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Las seis aspas componen un hexágono hueco que proyecta su sombra vertebrada en el suelo. Nuestros pies recorren la silueta, se entretienen en caminarla, antes de alzar la vista y contemplar desde otra perspectiva al edificio. El viento juega con este gigante que ha sobrevivido al tiempo y hace girar la estructura suavemente, como si fuera una pajarita o un molinete, movido con el tenue soplido de un niño. Un entramado de cuerdas pliega y despliega una combinación de velas que aprovechan mejor la fuerza del viento.
Luce fachada con un blanco inmaculado y azul celeste que son el reflejo de la luz que tienen los días soleados de Sant Lluís. Arriba, en la techumbre, el blanco y el celeste de nuevo le adornan y componen un capirote cuasi circense, que anunciara una feria imaginaria. Por aquí no pasó Don Quijote, pero es tierra de molinos. Hasta tres llegó a tener la localidad, en el s. XVIII, de los que sólo sobrevive éste, El Molí de Dalt, en la calle de Sant Lluís, que se construyó probablemente al mismo tiempo que las viviendas de los alrededores. Tiene una maquinaria de madera, accionada por la fuerza eólica de las aspas, que se usaba para la molienda del trigo.
Hoy, el molino alberga en su planta baja un museo etnológico que expone aperos y herramientas utilizadas en la labranza de las tierras y otras de oficios ya desaparecidos, así como utensilios de la vida doméstica campesina.