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Cuando pensamos en las Rías Baixas lo que seguramente nos viene a la cabeza es arena y sol, aguas frescas y de un azul profundo, y atardeceres tras colinas que parecen hundirse en el mar. Todo eso es cierto, está ahí. Son algunos de los motivos por los que esta zona de la costa gallega es un destino tan popular. Pero las rías esconden mucho más.
La de Muros e Noia es la más septentrional de las Rías Baixas, con un pie ya casi en la Costa da Morte, ese territorio abrupto que está justo a continuación; un lugar que recuerda a sus vecinas del sur, pero con algo un poco más salvaje, con un carácter diferente que anuncia que un poco más allá, a sólo unos kilómetros, empiezan a cambiar las cosas. No es la más grande, pero está estratégicamente situada y, sobre todo, aparece encajonada entre dos grupos de montañas. Al sur, separándola de la Ría de Arousa, está la Serra do Barbanza, casi vertical, a pocos kilómetros de la playa. En la otra orilla, los montes de O Tremuzo crean miradores con vistas únicas. Entre unos y otros, la ría, como un cuchillo, parece internarse tierra adentro, como un valle estrecho y abrupto.
Eso es lo que fue en origen: el valle formado por un río que, poco a poco, a lo largo de miles de años, fue inundado por el mar. Por eso, desde los montes que la rodean, caen arroyos de montaña, ríos que buscan el valle y se despeñan en saltos, y pozas que parecen estar en algún lugar montañoso, mucho más lejos de la orilla. La cantidad de opciones impresiona. Ríos como el Coroño, el Pedras, el San Xusto o el Maior se suceden en el paisaje. Cada pocos kilómetros, hay un valle encajonado entre bosques que está lleno de secretos y que se convierte en una alternativa perfecta cuando se busca el fresco, en una opción más allá de la playa y el mar, perfecta para los días de calor.
Llegando desde Santiago hacia el mar, en una curva de la carretera, se encuentra el pequeño monasterio de San Xusto de Toxosoutos, en un lugar que es fácil dejar atrás sin darse cuenta. Aun así, vale la pena aparcar cerca del cementerio y bajar la cuesta, empinadísima, para encontrar, a poco más de 300 metros este lugar mágico. Allí, hace casi 1.000 años, dos caballeros, Froylán Alonso y Pedro Muñiz, se retiraron como monjes después de una vida como soldados. Y es fácil entender el por qué. La iglesia se levanta al fondo del valle, su campanario compite con las copas de los árboles. Aquí todo es verde y silencio. Hacia abajo, un prado, un palomar y un sendero que se interna en el bosque.
Hacia el otro lado, valle arriba, un murmullo parece adelantar la sorpresa. Hay que subir unas escaleras de piedra en la ladera, bordear la iglesia, bajar junto a un molino en ruinas y, de pronto, el secreto se desvela. Una cascada cae, en dos saltos, en medio del bosque. A sus pies, mansa, una poza natural. La piedra clara del fondo le da un tono dorado que, cuando el sol se cuela entre las ramas, parece brillar. La temperatura aquí es más suave que arriba, en la carretera; lo único que se escucha es el sonido del agua al caer. Hay rocas en la orilla en las que sentarse; otra, en medio del agua, que sobresale de la superficie de la zona y se convierte en una tentación. No es difícil entender por qué aquellos dos caballeros medievales eligieron este lugar.
Bajamos en coche un poco más, hasta la orilla de la ría. Desde aquí, desde Noia, nos quedan apenas 10 kilómetros hasta el próximo destino. La carretera bordea la desembocadura del río Tambre, avanza pegada a las marismas y, de pronto, deja atrás la costa para internarse en los montes. A un lado, el puente de O Ruso, a la salida de Outes, lleva siglos permitiendo cruzar el río Entíns a los peregrinos que desde Muros caminan hacia Santiago, pero nosotros continuamos ladera arriba por una carretera que se interna en bosques cada vez más densos. Son apenas 4 kilómetros más, pero el paisaje cambia a cada paso, volviéndose más húmedo y más espeso.
