Museo Diocesano de Jaca (Huesca): el elixir para descubrir el románico

Un cómic lleno de vida y color escondido en la catedral de Jaca

En 1963, mientras Picasso andaba aún liado en París con uno de los retratos de Jacqueline, su segunda mujer, en Ruesta, un pueblecito perdido de Zaragoza, los hermanos Gudiol, llamados por el sacerdote Jesús Auricenea, arrancaban los frescos de la ermita de San Juan Bautista. Debajo del rostro del pantocrátor "descubrieron una pintura, un arrepentimiento del artista". "Ese rostro se ha convertido en una de las piezas emblemáticas de la colección", explica Belén Luque, la directora del Museo Diocesano de Jaca, señalando la comparación ineludible con el pintor malagueño y el estilo cubista. Solo que el pantocrátor anónimo tiene mil años y aún es un misterio a qué se debió el arrepentimiento del artista [para taparlo].

Hay muchas formas de explicar el arte, pero el resultado se reduce a dos: la que te deja enganchado de por vida o la que te hace huir cada vez que atisbas ruinas, museos y templos. Lo que es seguro es que si llegas a Jaca y te topas con Belén, jefa de este MDJ –mejor siglas, solo el nombre Museo y Diocesano retrae– y te guía por la Sala Bagüés y el resto de pinturas, tallas y capiteles con más de mil años, el románico entrará en tu vida para quedarse; será uno de esos rincones interiores donde cobijarse en busca de la belleza.

El pantocrátor de Bagüés, entre 1080-1100 y el retrato de Jacqueline (1963), segunda esposa de Picasso.

Cada mañana de nieve, de sol radiante o de agua, esta mujer de no más de 40 años –diez en este puesto– es feliz al atravesar la puerta de la catedral y cruzar la nave hasta donde estuvo el refectorio y el claustro. El entusiasmo no decae mientras cuenta una parte menos agradable de la historia: "es cierto que las pinturas se arrancaron en un proceso de strappo. Hoy nunca se haría así, pero hay que recordar en qué momento se hizo, en la década de los 60. Entonces éramos muy pobres; la despoblación y el abandono de pueblos enteros era habitual".

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Pinturas de la iglesia de San Juan Bautista de Ruesta, Zaragoza, de mitad siglo XII.

El cura Auricenea –"no era un sabio, pero sí tenía cabeza"– entendió por qué venía gente de otros lugares y países a expoliar las iglesias y ermitas y llamó a los hermanos Gudiol, José y Ramón. "Comenzaron el proceso, eran los expertos que había. Los frescos en sí no se tocaron, los limpiaron y retocaron. Este mortero (cemento en grano) cubre los lugares donde la pintura estaba perdida, también ayuda a sujetar las telas", resalta la directora.

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La catedral al atardecer, donde están recogidos los frescos románicos.

El naturalismo en las actitudes de Adán y Eva

Abruma la cúpula del lugar. Es la llamada Sala Bagüés, recubierta con pinturas murales procedentes de San Julián y Santa Basilisa de Bagüés, datados entre 1080 y 1096. "¿Quién dijo que el románico es oscuro y sombrío?", pregunta Belén. No hay respuesta, porque lo que se contempla es un tebeo lleno de color y vida en cada viñeta gigante. Así eran los templos medievales, mucha gente no sabía leer y las pinturas contaban una película, una historia que va desde la creación del hombre hasta la ascensión de Cristo. "Los niños son quienes mejor entienden estos dibujos, cuando llegan aquí siguen perfectamente la historia representada en el templo", comenta Luque. Y el dato es primordial para observar con otros ojos todo el lugar.

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Los pecados capitales (Sieso). La ira monta el oso; la gula, el jabalí; la envidia, sobre el galgo; la lujuria, la cabra.

La obra es una auténtica Biblia, "el mayor conjunto de historia mural románica que conservamos en España y uno de los primeros de Europa”. Recuerda un códice o libris realizado por artistas anónimos, sin ser monjes ni tener biblioteca donde dibujar, pero con un sentido del color, del retrato de las emociones, que da para imaginar de todo. Es una entrada a un túnel del tiempo, persiguiendo por las paredes historias de colegio en tardes de religión.

Aquí están Adán y Eva, que estuvieron en la cabecera de la iglesia de San Esteban de Urriés, en Zaragoza. "La sonrisa de Eva es tan sugerente que resulta extraño hablar de la inexpresividad del románico", señala la experta mientras Adán y Eva, desnudos, se observan con actitudes bien diferentes. Al semblante sonriente de ella, Adán responde con aire desconfiado, sabiendo la que se va a liar si muerde la fruta. De estilo francogótico, muestra un incipiente naturalismo, apuntan los textos del lugar.

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Adán y Eva, Urriés. Así empezó todo.

El parto con dolor de la Virgen 

Del parto con dolor de la Virgen procedente de Santa María de Iguácel –"es un parto bizantino, con las comadronas asistiendo a la Virgen María, porque la Iglesia Católica no admite que la Virgen tuviera dolores", puntualiza la directora– a la Epifanía, procedente de la Asunción de Navasa, donde los tres Reyes Magos son blancos. 

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El parto con dolor de la Virgen y las comadronas, detalle del altar de Iguácel.

Aunque la pieza fue descubierta en 1928 por el norteamericano A. Kingsley Porter –un referente– el misterio es que la tabla, en madera de pino, desapareció. Reapareció en 1977, durante unas obras. Había estado escondida, boca abajo, en el presbiterio. ¿Las razones? Para unos, que mostraba a la Virgen con dos comadronas, síntoma del dolor; según otros, para preservarla de luchas y años duros. O quizá solo el descuido y abandono.

