Pueblos de montaña con encanto

10 pueblecitos para perderse entre montañas

Para todos los que buscan huir de las ciudades, respirar aire puro, empaparse de naturaleza y alegrarse la vista con bonitos paisajes, estos diez pueblos perdidos en las montañas prometen ser una escapada de éxito. Pequeños paraísos repartidos por toda nuestra geografía donde no faltan carreteras con curvas, paseos entre castillos, chapuzones en playas de agua dulce y muy buena gastronomía para cargarse de energía.

1. Segura de la Sierra (Jaén)

Foto: Roberto Ranero

Rodeado por un mar de olivares, las callejuelas del municipio jienense de Segura de la Sierra guardan en secreto cientos de historias. Declarado conjunto histórico artístico en 1972, Segura de la Sierra es un pueblo de postal que cuenta con un pintoresco conjunto urbano que conforman sus calles y su castillo islámico, principal bastión de toda la comarca serrana y principal orgullo patrimonial. Desde sus almenas, unas privilegiadas vistas nos remontan al pasado maderero de la antigua provincia Marítima de Segura, creada por Fernando VI en el siglo XVIII para la gestión y explotación de los recursos forestales destinados a la construcción de barcos en los astilleros de Sevilla. Un viaje en el tiempo en un entorno natural que atrapa en cualquier época del año.

2. Mora de Rubielos y Rubielos de Mora (Teruel)

Foto: Ferrán Mallol.

Tan iguales y tan distintas. Mora de Rubielos y Rubielos de Mora. Un juego de palabras que suena a romance, sobre todo si lo pronunciamos mientras nos perdemos por las empedradas calles de estas dos villas hermanas de la provincia de Teruel. Si además, nos dejamos llevar por el olor –y mejor aún– sabor de su gastronomía y el sonido antiestrés del agua de sus fuentes, nos levantará instántaneamente el ánimo. Si bien en Mora la vida giraba en torno a su imponente castillo, en Rubielos el pueblo entero es un tesoro medieval. Solo hay una manera de descubrir estos dos pueblos mellizos: recorriendo sus calles.

3. Buitrago de Lozoya (Madrid)

Foto: Shutterstock
Foto: Shutterstock

Este pueblo madrileño ofrece cultura a través de las huellas de Picasso y del Marqués de Santillana,  el medievo y su cocina contundente: judiones, cocido y carnes de la sierra. Todo ello bañado por uno de los ríos claves para la capital: el Lozoya. A la parte vieja, los habitantes la llaman La Villa y está rodeada por una muralla de 800 metros de largo, la única íntegra conservada de la Comunidad de Madrid. Otra joya es la Iglesia gótica de Santa María del Castillo, recuerdo de las cuatro que tuvo el pueblo. El Alcázar del Marqués de Santillana, un castillo singular construido sobre la muralla urbana, también se merece una visita. 

4. Castellar Viejo (Cádiz)

"Queremos turismo que se aloje aquí, que coja cariño al pueblo y vuelva", explica Úrsula, vecina de la localidad.
Foto: Juan Carlos Toro

La fortificación gaditana de Castellar Viejo es una de las pocas habitadas y se alza en un cerro sobre el que se divisa el parque natural de Los Alcornocales, la bahía de Algeciras, Gibraltar y África. Un lugar idóneo para los que quieran disfrutar de la naturaleza virgen, dormir entre los muros de un antiguo alcázar, deleitarse con sus guisos a base de caza y sentir la experiencia de adentrarse en su historia. Castellar Viejo no conoce la temporada baja. El turismo de interior se ha hecho fuerte en esta villa que se alza sobre un promontorio empinado y repleto de encanto. Las opciones turísticas del pueblo son múltiples: senderismo, kayak en el pantano de Guadarranque, avistamiento de aves, excursiones micológicas o a la berrea del ciervo, degustación de manjares gastronómicos en torno al arte de guisar la carne de caza… y, por supuesto, la impresionante experiencia de respirar, pasear, comer y pernoctar en una fortaleza medieval habitada y cercada por naturaleza en estado puro.  

5. Valldemosa (Mallorca)

Foto: Shutterstock
Foto: Shutterstock

A solo 20 kilómetros de Palma, Valldemosa es ese secreto a voces que nadie quiere perderse de la isla de Mallorca. Los paisajes que cortan el aliento sin bajar del coche y las calles cargadas de historia donde se respira el aire puro de la Serra de Tramuntana lo convierten en un destino ideal en cualquier época del año. De todos los caminos que llevan a Valldemosa, el más espectacular está en la sinuosa Ma-10. Remontar sus curvas y atravesar sus túneles en soledad es la mejor manera de descubrir un paisaje –de Andratx a Pollença– que maravilla al combinar la más pura montaña mallorquina con acantilados que se recortan contra el mar azul intenso en muchos tramos. Ya en el pueblo, incrustado en la sierra, sus empinadas calles de piedra, sus señoriales casas con puertas y ventanas verdes y sus monumentos, como La Cartuja, invitan a perderse. Para recuperar fuerzas, imprescindible probar su tumbet, uno de los platos más típicos de la isla. 