De pronto, en un recodo, encontramos la pequeña capilla de Santa Leocadia, un sencillo edificio de piedra que parece a punto de ser devorado por los árboles. Hay que aparcar aquí y buscar el sendero que nace a sus espaldas. Son apenas 200 metros de recorrido, pero la arboleda es tan espesa que no se escucha nada hasta que estamos casi allí. Con cada paso, el camino parece alejarse más y más de las rías para internarse en el pasado, o en un bosque húmedo tropical muy alejado. Helechos enormes, enredaderas que caen de los árboles como lianas, la luz que se filtra con esfuerzo entre el follaje y, de pronto, desde lo alto del cañón de este pequeño arroyo, aparece la cascada, como un velo que se derrama por las rocas.
La cascada de Santa Leocadia no es el mejor lugar para un baño, aunque es posible dárselo si el calor aprieta. Su encanto está, más bien, en la magia de este lugar, en lo inesperado de esa caída de agua tras una curva del camino. Aquí es fácil entender cómo nacen las leyendas, las historias de seres mágicos que habitan el fondo de esas pozas oscuras, de personajes que habitan lo profundo de un bosque en el que guardan tesoros. Lo complicado, en realidad, es evitar que la imaginación vuele.
En gallego, una cascada es una fervenza, un lugar en el que el agua parece hervir al caer a borbotones. La última parada de esta ruta es el lugar perfecto para entender el por qué; para ver en primera persona cómo el burbujeo de la poza al pie del salto de agua parece en ebullición permanente. Para hacerlo, cruzamos al sur de la ría y nos internamos en la Serra do Barbanza. Unas curvas más arriba, el bosque comienza a desaparecer y, aquí y allá, se ven manadas de caballos que viven en libertad, pero de momento nos paramos aquí, casi al pie del monte, donde los arroyos de montaña llegan al valle.
Hay que tomar un desvío, dejar atrás la aldea de Cadarnoxo e internarse por una pista de tierra que, sin embargo, es perfectamente transitable. Tras pasar el puente hay que aparcar y subir por la orilla, aguas arriba, apenas 100 metros. El camino se estrecha, es poco más que un sendero entre las rocas, hasta llegar a la base de la ladera. Ahí está la cascada, estrecha, despeñándose de golpe casi 40 metros. En verano se divide en dos chorros, blancos, que parecen descender poco a poco por la pared. En otoño, con las lluvias, se convierte en una única corriente, que llena con su sonido todo el valle. Al pie de la chorrera, una poza poco profunda y, aguas abajo, a pocos metros, una segunda en la que el baño es una tentación. En las orillas, rocas en las que recostarse y disfrutar del verde y del fresco.
Podríamos terminar la ruta aquí, pero sería una lástima. Vale la pena volver a la carretera y subir unos kilómetros más, dejar atrás la pequeña estación militar que hay en el alto e internarse en ese lugar que se conoce como Os Chaos (los llanos), una pequeña meseta en lo más alto de la sierra. Aquí nacen los arroyos que, ladera abajo, dan lugar a pozas y cascadas. En esos humedales en los que pasta el ganado en libertad tienen su origen esos cursos de agua llenos de paisajes únicos.
Este es un lugar perfecto para practicar el senderismo, una zona relativamente llana que está cuajada de restos arqueológicos y que se extiende hacia el sur durante kilómetros. Aunque hoy no nos hace falta ir más allá, porque su mayor tesoro está aquí, a la entrada. Hay un punto en el que, sin apenas moverte, tienes la ría de Arousa a tus pies y, del otro lado, las vistas sobre la ría de Muros e Noia. Las perspectivas son increíbles: las playas, diminutas, se extienden ahí abajo entre pueblos marineros. Hacia el norte, el monte Louro se recorta en el horizonte; al sur, la isla de Sálvora; detrás, la de Ons y las Cíes, que si el tiempo es claro, aparecen como una silueta un poco más allá.
Puede que abajo, en los valles, el sol haya caído ya, que la temperatura haya empezado a refrescar. Es el momento de subir hasta Os Chaos, buscar una roca que se asome al paisaje, y disfrutar de unas vistas difíciles de olvidar, de un atardecer con el sol hundiéndose en el Atlántico, para recordar que las rías son mucho más que sol y playa.
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