Festival de Teatro Clásico de Almagro (Ciudad Real)

En busca de la luz dorada de Almagro

Performance del Festival en la pintoresca Plaza Mayor de Almagro. Foto: Manuel Ruiz Toribio.
Performance del Festival en la pintoresca Plaza Mayor de Almagro. Foto: Manuel Ruiz Toribio.

No hay mejor escenario del Festival de Teatro Clásico que el propio pueblo. Y, sin duda, el pase perfecto para ver la función es el atardecer, cuando la caída del sol barniza sus calles de destellos dorados imprimiendo un misticismo que nos retrotrae al mismísimo Siglo de Oro.

Gentes de todo el mundo se acercan a esta localidad a contemplar dramas y comedias por las noches hasta el 30 de julio en el marco del Festival de Teatro Clásico de Almagro. El sol duro de La Mancha no invita a salir a las calles en las horas centrales del día, cuando se alza devastador sobre la inmensa llanura de trigo amarillo. 

Pero a la caída de la tarde, cuando la luz se vuelve áurea, las sombras alargadas y el termómetro lentamente comienza a descender, es el momento para salir a explorar las calles hasta el crepúsculo, momento en el que una atmósfera de misterio se presiente en algunas calles estrechas y solitarias. Este es un recorrido por la luz dorada de una localidad cuyo aspecto no ha cambiado demasiado desde el Siglo de Oro.

La refulgente iglesia de San Bartolomé. Foto: Manuel Ruiz Toribio.
La refulgente iglesia de San Bartolomé. Foto: Manuel Ruiz Toribio.

La calle Santa Ana, cuyas viviendas son blancas como la nieve, se ve coronada por la fachada rojiza de la iglesia de San Bartolomé. Este templo comenzó a ser edificado en pleno Siglo de Oro. Un momento de auge para la localidad en el que la familia de banqueros alemanes Fugger asentó sus oficinas en la localidad. Esta sin embargo es una iglesia viajera, pues originalmente estuvo en la plaza Mayor de la localidad. En el lugar en el que hoy se puede ver la estatua ecuestre de Diego de Almagro.

Representación del buque Sinaia en la fachada del silo de cereal. Foto: Manuel Ruiz Toribio.
Representación del buque Sinaia en la fachada del silo de cereal. Foto: Manuel Ruiz Toribio.

Si durante la tarde deseamos alejarnos del centro para escuchar las cigarras en los campos manchegos podemos hacerlo yendo al abandonado silo de cereal. Su exterior fue decorado por el muralista Antonio Laguna. En la pintura que llena su fachada se puede ver representado el buque Sinaia, en el que marcharon a México muchos exiliados españoles al final de la Guerra Civil.

Los árboles que coronan el paseo que lleva a la estación de Ferrocarril, que parece sacada de un western, son uno de los mejores lugares en los que encontrar la sombra. Muy cerca de allí se encuentra el monumento a la encajera de bolillos. Una de las profesiones más antiguas de la localidad. De hecho, no es extraño encontrar a mujeres en plena calle realizando estos complejos bordados.

El Festival es para todos y está por todo el pueblo. Manuel Ruiz Toribio.
El Festival es para todos y está por todo el pueblo. Manuel Ruiz Toribio.

Un buen sitio para buscar cobijo del calor durante el atardecer y descubrir otra forma de contemplar la luz es entrar en la iglesia de San Blas, que fue edificada por los Fugger. En su interior se puede encontrar una copia del retrato de Jakob Fugger que realizó Alberto Durero. La pintura se encuentra estratégicamente situada para ser iluminada por la luz que penetra por los ventanales del templo. No en vano este Fugger, apodado el rico, fue el que financió la construcción de esta iglesia.

Un retrato de Durero resplandeciendo entre la umbría. Manuel Ruiz Toribio.
Un retrato de Durero resplandeciendo entre la umbría. Manuel Ruiz Toribio.

El claustro renacentista de los Dominicos ha sido uno de los mejores espacios escénicos del Festival. Es también uno de los lugares más interesantes de Almagro, ubicado en el Convento de la Asunción de Calatrava, el edificio religioso más ambicioso del pueblo. Puede ser visitado durante las fechas en las que se celebra el festival hasta las 8 de la tarde.

Una comitiva caminando entre arcos de luz. Foto: Manuel Ruiz Toribio.
Una comitiva caminando entre arcos de luz. Foto: Manuel Ruiz Toribio.

En Almagro todo parece comenzar y terminar en su plaza Mayor, una joya arquitectónica con aires centroeuropeos en la que se encuentra el Corral de Comedias. En ella se da una actividad que en ocasiones es frenética, dentro y fuera del programa de la 40ª edición del Festival. Por las noches sus terrazas se llenan de actores y del público que sale de las funciones teatrales. La actividad no se apaga hasta altas horas de la madrugada. Pero a la tarde es cuando luce en todo su esplendor, con la luz del sol en retirada tiñendo de amarillo su calzada y las ventanas de las centenarias viviendas que se alzan sobre los soportales.

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