Visita a la bodega Pago de los Capellanes en la Ribera del Duero

Familia y raíces en copa

Pago de los Capellanes
Francisco Rodero y su hija Estefanía en la finca de Tempranillo de Pedrosa de Duero.

Fueron de los primeros viticultores dentro de la D.O. Ribera del Duero. Hace 25 años, un coupage compuesto por un burgalés y una aragonesa se lanzaron a una labor tan digna como ardua: rescatar el viñedo familiar en la zona de Pedrosa de Duero. Nacía así la bodega Pago de los Capellanes, un proyecto vinícola que sigue reinterpretando los paisajes ribereños.

Se hace esperar pero, cuando alcanza su punto óptimo, nutre vista y paladar desde la vendimia. Reina del viñedo en Ribera del Duero, la tempranillo tiñe de granates el paisaje ribereño. “Este es nuestro fruto, nosotros lo trabajamos para hacer feliz a la gente.”, dice Francisco Rodero, Paco, tras bajarse de su buggy en Pedrosa de Duero, su pueblo.

Pago de los Capellanes
Paco Rodero llega a la viña conduciendo un buggy.

Aquí viven él y Conchita Villa, su mujer, en este pueblo de 90 habitantes del sur burgalés, a media hora de Aranda de Duero. “Yo me crié aquí, entre cepas de Tinto Fino”, cuenta orgulloso Paco refiriéndose a la Tempranillo. Llega su hija, Estefanía Rodero Villa, 37 años, los seis últimos en bodega gestionando el día a día de este bastión en Ribera. “Somos naturales, humanos, de la tierra”, cuenta Paco mientras se dirige a su viña experimental.

Pago de los Capellanes
En la sala de barricas, Paco Rodero y Conchita Villa. Junto a ellos, su hija Estefanía, quien gestiona el día a día de Pago de Capellanes desde hace seis años.

Zona de mucho viñedo antiguo, la escapada a Pago de los Capellanes pasa por pueblos como La Horra o Roa de Duero, tierras de lagares en el piso menos uno bajo tierra. “Os voy a enseñar lo que es la Tempranillo. Esta es la forma del racimo típico -dice Paco sujetándolo-. Lo llamamos la figura del torero. Aquí está el sombrero, la montera, la nariz y la figura”. Cual cronista de la naturaleza, los racimos de Paco y familia son estilizados, de uva frondosa, brillante, impregnada de los aromas de tomillo, romero o espliego de las tierras de secano a las que pertenece. Esas que durante siglos regentaron los capellanes de la pedanía, de ahí el nombre.

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La uva Tempranillo tiñe de granate el paisaje ribereño.

Un poco de historia

Sigue la ruta por las parcelas, mientras afloran los recuerdos. “A los tres años ya me subía a los mulos. Con ellos nuestra familia hacía la vendimia, recuerdo que era una fiesta: la abuela llegaba con el perol de garbanzos, ponía una manta en el suelo y todos a comer. Eran épocas en las que el vino iba para autoconsumo, procedente de cepas familiares. Todo el mundo tenía su pequeño majuelo, yo desde pequeñito labré el mío junto a mi padre, Doroteo, y mi abuelo”. Paco rescata de la memoria viejos recuerdos. “Nos orientábamos por el Sol, la sombra y el hambre".

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Dice Paco Rodero que los racimos de Tempranillo tienen forma de torero...

Hoy, uno de los 41 nietos del abuelo Paco sigue potenciando la conexión con su tierra a través de seis tintos. Por un lado, el Joven Roble “un vino procedente de viñedos de más de 25 años y que es para todos, fresco y estructurado”, cuenta Estefanía. “Estos viñedos están repartidos entre Pedrosa de Duero, La Horra y Gumiel de Mercado.” Luego está el Crianza, su vino más representativo. “Procede de viñedos con una media de más de 35 años, de las zonas de Pedrosa, Anguix y Roa, y es como a nosotros nos gusta expresar la Ribera del Duero, con toda la potencia y la complejidad de la Tempranillo, pero con elegancia y suavidad”, afirma Estefanía. “Un vino elegante”, agrega Paco. Pero si hay que hablar de viñas viejas, entonces el Reserva se lleva la palma: 80 años en el término de Pedrosa de Duero. Suelos pobres, arcillosos, calcáreos.

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Paco y su hija Estefanía continúan potenciando la conexión con la tierra que inicio su padre, el abuelo Doroteo.

