Ruta por Lanzarote a través de los lugares favoritos del Premio Nobel de Literatura

Lanzarote recorrido por Saramago como si fuera un cuerpo

En el pueblito de El Golfo se encuentran este tipo de lugares para bajarse del mundo.
En el pueblecito de El Golfo se encuentran este tipo de lugares para bajarse del mundo.

Decía el escritor portugués "Lanzarote no es mi tierra, pero es tierra mía". Y es que José Saramago se impregnó tanto de esta isla, donde vivió los últimos 17 años de su vida, que hasta su literatura quedó salpicada por la impronta lanzaroteña. Para los amantes de su obra, recorrer esta tierra desértica como lo hizo el escritor es otra forma de conocer una parte más íntima del hombre.

Fue la tierra que lo acogió aunque no lo viera nacer. LLegó cuando las cosas se pusieron feas en Portugal y él decidió marcharse a otro lugar donde su libro El Evangelio según Jesucristo no levantara ampollas. Eligió la isla canaria donde ya vivían sus cuñados, la recorrió de arriba a abajo, se dejó seducir por sus valles y volcanes y, deslumbrado, la describió como solo él sabía hacerlo. Rendidos ante ese Lanzarote que él vio, nos servimos de su viuda, Pilar del Río; de su primer diario escrito en la isla, Cuadernos de Lanzarote I (1993-1994); y, por supuesto, de la visita a su casa para acercarnos a la ínsula de Saramago.

Los volcanes fue lo que más impactó al portugués del paisaje de la isla.
Los volcanes, lo que más impactó al portugués del paisaje de la isla.

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Las primeras andanzas del Nobel en el archipiélago están siempre relacionadas con su hogar, y –precisamente por ello– es nuestra parada inicial obligatoria. Una pequeña estrellita en los mapas turísticos es todo de lo que dispone el turista para llegar hasta aquí. Pocas indicaciones en las Oficinas de Turismo y silencio alrededor de la huella del portugués. Sin embargo, si se quiere se encuentra. Está ubicada en el municipio de Tías, donde sí hay una rotonda que hace homenaje a Saramago con una escultura-olivo justo antes de llegar a su vivienda. Ya en su casa ('A Casa'), otro olivo –este real– recibe al visitante en la zona del Edificio de la Biblioteca, donde se compran las entradas. El propio escritor lo trajo en una maceta pequeña y entre sus piernas en un vuelo desde Portugal. Un símbolo del recuerdo de su infancia en su país, creciendo en la lejana tierra volcánica en la que desembarcó en 1993.

La casa, que hoy se puede visitar, fue siempre el refugio de José Saramago y Pilar del Río.
La casa, que hoy se puede visitar, fue siempre el refugio de José Saramago y Pilar del Río.

Al atravesar la entrada de la vivienda uno entiende eso que dice Pilar del Río sobre su hogar: "Nuestro refugio y nuestro lugar era la casa". Luego, estaba todo lo demás. Aquí, en donde fue escribiendo poco a poco desde su llegada Ensayo sobre la ceguera, el visitante se cuela en la que era su vida cotidiana. Y no solo se le percibe a él, sino también a su mujer, que hoy cuida con mimo su legado. Como esos relojes de la casa que están todos parados en las 4 de la tarde, hora en la que el escritor conoció a Pilar; o sus libros favoritos, desperdigados por aquí y allá; las pinturas que fueron adquiriendo o su debilidad por los caballos, entre otras muchas cosas. Está su dormitorio en penumbra e intacto, donde murió tranquilamente el 18 de junio de 2010.

Los detalles -fotos, postales, premios- llenan las mesas del hogar del Nobel de Literatura.
Los detalles -fotos, postales, premios- llenan las mesas del hogar del Nobel de Literatura.

Los encuentros en la cocina

Luego está esa cocina donde siempre se invitó a un café a todo el que llegó –lo siguen haciendo– por la que pasaron personalidades como Susan Sontag, Eduardo Galeano, José Luis Sampedro, Carlos Fuentes, Pedro Almodóvar, José Luis Rodríguez Zapatero, Baltasar Garzón, Chico Buarque o Sebastião Salgado, entre otras muchas personalidades de todos los ámbitos. ¡Es fácil oír aún los ecos de aquellas conversaciones!

En el salón, destaca una obra del pintor portugués Santa-Bárbara de la serie que realizó sobre Memorial del convento.
En el salón, destaca una obra del pintor portugués Santa-Bárbara de la serie que realizó sobre Memorial del convento.

Ya en el patio –repleto de los árboles que fueron plantando a lo largo de los años, donde por supuesto aparecen de nuevo los olivos–, una silla bajo una sombra mira hacia una roca volcánica en la que él apoyaba los pies para sentarse a contemplar el mar, por fuera, y sus pensamientos, por dentro. Las palabras de su diario vienen a la memoria, donde escribió el 8 de septiembre de 1994: "Estar sentado frente al mar. Pensar que ya no quedan muchos años de vida. Comprender que la felicidad es apenas una cuestión personal, que el mundo, ese, no será feliz nunca. Recordar lo que se hizo y parecer tan poco. Decir: 'Si tuviese más tiempo…', y encoger los hombros con ironía porque son palabras insensatas. Mirar la piedra volcánica que está en mitad del jardín, bruta, áspera y negra, y pensar que es un buen sitio para no pensar en nada más. Debajo de ella, claro".

