De paseo por Barcelona

La Sagrada Familia sin multitudes

Así lucen los alrededores de la Sagrada Familia estos días libres de turistas.

El paseo que proponemos es excepcional. Y lo es porque pocas veces se habrá tenido la oportunidad de realizarlo sin tener que sortear un tsunami de turistas llegados de todo el mundo. Los vecinos de la zona conocen bien lo que significa vivir al lado de una de las catedrales más famosas del mundo: la Sagrada Familia de Barcelona. Una oportunidad única de admirar la Basílica sin trasiegos, sin multitudes y sin prisas, con todo el tiempo del mundo. Rápido: esta oferta tiene fecha de caducidad. 

La estampa estos días, cuando parece que España empieza ya a poder salir de casa, sigue siendo curiosa. Apenas se ven personas alrededor de la Basílica, y las que hay hablan los idiomas del país. Nadie se sube en los cubos de piedra que rodean la fachada principal, nadie se hace selfies, nadie habla en directo con sus parientes al otro lado del Atlántico o en la otra punta del mundo: el bullicio que provocaba que uno tuviera que serpentear hasta el metro se ha desvanecido. La gente se sienta en los bancos a contemplar las calles semivacías, que una vez fueron el hervidero humano más atiborrado de la Ciudad Condal.

Sólo los locales pasean estos días por el centro de Barcelona.

Pero nuestro paseo empieza un poco antes, en la librería 'Tòmiris' (calle Padilla, 242), que al reabrir sus puertas suma una importante aportación al barrio que empieza a recuperar la normalidad: ahora ya se puede transitar por sus pasillos, aunque sea con mascarilla y gel en las manos, para volver a sentir el placer de tener el papel en las manos. La librería queda a pocos pasos del Mercado de la Sagrada Familia, donde ya en tiempos normales (aquellos en los que –aparentemente– no pasaba nada) podía notarse que el público era cien por cien local, como si el flujo de visitantes de otros países solo circulara en dirección contraria. Allí hay bancos en los que, a veces él, a veces ella, espera que el otro acabe de hacer la compra. Es un mercado clásico, con el aspecto de un mercado clásico y las paradas de un mercado clásico: buen pescado, buen pan, buena carne. Y un bar de los de barra y tapa muy popular entre los vecinos.

La librería da un toque de color a la calle en Barcelona.

Desde allí, basta con salir por la calle Padilla y subir hasta Provença. La acera se hace más ancha, los bancos empiezan a ser mucho más habituales y en menos de cien metros, uno ya puede ver las torres de la Sagrada Familia. Sigue sin estar acabada, a pesar de llevar en marcha desde 1882, y aunque últimamente iba a buen ritmo, la paralización de las obras, las ventas de entradas y la cancelación de cualquier actividad pública o privada, puede volver a poner la fecha de finalización muy lejos del último calendario previsto.

Ahora bien, la ventaja para el paseante es inenarrable. Las terrazas de los bares han empezado a abrir, pero las calles siguen siendo cosa de unos pocos, así que uno puede darse una vuelta por el parque Gaudí, frente a la fachada de El Nacimiento, sentarse a pocos metros de las vallas y permanecer allí sin que nada ni nadie le moleste. No hay tráfico, el ruido es mínimo, y hasta el lago que ejerce de imán para turistas (todos quieren inmortalizar el reflejo del edificio en sus aguas), permanece tranquilo, quizás como no lo había estado en los últimos 50 años.

Las calles siguen siendo de unos pocos aunque hayan empezado a abrir las terrazas.

La zona más alejada de la fachada, la más verde, la que rima con la calle Lepanto, es un lugar perfecto para leer o para mirar a ninguna parte. Cuando uno se haya cansado de no oír el persistente sonido de la humanidad, puede volver a Provença y seguir hasta el parque que se encuentra al otro lado de la Sagrada Familia, allí donde el arquitecto catalán Josep María Subirachs plantó La Pasión.

En la retaguardia de la Basílica

Este parque es mucho más grande que el anterior, trufado de árboles y bancos. Si uno lo atraviesa se dará de bruces con el 'Michael Collins', el pub más famoso de la ciudad. Si decide quedarse a admirar la obra de Subirachs ni siquiera va a tener que lidiar con las docenas de vendedores callejeros que tientan al turista con abanicos, imanes para la nevera o postales de todos los colores. Eso sí, la estupenda churrería que se encuentra en la esquina de la calle Mallorca con Marina volverá a estar abierta.

Uno de los laterales de la Sagrada Familia.

Los locales han monopolizado el parque estos días, y curiosamente nadie parece echar de menos aquellas riadas que se extendían por todo l’Eixample, atraídas por la obra de Antoni Gaudí. Hasta las paradas de metro parecen formar parte de uno de esos paisajes de un filme de ciencia ficción en las que el mobiliario urbano es el elemento que resiste mejor los envites de la naturaleza.

El ascensor de la parada de metro junto a la Sagrada Familia.

Después, uno puede volver por Mallorca, regresar al punto de partida, tomarse un café en uno de esos bares que jalonan el trayecto. O puede llevarse un libro y disfrutar de una excepcionalidad que podría tener fecha de caducidad: el 1 de julio. Cuando se prevé que se reanude el trasiego de viajes dentro de la Unión Europea y aparezca lo que se ha dado en denominar "la nueva normalidad" y con ella nuevos turistas. Hasta entonces, este paseo es una oportunidad única para admirar uno de los monumentos más visitados del mundo como nunca ha podido verse: con total y absoluta tranquilidad.