Pasamos por la Epifanía de Navasa. Otra sorpresa, los tres magos son blancos. Hasta el siglo XIV no aparece el rey negro, como reconocimiento a las tierras conocidas por entonces, y el valor universal de la Iglesia. Pero tardó mucho tiempo en haber acuerdo sobre cuántos eran los reyes llegados a adorar a Jesús. Finalmente, el oro, el incienso y la mirra, mencionados en los textos sagrados, hicieron que perdurara el tres.

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Procedentes de la Asunción de Navasa, los tres Reyes Magos, blancos.

La oreja de Malco y el 'Guernica'

A ratos se impone el silencio mientras avanzas de unos frescos a otros. Cuando te paras ante Malco y su oreja cortada, su rostro de dolor, las figuras del Guernica de Picasso te asaltan de nuevo, pero ya pocas cosas extrañan. Solo sientes la fascinación del lugar, el dolor del pobre Malco al que el apóstol Pedro Simón corta la oreja por ayudar a entregar a Cristo, justo antes de que el mismo Jesús se la vuelva a pegar. Miras, y oyes el grito de Malco, lanzado gracias a las manos de un artista anónimo, vanguardia de hace diez siglos. 

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Pedro cortando la oreja a Malco. Se oye el grito mirando la expresión.

Curiosos y buscadores de vanguardias eran los expertos del Museo Metropolitano de Nueva York (MOMA) que hace tiempo se interesaron por esta traición de Judas. Error o no, entre el acto del beso traidor y la vestimenta de los soldados han transcurrido unos cuantos siglos. Cota de malla, casco, armas, son medievales. "No llegó a viajar a Nueva York", puntualiza Belén Luque, pero la pieza sigue impactando.

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A la derecha, 'Los llorones' de Santa Eulalia, Susín.

A veces, en la borrachera que supone el paseo por las salas, una imagen asalta al fotógrafo o al visitante, que retrocede para ver si lo ha visto o imaginado. En la Sala Bagüés, en la tira que relata la crucifixión, hay algo extraño. Mientras Cristo muestra los brazos en cruz y los clavos, uno de los otros dos crucificados con él tiene los brazos caídos tras la cruz, en extraña posición. ¿Por qué? Según el Nuevo Testamento, a Jesús no se le rompieron los huesos y al pobre ladrón, basta con mirarle los brazos. 

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Cristo crucificado y uno de los ladrones. A Jesús no se le rompían los huesos.

La talla de la Virgen de Iguácel –es imprescindible visitar la ermita, en el valle de Garcipollera, porque se entenderá a la perfección lo que debió de ser con los frescos– son el aperitivo a la parte de escultura. "La Virgen pertenece al prototipo de la virgen en majestad, con el niño en su regazo. No se dicen nada, no se miran", subraya la experta. Pero la falta de comunicación no roba ni un ápice de belleza a la talla, que como las demás, cada verano, con motivo de las fiestas, regresan a su pueblo para las procesiones. 

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Detalle de la magnífica reja y la Vírgen de Iguácel.

El capitel del Sátiro, el más hermoso desnudo de la Edad Media 

Minutos aparte merece la verja de la misma iglesia, aunque haya que agacharse para descubrirla bien. Un lado de las espirales acaban en cabezas de animales, flores o el rostro humano, lo que hace de la pieza un tipo único en el románico de toda Europa. 

Solo los capiteles que existen en el Museo Diocesano de Jaca y la catedral merecerían una visita aparte. La historia de Los Músicos de Urueña, con Luis Delgado al frente de esos profesionales apasionados por la música medieval, es una muestra. En los años 70 hicieron una parada para visitar en detalle el capitel del rey David, y el acto es el principio de un relato que terminó con mucho amor. Subidos unos encima de otros, Delgado y sus amigos hicieron fotos con máquinas que hoy serían una broma, pero que con el tiempo no hicieron sino acrecentar su pasión por el capitel de Jaca. De ahí, y otras vicisitudes, nació el disco Los Músicos de Urueña de Luis Delgado y César Carazo, en torno a las figuras del capitel. Debería ser un ruego que quien pueda y se quiera a sí mismo, repase con la música de Urueña los cuatro lados de la columna. No hay palabras para tanta belleza.

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Capitel de los Músicos del Rey David.

El postre en los capiteles, tras el rey David y sus artistas, es el llamado "Capitel del Sátiro", en cita del "doctor Francisco Prado Vilar, el desnudo más bello de toda la Edad Media", según todas las guías de arte y nuestra experta. Una vez más, recuerda que el maestro de estos capiteles estaba entregado al clasicismo y se inspira en las fiestas al dios Dionisio. Aprovechando la iconografía cristiana, retrata a un sátiro desnudo, de espaldas "como metáfora sublime de los cuerpos que resucitarán al final de los tiempos". 

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Belén Luque explicando el capitel del Sátiro, el desnudo más famoso de la Edad Media.

El paseo no acabaría aquí, porque se necesitan varias visitas –nunca se termina de ver todo– para abarcar el resto de la obra y la segunda planta. Un consejo: hagan como muchos de los amantes de la montaña y del esquí, que aprovechan el Museo Diocesano de Jaca, sus pinturas y el resto de sus joyas, para dosificarse en días de mala nieve, exceso de frío o de calor, y recogerse en este refugio.  

'MUSEO DIOCESANO DE JACA' - Plaza de San Pedro s/n. Jaca, Huesca. Tel. 974 35 63 78.