En esta silla se sentaba el escritor y pensaba con los pies apoyados en la piedra volcánica.
En esta silla se sentaba el escritor y pensaba con los pies apoyados en la piedra volcánica.

Pilar nos recibe en el Edificio de la Biblioteca, recién llegada de Lisboa y rodeada del material que construyó este lugar, "Uma casa feita de livros", como lo llamaba el escritor. Cuenta y recuerda cómo fueron descubriendo y conociendo Lanzarote palmo a palmo. "Recorrimos la isla como si fuera un cuerpo. La recorrimos nosotros y la recorrimos con tantos amigos como venían. Les íbamos enseñando puntos muy concretos, alejados de lo más turístico porque para los recorridos turísticos no éramos necesarios".

La viuda del escritor posa en la sección de la biblioteca dedicada a escritoras.
La viuda del escritor posa en la sección de la biblioteca dedicada a escritoras.

Aunque también los llevaron a los sitios bien conocidos que uno no puede perderse de la isla: las maravillas construidas por César Manrique, que se mimetizan con la isla, como los Jameos del Agua; o el Parque Nacional de Timanfaya, sobre el que Saramago escribió "excursión obligatoria que nunca hará uno como desearía, esto es, solo"; o el Mirador del Río, también obra de Manrique, desde donde divisar La Graciosa. El portugués contaba el 30 de abril de 1994: "Desde lo alto del Mirador del Río, con el último sol turbado por la bruma seca aquí denominada calima, como si el cielo estuviese tamizando sobre Lanzarote una tenue ceniza blanca, miramos –Luciana, Rita y yo– la isla de La Graciosa, con sus tres montes casi arrasados por la erosión, restos de volcanes antiguos, el pequeño puerto de pesca, la Caleta del Sebo, la secura absoluta de una tierra exprimida por el viento, calcinada por dentro y por fuera". No solo hay que conformarse con observarla desde lejos, el pequeño islote poco habitado merece una visita y recorrerla en bicicleta.

Este olivo, que da la bienvenida en la Casa, lo trajo Saramago en una maceta en un vuelo desde Portugal.
Este olivo, que da la bienvenida a la casa, lo trajo Saramago, en una maceta, en un vuelo desde Portugal.

De montaña en montaña

Más allá de los lugares típicos, se encuentran otros escenarios interesantes siguiendo los pasos del Nobel. Desde que llegó a Lanzarote Saramago le había dicho a su mujer que quería subir a todas las montañas que tenían detrás de casa. Aún siguen ahí, por suerte. El 8 de mayo de 1993, se atrevió con la más alta, la Montaña Blanca, a 600 metros sobre el nivel del mar. Si se quiere subir, hay que echarle ganas e ir medianamente preparado. El escritor tardó en ir y volver tres horas. "La bajada, hecha por la parte de la montaña que da hacia San Bartolomé, fue dificultosa, bastante más peligrosa que la subida, dado que el riesgo de resbalar era constante. Cuando, por fin, llegué al valle y a la carretera que va para Tías, las tan firmes piernas mías, con los músculos endurecidos por un esfuerzo para el que no habían sido preparadas, más parecían tarugos que piernas". Mientras subía la montaña, animado más por la voluntad que por la condición física, el premio Nobel pensaba que "la única cosa realmente importante en aquel momento era llegar a la cima". Lo pagó caro, porque durante tres días tuvo unas agujetas cuya sensación era la de los fémures partidos. Así lo contó él mismo.

La cocina fue el punto de encuentro más importante de la casa, donde se sigue ofreciendo un café a todo el que llega.
La cocina fue el punto de encuentro más importante de la casa, donde se sigue ofreciendo un café a todo el que llega.

Más de un año después, se animó con la "Montaña Tersa, hermana frontera menor de la Montaña Blanca, en tamaño, quiero decir, porque en cuanto a edad deben de andar ambas por la misma, algo así como unos diecinueve millones de años…".

La Montaña Blanca aparece detrás del olivo que se ha convertido en símbolo de la Casa-Museo.
La Montaña Blanca aparece detrás del olivo que se ha convertido en símbolo de la Casa-Museo.

Sin embargo, lo que más le impactó del paisaje isleño fueron los volcanes. Un vínculo fortísimo se generó entre estas montañas de fuego y la mirada del escritor. Pilar recuerda que el volcán del Cuervo "era una maravilla para él" y lo visitaban a menudo. En su despacho, aún se conserva una foto que Sebastião Salgado hizo a la pareja saliendo de su cráter, ambos agarrados de la mano luchando contra el viento. Fuera de la ruta cerrada del Parque Nacional, se puede recorrer este volcán en una hora más o menos, con ida y vuelta desde la zona del aparcamiento para coches. Su cráter, entre dorado y bronceado, es absolutamente espectacular.

