe cuándo ir un paso más allá, cuándo dejar que el producto brille y cuándo permitir que sea la tradición la que lleve el timón.
El paseo, al salir, es casi obligatorio. Con el rubor de la chimenea aún en las mejillas y esa sensación placentera después de una comida redonda, un paseo por las calles de la aldea es un auténtico lujo. Luego vendrán las curvas, los paisajes inolvidables, bajando por el valle, pero ahora es el momento de recordar la sucesión de sabores que acabas de disfrutar en ese pequeño comedor asomado a las montañas y de agradecer que esta pareja haya decidido hacer de este su lugar en el mundo y haya apostado por compartirlo con quien,como nosotros, quiera sentarse a su mesa.
'TEXU'. Lugar Ladines, 33993 Ladines, Asturias. Tel: 655 67 78 62
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