Un verano de 1296, Palencia recibió la versión medieval de lo que ahora se conocen como incentivos económicos. Consistía en la exención, durante unos días, de pagar el impuesto sobre las mercancías que introdujeran o sacaran de la ciudad. Esas jornadas se convirtieron en una feria, que se llamaría Chica.

A lo largo de su historia, la Feria de Pentecostés o Feria Chica se ha centrado en el comercio, ya fuera de ganado, o de otros productos. Ahora, sin embargo, la gente se apelotona para ver los gigantones y cabezudos, curiosear en las muestras de cerámica o contemplar embobada las danzas tradicionales.

Pero no es la única celebración de Palencia. Cuando el calor empieza a hacer las maletas, llega San Antolín, fiesta de peñas y alboroto que concentra a los palentinos en la catedral, y en la que es costumbre beber el agua del pozo que hay en la cripta del santo. Del agua pasan al vino en el Mercado Medieval, cada año más vivo, y a la Feria de Artesanía.

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