Vic

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Vic (Barcelona) es un lugar de trasiego, de gente que se cita todas las semanas para compartir el mercado, origen y destino de esta ciudad con restos de dos poderes, aunque sólo el eclesiástico ha sobrevivido al paso del tiempo. Cerca del río, la catedral románica, cuya decoración José María Sert tardó 45 años en acabar, y el museo Episcopal muestran la brillantez del obispo Oliba y sus sucesores, mientras que el Templo Romano oculta lo poco que queda del castillo de los Montcada. Vic, de 'cogollo' medieval, es para comer y para cantar. Cerdo y música salpican el calendario de festividades: el Jueves Lardero (tocinero), el Mercado de Ramos, el Mercado de Música Viva, Cantonigrós, el Festival de Música Religiosa…

Los curtidores fueron multitud en la ciudad, aunque de este oficio sólo quedan las paredes de las curtidurías y el magnífico museo de l’Art della Pel. Los vestigios medievales dejan los manuales y se hacen realidad en diciembre, con el Mercado Medieval, aluvión de visitantes donde se mezclan los jubones y las calzas con las tarjetas bancarias. Aunque la sensación sea esa, Vic no siempre contiene multitudes: los días sin mercado muestran la tranquilidad y el silencio de su arquitectura. Además, a pocos kilómetros, en un ángulo de 180 grados, montaña, bosques y senderos del Montseny, Guilleries o Montesquiu alejan al espíritu del bullicio de esta bonita y animada ciudad.

Vic también tuvo a Antoni Gaudí, aunque sólo fueran unas semanas. El arquitecto, que sufría una depresión, fue a la ciudad a descansar en 1910, justo cuando se conmemoraba el nacimiento del filósofo Jaume Balmes. Gaudí diseñó para ese momento unas farolas que estuvieron en pie hasta 1924 y de las que sólo quedan fotografías. El nombre de la ciudad se escribía Vich hasta el cambio en las normas ortográficas del catalán, de principios del siglo XX.

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