Campo de Criptana (Ciudad Real)

Un lugar palpitante en mitad de La Mancha

Dos personas con perros pasean con los molinos de fondo.

Además de parajes espectaculares, calles con leyenda, bocados que saben a gloria y molinos de viento con historia… hay mucha marcha en Campo de Criptana. Vida nueva y planes que se concretan en una oferta para cada hora del día. En este entrañable pueblo, parada obligatoria en la conocida "Ruta del Quijote", no te aburrirás.

A tan solo una hora y cuarenta minutos de la capital, 164 kilómetros para ser exactos, y por los que fácilmente podemos llegar en coche o tren, encontramos Campo de Criptana, más conocida entre sus paisanos como La Villa de los molinos. Este pequeño pueblo, ubicado en plena comarca de La Mancha, dentro de la provincia de Ciudad Real y situado en el mapa internacional gracias a la irrepetible Sara Montiel (Maria Antonia Abad para los criptanenses) es el lugar que inspiró a Cervantes para narrar la aventura más famosa de la obra cumbre de la literatura universal, Don Quijote de la Mancha.

“En esto descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo, y así como Don Quijote los vio, dijo a su escudero: la ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o poco más desaforados gigantes con quien pienso hacer batalla, y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer: que esta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra. ¿Qué gigantes?, dijo Sancho Panza”.

El primer domingo de cada mes, lugareños y turistas disfrutan de la recreación de una molienda típica del siglo XVI.

Campo de Criptana vive gobernado actualmente por diez molinos que datan del siglo XVI y Sancho no pecaba de chiflado. Sí, allí había molinos. Treinta y cuatro llegaron a estar censados según el Catastro del Marqués de la Ensenada. Fueron los ojos de Don Quijote y la letra de Don Miguel, los que convirtieron este mágico enclave, en capítulo inolvidable de la literatura y patrimonio personal, de todo aquel que disfrute de tan simple y a la vez emocionante espectáculo brindado por el turismo nacional.

Pero Campo de Criptana no es solo un pueblo con molinos de viento. Perderse en el Barrio del Albaicín y pasear por sus pequeñas y estrechas calles encaladas, subir escaleras empinadas hacia el cielo y visitar sus Casas Cueva, es todo un acierto para aquel que quiere dejarse seducir por un conjunto de añiles y blancos, que como premio para el viajero, sustenta una de las puestas de sol más puras y espectaculares de la llanura manchega.

Unas vistas que merecen una parada. La escultura la firma Eloy Teno.

Si subimos caminando hacia la parte alta del pueblo (tomen aire y prepárense para esculpir pierna) conocerán las Casas Cueva, viviendas excavadas en la roca. Datan del siglo XVI y algunas de ellas pueden ser visitadas, como La Cueva de Mambrino, que alberga un taller de arte y museo iconográfico del Quijote, realizado por el artesano Eloy Teno Díaz o la cueva situada en el Cerro de la Paz, aún conservada cuál antiguo hogar de molinero. Hoy, el hijo de Eloy, Xema Teno, perpetúa el legado artístico de su padre. Plasma sus ideas en hierro y continúa, entre otros, realizando los Quijotes que se entregan en los "Premios Internacionales Rey de España" por la agencia EFE.

Xema Teno, hijo de Eloy Teno, en su taller.

Cuevas con encanto transformadas en restaurantes y posadas, como La Cueva la Martina, La Casa del Abuelo, La Casa del Caño o La Casa de los tres cielos. Esta última, bien dotada de historia, tres alturas y fuente de inspiración y remanso de paz, que dio cobijo en su día, a escritores, músicos, políticos y demás ilustres visitantes, huidos del ruido y la contaminación. A día de hoy, dignas son sus siete habitaciones dobles para una escapada de relajación y meditación.

Restaurante 'La Cueva de la Martina'. Uno de los lugares más originales del pueblo para ir a comer.