Camino van del séptimo, su Fuentenebro, de una parcela al sur de Ribera, a más de 1.000 metros de altura. “Este vino procede de una zona minera de cuarzo, mica y feldespato. Es un proyecto que vamos a embotellar ya, estamos ante un nacimiento”, dice Conchi con brillo en los ojos. “Un vino mucho más ligero, más fresco, con ciertas notas herbáceas. Aquí hemos querido que la madera no se apodere del vino, que se expresen esas tierras minerales”, cuentan madre e hija.

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Placa en honor al abuelo Doroteo.

Los vinos de parcela

En Pago de los Capellanes todo el mundo es bodeguero y viticultor. El campo es musa. Y a mucha honra. Será que beben de aquella filosofía del abuelo Doroteo, padre de Paco, viticultor y practicante voluntario. “Mi padre, tras volver del campo, se arreglaba e iba casa por casa a poner las inyecciones y a visitar a quien lo necesitara. Y esto lo hizo totalmente gratis”, sonríe emocionado Paco. “También atendía a los veraneantes de Madrid. Por eso mi casa siempre olió a Barón Dandy, lo único que aceptaba de regalo”. Hoy, la casa familiar de Doroteo, justo al lado de la iglesia de Pedrosa de Duero, luce una placa en su honor. “Cada vez que la veo, digo: Padre, eres inmortal”.

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Es época de vendimia en Pago de Capellanes.

Paco y Conchita se conocieron en Barcelona. Él de Pedrosa, ella de Somontano. Sus familias habían emigrado a la Ciudad Condal. “Cuando murió el padre de Paco, nos trasladamos de nuevo a Pedrosa de Duero, para continuar con el legado de Doroteo”. Paco y Conchita comenzaron a vender la uva a las primeras bodegas de la Ribera, cuando todavía ni existía la suya.

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Una cuadrilla de andaluces se afana en recoger la uva.

Es en 1996 cuando se funda Pago de los Capellanes. Dos años más tarde identificaron una parcela en el entorno de la bodega como la más especial. “Este es el momento del nacimiento de El Picón. No sabíamos que iba a ser ese vino, pero acabó siendo muy especial, por lo que empezamos a comercializarlo aparte”, cuenta Paco. Nacía así uno de los vinos más excelsos de Pago de los Capellanes. “Procede de una de nuestras viñas más viejas, de la parcela homónima. Estamos ante un vino potente y elegante al mismo tiempo”. La guarda de El Picón es de 22 meses en barricas de castaño, de la Tonelería Taransaud, en Francia, cuyos toneles pasan cinco años de secado a la intemperie. “Son ellos los que eligen a qué bodegas y a qué vino venden sus barricas”. Como dice Paco, “este es un vino de larga tarde, para tomarlo solo”.

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Según Rodero, los andaluces tienen destreza en las manos, muy necesaria para este trabajo.

En 2003 surge otro de sus hermanos en los vinos de parcela: El Nogal, también junto a la bodega y con la misma crianza exquisita. Su escenario está en Mambrilla de Castrejón, a diez minutos en coche. “Este es un vino más concentrado, lleno de encanto. Procede de una ladera que observa el Duero, con un nogal centenario custodiando la viña”. Dice Julio Reyes, enólogo de la bodega, que es un vino opulento “va a ser un vino longevo, algo que siempre me gusta que se cumpla. Nuestros vinos de parcela, al salir siempre del mismo lugar, son muy martillo pilón, hay constancia”. Llega Pepe Hidalgo, logroñés residente en Madrid y eminencia en esto de asesorar a algunas de las bodegas más emblemáticas en nuestro país. “Al estar en maderas no muy tostadas, respeta mucho la fruta del vino”.

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La familia Rodero mima el proceso desde la cepa a la copa, por eso toda la vendimia es manual.

Pero hay un tercer vino de parcela en términos de los Rodero Villa, que sale de las majestuosas cepas tras su cristalera. Es Doroteo, todo un homenaje al abuelo de Estefanía y padre de Paco. “Doroteo viene de uno de los majuelos más antiguos. Un vino fresco y maduro a la vez, resultado de un cuidado exquisito de nuestros viñedos más históricos”, cierra Estefanía. Un brindis por los 36 meses de guarda del abuelo, procedente de vides de más de 90 años.

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Todo está medido, por eso se sabe perfectamente donde va cada remolque.

