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“Está rico, pero no es pescado, es cultivado”, dice Sebastián con media sonrisa, reivindicando la pesca tradicional frente a la acuicultura. “Nos quieren hacer creer que el futuro es la piscifactoría, pero yo digo que el futuro es cuidar la mar y seguir pescando”. Él lo lleva haciendo desde que tiene 13 años en el puerto de la Caleta de Vélez. A los 46 le dio por estudiar biología en la universidad y cobró conciencia de que tenía mucho valor aquello que su familia llevaba haciendo cuatro generaciones. Dice que fue entonces cuando aprendió a divulgar, pero su claridad de ideas bebe de mucha experiencia y una labia innata.
Hablar de la Caleta de Vélez es hacerlo del pescado más fresco de Málaga. Su puerto pesquero es el más importante del Mediterráneo andaluz y el tercero de toda la comunidad autónoma. Más de un tercio de toda la flota pesquera de la provincia malagueña tiene su base aquí. Sebastián calcula que hay más de 400 personas trabajando en el puerto, entre quienes salen al mar y los que se quedan haciendo las labores de la lonja, cofradía y puerto.
Pero que nadie se asuste pensando que la Caleta es un monstruo industrial: la gente se baña en las playas de arena oscura que hay a ambos lados del puerto y come en las terrazas de los chiringuitos en los que cocinan al espeto capturas de kilómetro cero. De las más de 80 embarcaciones que atracan en la Caleta, aproximadamente la mitad son pequeñas, de artes menores, y la otra mitad son barcos de arrastre y de cerco de tamaños moderados, así que podríamos decir que aquí se realiza una pesca artesana y sostenible.
Estamos en la Costa del Sol, tierra de placeres, así que, junto al pesquero, hay un puerto deportivo más o menos del mismo tamaño. Desde aquí salen montones de barcos recreativos, uno de los cuales es el catamarán Zostera que, como su dueño y constructor, tiene una historia peculiar. Su destino era ser una embarcación de lujo, pero se quedó a medio construir, y Sebastián Martín y unos socios la rescataron, con la idea de ponerla a disposición de un concepto relativamente novedoso: el turismo marinero.
Con 40 pies y capacidad para 30 pasajeros, la utilizan para distintas actividades, pero su rasgo diferencial es este tipo de turismo y, sobre todo, la perspectiva que aportan a las excursiones como antiguos pescadores. Al poco de salir del puerto, saludan a un par de barcos con los que a veces “quedan” para que sus pasajeros avisten delfines; pescadores y cetáceos hacen sinergia en mar abierto. Enseguida alcanzamos unas bateas de mejillón. Nos explican que el mar de Alborán es un lugar ideal para su cultivo porque las corrientes arrastran abundante plancton y las temperaturas elevadas hacen que se desarrollen mucho más rápido que, por ejemplo, los gallegos.
No tienen nada en contra de la acuicultura, menos aún contra una como esta, sin apenas impacto medioambiental. Lo que sí tienen son razones a favor de la pesca tradicional. Sebastián reivindica que, si hacemos un uso responsable de los recursos del mar, la pesca tradicional puede ser más limpia que la de las piscifactorías, ya que estas demandan energía y alimentación externa, y pueden ser un foco de enfermedades o entrar en conflicto con poblaciones silvestres locales. Pero su mensaje también tiene un poso puramente nostálgico y posibilista: “Queremos transmitir a las nuevas generaciones que se puede vivir de la pesca”.
Uno de los momentos con más gancho de la propuesta del turismo marinero es la visita a la lonja. Que nadie se espere que va a asistir a una subasta al estilo de las sesiones de Wall Street de los años 90 del siglo pasado. Pero, para los curiosos, es un lujo colarse por los entresijos del puerto, ver cómo llegan las capturas, cómo se organiza la descarga, descubrir la dinámica de la venta, los tiempos desde que se captura hasta que llega a la pescadería... En cualquier caso, basta con pasear por la Caleta para empaparse de cultura marinera: “Efectos navales. Artículos de pesca. Cebo vivo”, se lee en uno de los comercios de ubicación más privilegiada del pueblo.
La tienda está de camino al Centro de Interpretación de la Pesca, una pequeña exposición situada en un antiguo consultorio médico. Aquí se describe la historia de la pesca local a través de piezas como las barcas de jábega, embarcaciones de origen fenicio que no se han modificado desde hace 3.000 años y que están teniendo un renacer para uso deportivo. También se describen las distintas artes de pesca; dicen que la más selectiva es la de cerco, de la que salen la célebre sardina local, el boquerón, el jurel, la caballa…
Un poco más allá, de camino al antiguo puerto pesquero, pasamos por la fuente del Pilarillo, y Sebastián recuerda que, de pequeño, ahí iba a coger cántaros de agua dulce. Sólo tiene 60 años, pero en su casa, como en la del resto de pescadores del barrio, no había agua corriente: “Lo hacíamos todo en la mar”, cuenta casi con orgullo. Finalmente, llegamos al restaurante El Saladero, que toma el nombre de las antiguas naves de salazón. “Yo como pescado en muy pocos sitios fuera de casa y este es uno de ellos”, dice, y pide una sopa de rape con almendra y unas gambas para empezar, y luego unos salmonetes al espeto.
Hace al menos dos milenios que se lleva salando pescado en la bahía de Torre del Mar, en cuyo punto central se encuentra el puerto de la Caleta de Vélez. Por occidente, la acota el faro de Torre del Mar y, por oriente, el de Torrox, a cuyos pies se encuentra un yacimiento romano de la villa de Caviclum, donde se ha documentado una fábrica de salazones. El mirador, construido en voladizo sobre el yacimiento, es un buen broche a la visita a esta bahía de gran arraigo pesquero.
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