Se puede descender al cráter del volcán, un paraje espectacular.
Se puede descender al cráter del volcán, un paraje espectacular.

Hay partes de la isla, explotadas turísticamente sin control, que la pareja dejó de visitar por una cuestión de principios. "José asumió parte del legado de Manrique", explica Del Río, refiriéndose a la fuerte oposición que mantuvo siempre el artista lanzaroteño a las empresas inmobiliarias y turísticas que construían sin ton ni son. Y eso que no llegaron nunca a conocerse –justo cuando marcaron un encuentro, el canario se mató en un accidente de tráfico–, pero defendieron la isla como si lo hubieran orquestado juntos. En la entrada de su casa, Saramago colgó una de las obras del artista lanzaroteño.

A Saramago le gustaba la obra de César Manrique en la isla, como los Jameos del Agua.
A Saramago le gustaba la obra de César Manrique en la isla, como los Jameos del Agua.

Recuerdos de atardeceres

En el suroeste de la isla, pasando las Salinas del Janubio, hay un pequeño pueblo al que llega la mayoría de la gente para visitar el Charco de los Clicos o Lago Verde. Sin embargo, es un buen pueblecito costero para comer, darse un baño o simplemente contemplar el mar del que disfrutaba la pareja. "Hemos visto atardeceres maravillosos en El Golfo; otro sitio que nos gustaba de aquí de la isla en aquel tiempo era Playa Honda. Nos encantaba sentarnos allí en el murete… Íbamos mucho a Punta Mujeres también", recuerda Pilar, con la mirada perdida en los buenos momentos.

La playa, en la que tantas veces admiró atardeceres el escritor, está cerca de la Laguna Verde.
La playa, en la que tantas veces admiró atardeceres el escritor, está cerca de la Laguna Verde.

En varias partes de los diarios, el escritor menciona restaurantes donde fue a cenar, pescado casi siempre, o botellas de vino de El Grifo, bodega que visitaba con frecuencia porque el dueño, además de amigo, le pidió que escribiera el prólogo del libro que conmemoraba el 225 aniversario de la bodega. Su viuda cuenta ahora los restaurantes a los que iban entonces y una anécdota que les ocurrió a los dos comiendo en un establecimiento que ya cerró hace tiempo. "Íbamos mucho a Haría, donde había un sitio que se llamaba 'Casa del cura' y donde un día fuimos a almorzar…".

Al escritor y su mujer les gustaba El Golfo. En el restaurante 'La Lapa' se pueden seguir sus pasos con mariscos y pescados.
Al escritor y su mujer les gustaba El Golfo. En el restaurante 'La Lapa' se pueden seguir sus pasos con mariscos y pescados.

"En Haría, ¿vale? Aquí todo mar y aquí todo mar –afirma señalando a la derecha y a la izquierda– y pregunta José por la carta y le dicen: 'Pues tenemos conejo en salmorejo y otros tres tipos de carne'. Y José dice: 'Y de pescado, ¿qué tiene?' Y respondió el camarero: 'Hombre, pescado aquí, eso mejor en la costa'", revive la historia mientras se ríe a carcajada limpia porque el mar está a pocos kilómetros de ese pueblo. Así son las islas: el interior es interior; y la costa, la costa. El matrimonio contó después esta anécdota millones de veces.

Un mercadillo en Haría, pueblo del interior del que Pilar siempre cuenta una graciosa anécdota.
Un mercadillo en Haría, pueblo del interior del que Pilar siempre cuenta una graciosa anécdota.

"Lugares para comer, hay muchos. 'La Marea', en Playa Honda; 'El bogavante', en El Golfo; 'La Ermita', en Tías; 'Modesto', en Puerto del Carmen… Hay muchos sitios y para todas las economías. Tienes menús maravillosos y si te quieres pasar pues pides mariscos y un buen vino", se vuelve a reír Pilar.

En El Golfo nos espera un arroz con bogavante en el restaurante 'Costa Azul'.
En El Golfo nos espera un arroz con bogavante en el restaurante 'Costa Azul'.

Nosotros seguimos sus recomendaciones y nos vamos a comer a El Golfo, al menos para probar. Cualquiera de sus restaurantes tiene buen pescado y marisco fresco. Y al caer la tarde, disfrutamos de un atardecer cualquiera de esta época, pero que en algo se parece a algunos que ya describió él. Con las palabras que escribió el Nobel hace casi 25 años nos despedimos de la mejor forma del pueblo y también de la isla: "Se ponía el sol cuando regresamos de El Golfo. Una enorme nube color de fuego casi tocaba lo alto de la montaña que refulgía con el mismo color. Era como si el cielo no fuese más que un espejo y las imágenes solo pudiesen ser las de la tierra".

A CASA JOSÉ SARAMAGO – Abierta de lunes a sábado por las mañanas. C/ Los Topes, 2. Tías, Lanzarote. Tel. 928 83 30 53.
Pilar del Río con un libro en las manos y con la escultura del escritor leyendo en un primer plano.
Pilar del Río con un libro en las manos y con la escultura del escritor leyendo en un primer plano.

 

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