Adra

Adra

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Adra tiene el corazón alpujarreño, es pura sangre andaluza lo que fluye por los 18 kilómetros de playas y calas vírgenes, las tradiciones y la belleza almeriense. El puerto centenario presume del sabor de la gastronomía de la villa, con el pescado a raudales y el sentimiento marinero postrado en torno a las redes y los barcos que se descuelgan desde su puerto marinero hasta el Mediterráneo. Late la lonja muy cerca del núcleo urbano de Adra, el corazón de la villa almeriense, y el lugar en torno al que fluye todo el pueblo con la subasta típica de pescado fresco, a la antigua usanza. La vista de la localidad se sitúa en La torre de los Perdigones, casi 195 escalones que llevan al visitante al mayor mirador de la villa y desde el que abarcar en toda su extensión el poderío de este pueblo andaluz. Aunque el alma de la localidad se resarce en sus tradiciones, como los robaos y las mudanzas (un tipo de baile regional, el municipio conserva la memoria en el patrimonio. Belleza almeriense que tradujo la nobleza de esta villa en casas solariegas como la casa de Gnecco o la de Doña Blanca. Andalucía tiene la piel morena, pero este pueblo almeriense la tiene cristalina, como el mar, cubierta por un espesor natural con increíbles monumentos fluviales como Las Albuferas de Adra o la estrechura de los Guainos, un paisaje abrupto y extraordinario a los pies de la sierra para hacer senderismo. Adra tiene arte, en su museo y en sus fiestas patronales, en su belleza y en su marcado acento andaluz que convierten este lugar en un pura sangre turístico.

En la plaza Vieja, centro político y militar de Adra a lo largo de la Edad Moderna, está el monumento al músico abderitano Ángel Ortiz de Villajos Cano, que fue quien introdujo el charlestón en España.

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