6. El Val de San Vicente (Cantabria)

Foto: José García

La gama de verdes se sucede en los bajos prados donde pasta el ganado, en las laderas del valle del Nansa, en las cumbres que anuncian los majestuosos Picos de Europa y en las marismas del Cantábrico. Por estos caminos de tierra y musgo del Val de San Vicente se cruzan los peregrinos que se dirigen a Santiago y a Liébana con los senderistas atraídos por otra historia, de mucho sufrimiento y también de amor, que tuvo como protagonistas a los maquis, en una ruta que organiza el ayuntamiento de esta localidad cántabra. El Val de San Vicente también ofrece playas casi vírgenes, yacimientos prehistóricos y sus paisajes de gran valor natural. Entre sus delicias gastronómicas, no hay que dejar pasar sus angulas y sus corbatas hojaldradas.

7. Linares de la Sierra (Huelva)

Foto: Javier Sierra

Linares de la Sierra aparece enclavada en el fondo de un valle que vigilan las sierras de Picachanes, el Alto del Chorrito y la Era Rasa, en pleno Parque Natural Sierra de Aracena y Picos de Aroche. Debe su nombre a las plantaciones de lino que se extendieron por sus vegas durante siglos, cultivo –hoy desaparecido– que se complementaba con las huertas. El pueblo se presenta como un bálsamo para urbanitas donde reina el silencio. Entre sus calles emerge un restaurante con un Sol Guía Repsol: 'Arrieros', un rincón en el que Luismi y Adela presumen de cocina autóctona basada en tres pilares fundamentales, el cerdo ibérico, las setas y huerta.

8.  Iznájar (Córdoba)

Los puentes comunican la península sobre el embalse con el resto del territorio.
Foto: Jesús Chacón

Iznájar fue uno de los lugares que encandilaron a Rafael Alberti, tanto que el poeta incluyó este pueblecito cordobés de casas blancas en su libro La Arboleda Perdida. La mejor forma de descubrirlo es subir hasta su castillo, desde donde observar la belleza de uno de los pantanos más grandes de España, para despues bajar hasta sus aguas, pasear por la playa de Valdearenas y quedarnos embelesados con sus atardeceres. Desde la carretera, el llamado gran mar del interior de Andalucía refleja el perfil blanco de Iznájar, coronado por el castillo que le dio nombre, Isn-Ashar, y la parroquia de Santiago. Una especie de península rodeada de olivares y suaves lomas parece emerger de las aguas en pleno corazón de la Sierra Subbética, a orillas del río Genil.

9. Boí (Lérida)

Foto: Sofía Moro
Foto: Sofía Moro

Boí es uno de los pueblos que conforman el Val de Boí Taüll, donde los Pirineos tocan el cielo y donde encontramos auténticas joyas del románico, tan únicas en el mundo, que la Unesco las declaró Patrimonio de la Humanidad. Una de ellas es Sant Climent, la primera que quizá uno debe visitar tras pasar por el Centro del Románico del Valle de Boí Taüll. Los maravillosos pueblos de la Vall de Boí –desde Barruera cabeza del valle y centro de compras, a Taüll– con sus cuidadas calles empedradas, sus tejados de pizarra, sus sonidos de arroyos y ríos por cada esquina, le transportan a uno a los lugares hechizados de los cuentos centroeuropeos, pero sin cruzar los Pirineos.

10. Riomalo de Abajo, Las Hurdes (Cáceres)

Foto: Shutterstock
Foto: Shutterstock

Desde sus paisajes cuajados de montañas, bancales y meandros de sinuosos ríos, Las Hurdes se presenta como una tierra próspera que presume de gastronomía exquisita, pueblos de arquitectura típica y algunos de los miradores más bellos de la península. Riomalo de Abajo es el mejor punto para descubrir su paisaje más famoso: el meandro del Melero, escultura viva del cauce del Alagón. Una senda custodiada de pinares, la vereda de los aceituneros, lleva hasta el mirador de La Antigua, al balcón desde donde podremos ver este imponente montículo que se ilumina cada día para que los visitantes puedan admirar su elegancia natural. Además de preciosos pueblos y rincones naturales, las Hurdes es una comarca rica en miel, aceite, embutidos o cabritos. Aquí la tradición y los platos van de la mano para dejar al viajero con el estómago no solo saciado sino también mucho más que contento.