Y un conjunto de cuevas son las que esculpen uno de los restaurantes más populares en la zona, que recibe turistas llegados desde todas las partes del mundo. Y es que Las Musas, es más que un restaurante. Lugar marcado por la movida madrileña en particular y por la tendencia ochentera en general, pasearon por sus rincones los personajes más influyentes de una época que no necesita explicaciones. Y es que nadie en toda la zona olvida al gran Paco Valbuena, artista y artífice de convertir una discoteca de pueblo, en el emplazamiento más puntero y abanderado del "cualquier tiempo pasado siempre fue mejor". Nacha Pop y Enrique Urquijo, entre otros, desfilaron y disfrutaron en rincones ajenos al jaleo urbano, dejándose llevar por la increíble magia de noches inagotables y amaneceres infinitos.

Javier Romo, junto a uno de los platos.

Hoy en día, este restaurante conserva la magia en su piedra encalada y escribe su próxima historia en forma de capítulo gastronómico. El cordero es religión (¡ojo! Las Musas pone en la mesa más de 50 corderos al mes) y el queso manchego, como era de esperar, no se queda atrás. De ahí que su chef Javier Romo, 100 % denominación de origen manchega, defienda a capa y espada su cordero deshuesado con crema de berenjena o su queso frito de Valdivieso sobre base de bizcocho de aceitunas. Todo placeres. Pasen y disfruten. Les aseguro que se sabe cuándo se entra, pero no cuando se sale. Y sobre todo en las interminables noches veraniegas.

Las Musas, un restaurante rodeado de molinos.

Y es que esta tierra da para mucho…  Sobre todo para comerla y beberla entera. Discípulos del vino, ¡arrodíllense! Estamos ante el llamado "Viñedo del mundo". Una media de 1.500 millones de litros al año salen de tierras manchegas, según apuntan en Movialsa-Grupo Huertas, que llevan toda una vida dedicados al arte del vino, embotellando y exportando a granel a más de cuarenta países.  Sus campos nos regalan un amplio abanico de variedades y sus tiempos las ponen a punto. Tierra de temperaturas extremas que cría con cariño y esfuerzo cosechas que darán airenes, macabeos, garnachas, tempranillos,…

La bodeta de vinos Vínculo.

En esta tierra se lleva por bandera que un vaso de vino en el momento oportuno, vale más que todas las riquezas de la tierra, y sin duda, esto es lo que pensó en su día, Alejandro Fernández, uno de los 20 bodegueros nacionales más influyentes del mundo, con más de cuarenta años entre viñedos y buque insignia de la D.O Ribera del Duero, el cual aterrizó con Grupo Pesquera hace ya más de 15 años en Campo de Criptana, con el fin de hacer uno de sus mejores caldos.

Fernández quería conseguir con el mismo tipo de uva y en cuatro zonas diferentes, cuatro tipos de tintos distintos con personalidad marcada. Lo consiguió y no defraudó. Y así nació El Vínculo, mimado y tratado en barrica de roble francés, cuyo nombre transmite la fuerte devoción y respeto del grupo vallisoletano por la tierra manchega.

Miguel Quintanar, junto a sus hermanos fabrican la cerveza artesanal Salvaje.

Pero no solo de vino vive el hombre y tres inquietos hermanos con locura quijotesca, lo han puesto en práctica. Un viaje en bici por nueve países de Miguel (el hermano mediano) equiparable a un embarazo creativo, dio como fruto "Salvaje", una cerveza rubia de fabricación cien por cien casera, que les coronó como los segundos productores en la comunidad castellano-manchega. 20.000 litros de cerveza y 300 puntos de venta les avalan, además de numerosas anécdotas como la de conducir 800 kilómetros para regalar una caja al mismísimo Joan Roca. Estas mentes soñadoras no se quedan solo en cerveza y regentan uno de los sitios más concurridos en la noche criptanense. "Casablanca", una antigua casa manchega de patios acogedores y terraza con vistas inmejorables, es punto de encuentro de fin de semana con buena música y buena gente. En paredes antiguas alterna gente moderna. Historia y vanguardia van de la mano.

Merecida es una visita a esta tierra humilde y poco divulgada, que presume de molinos, viñedos, buena gastronomía y amplia variedad de caldos. Cuatro pilares del buen hacer, como las cuatro aspas de sus molinos, capaces de dirigir más de doce tipos de vientos, que nos transportarán al capítulo ocho más famoso de la obra más importante de la literatura española.

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