En busca de un vino blanco

Es época de vendimia en Pago de los Capellanes. “Tenemos dos cuadrillas de Andalucía que trabajan desde hace mucho con nosotros. El andaluz está acostumbrado a mover las manos y en esto se necesita destreza para cortar los racimos”. A lo largo de la visita, Paco repite varias veces un mantra: “Todo es naturaleza, nada es estático en el mundo del vino”. Por eso, la familia Rodero Villa lo mima desde la cepa a la copa. “Nuestra vendimia es manual, seleccionamos el vino desde la parcela, por lo que cuando llegan los remolques ya sabemos por dónde va a entrar”, cuenta Estefanía con minuciosidad. Una vez registrada, se descarga, se limpia… y comienza el proceso de la vida.

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Cuando llega a bodega, la uva se registra, se descarga, se limpia... y empieza el proceso de elaboración.

En Pago de los Capellanes, la uva se encuba por gravedad. Todo funciona cual reloj suizo. Picón, Nogal y Reserva con fermentación y crianza directamente en depósitos de madera para darle ese tanino “y unas condiciones de extracción y maderación peculiares”, cuenta Julio. “Es enólogo-bodeguero, conoce las barricas como a sí mismo”, dice Estefanía. Sus manos lo delatan, manos curtidas, de hombre de campo, pero también mago de los taninos, de la guarda excelsa.

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La impresionante sala de barricas de castaño procedentes de la Tonelería Taransaud, en Francia, de Pago de Capellanes.

Hoy, al mirar su Catedral de madera, su sala con 4.000 barricas, la familia todavía recuerda sus primeras ferias. “Esto es una Isetta, un vehículo de los años 60, y funciona. Lo hizo un ingeniero de Nápoles. Allí las calles son muy estrechas, así que la puerta había que abrirla por delante. Paco lo vio en una exposición de coches antiguos, adaptado como remolque con las barricas y lo compramos. Le pusimos las tapas de O Luar Do Sil, nuestra otra bodega en Valdeorras y nos fuimos a varias ferias con él”.

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Julio, el enólogo-bodeguero, es el responsable de controlar la crianza de los vinos en las barricas.

Porque Paco y Conchita también tuvieron la inquietud de elaborar un blanco en una zona especial. “La godello es una uva noble, delicada, escasa, y te da la posibilidad de hacer largas crianzas”. Y allá que fueron. Era 2014 y la familia Rodero Villa se embarcaba en su proyecto blanco, en Valdeorras, el corazón de la Godello. Nacía O Luar Do Sil (reflejo de la Luna sobre este río, en gallego), el proyecto de Pago de los Capellanes en Valdeorras. Tres vinos, otras tres formas de viticultura respetuosa. Por un lado, O Luar Do Sil Godello, el más jovial de sus tres blancos. “Las pequeñas parcelas de este vino están sobre laderas de granito en el pueblo de Seadur, a 450 metros sobre el nivel del mar”.

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Cata a pie de bodega.

La zona de Valdeorras con filtro Pago de los Capellanes es un minifundio de suelos pizarrosos y granito descompuesto “xabre, en gallego”, dice Estefanía. “Todo allí son parcelas muy pequeñitas, como un mosaico de productos”. Su segunda expresión en blanco es O Luar Do Sil Godello sobre lías, también de suelos graníticos en el entorno de Seadur, un vino untuoso gracias a esas lías. “Son vinos de largas crianzas, también para tomarlos solos”, dicen en la familia. Y así se llega a O Luar Do Sil Vides de Córgomo, procedente de los característicos suelos de pizarra de Valdeorras frente al Sil.

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Además de los tintos de Ribera del Duero, la familia Rodero-Villa posee los blancos de la bodega O Luar Do Sil.

“Concebimos los vinos por la materia prima y la crianza, no tenemos una línea destinada a un público específico, cada cual que disfrute de su vino favorito”, va cerrando Paco. “Yo creo que lo que nos diferencia es que cuidamos mucho el origen, la trazabilidad de la parcela, qué vinos saldrán de cada una, la elaboración, las añadas…", dice Estefanía completando el romanticismo de Paco.

Pago de los Capellanes
Probando vinos directamente de las cubas.

Cae la tarde en Pago de los Capellanes. Lo hace con la sensación de que el vino hay que guardarlo en la memoria. Y la familia Rodero Villa logra que sea fácil. Por sus vinos, por sus paisajes reinterpretados, por salvar las viñas, porque esos primeros recuerdos sigan circulando siempre en bucle. Siempre en presente.

PAGO DE LOS CAPELLANES - Camino de la Ampudia, s/n (Pedrosa de Duero, Burgos).