Alobras

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En Alobras hay dos edificios importantes y cinco árboles monumentales. La ermita de San Roque, construida a mediados del siglo XVII, y la iglesia de San Fabián y San Sebastián, de la misma época, edificada a expensas de Juan Valero Díaz, hijo del que fue secretario del rey en el Consejo Supremo de la Corona de Aragón. Su arquitectura es de orden toscano: renacentista y barroco. Ambas merecen una visita, pero es su parte viva lo más importante de este municipio.

Situado a 1.100 metros, su paisaje es seco, formado por enebros y sabinas, una planta típica de la provincia de Teruel, protegida, cuya madera es muy olorosa. Pero en Alobras, a los árboles importantes les han puesto nombre propio: la carrasca de las Raboseras, el pino Ramudo, el quejigo de la Molinera, el quejigo del plano del Hontanar, la sabina de las Cejillas y el olmo de la Iglesia.

Dicen que como mejor se conoce a un municipio es con su gente. Este es el poema que Don César Rodríguez, vecino adoptado de Alobras, le dedicó a su pueblo: “Hace  más de un año, de diez, ya pasa de treinta… que un día allá por agosto me vine hasta aquí… las casitas de piedra, las casitas juntas, los niños de ayer… Alobras es diferente, tiene un ambiente acogedor, Alobras lejos del polvo, de aquel ruido de la ciudad, Alobras arriba en el monte, cerca del cielo, cerca de Dios. Me gustan tus ríos, tus montes, tus campos en flor, y aquellos caminos que de pueblo a pueblo me veían llegar”.

En Alobras, el robusto ejemplar de olmo centenario que preside la plaza de la iglesia es tan importante que hasta le han dedicado varios poemas algunos artistas locales. “Para los alobreños es un monumento, en la plaza de la Iglesia que está en el centro. También los emigrantes lo echan de menos, recuerdan el ruido vibrante de la fuerza del viento”, son dos de las estrofas del poema de Valeriano Yuste.