Paseo por Candeleda (Ávila)

Candeleda en tres dosis: mañana, tarde y noche

La Casa de las Flores.
La Casa de las Flores.

Contra el hastío o el exceso de jarana, una escapada a Candeleda (Ávila) supone la justa dosis de vitaminas. La vegetación de clima mediterráneo, sus rastros de historia medieval con cristianos y judíos, la arqueología de su entorno… todo al pie del Pico Almanzor, en la Sierra de Gredos. Pasado y presente fundidos.   

La medicina candeledana se puede tomar a cualquier hora del día. Es sencilla, el paseo por sus calles tras un buen desayuno, una merienda o una cena, produce efectos anímicos al alza. Lo único que no se recomienda es pisar empedrado –o asfalto– al mediodía en julio y agosto, so pena de derretirse.

Casas de Candeleda
La arquitectura típica del pueblo invita a recorrer sus calles.

El resto del año, poco antes de las once y al pie de la Casa de las Flores –quizá el edificio más famoso del pueblo abulense– te puedes topar con Nieves y Milagros, que bolsa en mano van camino de rematar la compra, pero ya han dejado el puchero puesto en casa. "Ahora da un poco igual cuando venga la gente porque el tiempo está loco. Los veranos se alargan muchísimo", confiesa una de ellas. Los geranios y las plantas florecidas de la Casa son testigo mudo de esa verdad, aunque por las mañanas hace frío.

Huertos y limoneros de las casas.
Los ricos huertos de la zona llenan las despensas de la mayoría de las casas.

Juan es el camarero del bar que abre a la plaza una de las más hermosas Casas Entramadas de la zona. De adobe, madera y piedra, sus ocho balconadas o solanas han cumplido con una de sus misiones principales, el secado de pimientos, higos, castañas, todo aquello que produce la riquísima huerta de la comarca. El aireo de la vivienda se da por hecho, como las flores de las balconadas que le dan nombre.

El Museo del Juguete de Hojalata.
El Museo del Juguete de Hojalata es visitado incluso por colegios de la zona.

En la actualidad la Casa de las Flores acoge al Museo del Juguete de Hojalata, que enseña Paco Gil. "Yo he nacido en esta casa –explica, mientras abre las estancias que albergan a los juguetes– y tengo más de 2.000 juguetes. También otros objetos antiguos –máquinas de escribir, por ejemplo– y cobro 3 euros por la entrada. Los colegios vienen con frecuencia y les cuento historias de cada juguete y su época".

El Museo del Juguete de Hojalata.
Pequeños juguetes de hojalata con grandes historias.
 

La colección ha quedado algo mermada desde que los herederos de Javier Figuerola Ferretti retiraron los juguetes, tras su fallecimiento, pero no dejan de ser una curiosa colección de hojalata, a través de la que se puede contar tantas cosas a los niños. Y divertidas.

Sensación de paz

Tras el café y el juguete de hojalata, la arrancada hacia el Santuario de Chilla es una aventura de bajo riesgo y más que agradable. Candeleda adora a su patrona, la Virgen de Chilla, que no ha podido escoger emplazamiento más hermoso, en la garganta del mismo nombre.

Santuario de Chilla.
Vistas del paisaje del Santuario de Chilla.
 

Porque este pueblo, que en alma y clima pertenece a la comarca de La Vera y en mapa a Ávila (Castilla y León) desde el primer tercio del siglo XIX, cuenta con tres gargantas privilegiadas para el río Tiétar: la de Chilla, Santa María y Alardos. La subida desde Candeleda al santuario, con el pantano de Rosarito al fondo, entre frutales a la salida del pueblo, luego encinas, castaños, robles, alcornoques y pinos, es una delicia.

Para Rosa, la santera del santuario de Chilla desde hace media docena de años, la mejor época, la más feliz –al menos para ella– es el otoño y el invierno. "Aunque a todo el mundo le gusta la primavera y el verano, cuando abres la puerta y llueve o sientes el frío, y, pese a todo, ves a los peregrinos incluso andando, gente que sube hasta aquí, la sensación de paz y agrado es difícil de transmitir".

Vecinas de Candeleda, Ávila.
Rosa, la santera, entrando por la puerta.

La ermita por dentro es sencilla, con cuadros que recogen la historia de Finardo, el pastor al que se le apareció la virgen, de los que solo dos "son del XVIII", explica Rosa. Es la casa de los santeros, también de estilo entramado, lo más especial del lugar, con los recuerdos clásicos que se venden, ideales para los amantes de lo kitsch con un punto entrañable. El paseo por los alrededores, con los jardines de Nemesio Rodríguez, un cofrade que los diseñó hace tiempo, merece quince minutos.

Haciendo encaje de bolillos sentadas en la calle.
Haciendo encaje de bolillos sentadas en la calle.

La rutina del pueblo

Al atardecer, pasear por las calles de Candeleda, con las encajeras haciendo bolillos a la puerta o tras los cristales, otras de cháchara esperando el fresco y todas pendientes de sus flores, buganvillas o enredaderas memorables, es una experiencia.

Vecinas sentadas a la puerta.
Siguiendo la buena tradición de sentarse a la puerta.

Subir hasta la Iglesia de la Ascensión con el sonido de las telenovelas que se escapa por alguna ventana, desdibuja la vieja idea de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Aquel tiempo es ahora fuera de las grandes urbes, lugares donde la tecnología ha matizado la realidad, pero no la ha borrado.

A las afueras de Candeleda, el Castro de El Raso –una pedanía– merece una visita, donde descubrir a los vetones, un pueblo celta curioso.

Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción.
Las luces al atardecer en la puerta de la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción.

Para comer, el cordero de 'Casa Pepe' en la Plaza Mayor, es un valor seguro. Para dormir, desayunar y tomar un cóctel distinto al pie de la chimenea, la 'Posada Albarea', de Paolo.

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