Turismo de la memoria: Los caminos para escapar del nazismo

Las rutas de los judíos huidos por el Pirineo de Lleida

Refugio y Santuario de Montgarri.
Refugio y Santuario de Montgarri.

Los israelíes son la segunda nacionalidad de turistas extranjeros que recorren el Pirineo de Lleida. Las rutas del proyecto "Perseguidos y Salvados", de la Diputación de Lleida, recorren los caminos de los judíos que escaparon a España huyendo del nazismo y suponen un atractivo más para el turismo de la memoria, cada día más en auge al compaginar con el de montaña y los deportes de invierno. 

La sensación es que una mano reseca, roja y fría te oprime el estómago cuando vas a subir en la moto de nieve, camino del refugio y el santuario de Montgarri. Podría ser la emoción de montar en la máquina a primera hora de la tarde, cuando el sol sobre Beret empieza a ponerse y la nieve tiene reflejos azulados en la sombra, mientras los pisteros azuzan a los esquiadores rezagados. Pero no. Lo que encoge por dentro es sentirte tan pequeño ante tanta nieve vistiendo cumbres tan grandiosas e imaginar que hace 73 años dos jóvenes judíos, Betsy Wijnberg y Dan Ehrlich –ella de Holanda y el de Alsacia, se habían conocido en Toulouse– llegaron extenuados a Montgarri, como tantos miles de judíos que huían de la persecución nazi. Y que tú ahora vas a recorrer ese camino.

Los cinco caminos por los que llegaron a España quienes huían del regimen de Hitler –no solo judíos, también militares aliados, miembros de la resistencia, opositores al nazismo– se recuperaron y marcaron como proyecto definitivo entre 2014 y 2015, después de que el historiador Josep Calvet publicara su libro Huyendo del Holocausto. Judíos evadidos del nazismo a través del Pirineo de Lleida.

En este punto acababa el extenuante camino de miles de judíos que escapaban de la persecución nazi.

El santuario y refugio de Montgarri era uno de los primeros lugares adonde llegaban quienes superaban la travesía. "Aquí encontraban leche caliente, mantas, calor. Jugó un papel importante desde las primeras huidas, en 1939. A partir de la primavera de 1944 las familias dejaron de cruzar los Pirineos. Las que no lo habían logrado fueron deportadas a los campos de exterminio de la Europa del Este" relata el profesor Calvet. 

Las huellas que hoy dejan trineos que regresan del Santuario románico las dejaban hace 75 años los refugiados.

Los Pirineos eran la ruta hacía la libertad. Entre 15.000 y 20.000 judíos pasaron por España de 1939 a 1944. Más de 4.000 lo hicieron por el Pirineo de Lleida, a través de cinco rutas recuperadas bajo el proyecto "Perseguidos y Salvados", organizado por las autoridades de Lleida y que ha convertido a los turistas israelíes en el segundo grupo de extranjeros en visitar estas tierras, a la búsqueda del turismo de la memoria, vinculado a la historia más reciente.

Josep Calvet, en cuya obra están basadas buena parte de las rutas "Perseguidos y Salvados" en Montgarri.

"En 1944 precisamente, cuando ya los alemanes están a punto de retirarse de Francia, a Montgarri empiezan a llegar grupos de dos tipos: jóvenes judíos alemanes, belgas, holandeses que habían sido escondidos en Francia, adiestrados ya en técnicas de reforestación, agricultura y en la cultura hebrea con intención de que se desplazaran al entonces estado de Palestina para ser pioneros del Estado de Israel. El otro grupo era el de los niños. Los que se habían salvado gracias a las asociaciones y al apoyo de la asistencia social judía, sacados de los campos de internamiento franceses con el permiso de sus padres que pudieran ser salvados y conducidos, en este caso a Estados Unidos. Llegan a Montgarri entre febrero y Marzo de 1944 hasta agosto de 1944". Josep Calvet explica la historia una tarde de febrero ante la chimenea del refugio, hasta donde han llegado otros turistas. En invierno, los amantes de la nieve y sus deportes. El resto del año el lugar es frecuentado por quienes aman la montaña, la escalada o el senderismo.

Afuera anochece y es imposible no sentir un escalofrío ante tanta belleza, con los bucólicos caminos cubiertos de blanco impoluto, recorridos ahora por trineos de perros o motos de nieve. No hace falta tener mucha imaginación para visualizar a viejos y jóvenes, niños, familias incompletas que han dejado a alguno de sus miembros atrás, vestidos con harapos, ropas inapropiadas –no son las seis de la tarde y ya hay seis grados bajo cero tras un día de sol deslumbrante– y síntomas de congelación en los pies y las manos. Como mínimo. Ese es el momento en que el bucolismo del paisaje se va al traste.

Betsy Wijnberg y Dan Ehrlich, paseando por Barcelona tras escapar de los nazis. Foto: Familia Peretz Cohen-Calvet.

En uno de esos grupos que cruzó en mayo de 1944 "había una joven judía holandesa que había huido del teatro de Ámsterdam, donde fueron concentrados centenares de judíos, entre ellos la familia de Ana Frank. Betsy Wijnberg fue escondida en Francia. En Toulouse coincidió con otro joven judío llegado desde París, Dan Ehrlich. Junto a otros chicos iniciaron el trayecto, que no era fácil. La altura de las montañas, la nieve, el frío. Betsy calzaba zapatos de ciudad. En los momentos en que tenía miedo y flaqueaba, Dan la ayudaba. Así iniciaron una amistad más profunda, que se consolidó con su estancia en España. Seis meses después de haberse reunido en Toulouse, en octubre de 1944, la pareja llegó al entonces protectorado británico de Palestina, Haifa. Se casaron y tuvieron hijos" relata el profesor Calvet.

Sí, la ruta señalizada para recorrer el camino de la pareja de judíos tiene un final feliz, aunque no había hueco nada más que para el miedo y el horror. En junio del 2013, los hijos y nietos de Betsy y Dan repitieron el camino de sus antepasados; visitaron la cárcel de Sort –uno de los destinos más "frecuentados" por los judíos tras ser capturados por la guardia civil– y encontraron los nombres de los abuelos en el panel que recuerda a centenares de familias y personas que pasaron por allí. "Los hijos y nietos de Betsy cerraron el círculo que había comenzado siete décadas atrás", concluye el historiador. Aunque no sin dejarse en el camino profundos jirones de vida. La familia de Betsy murió en los campos de exterminio. Sus padres en Sobibor y su hermano y su cuñada en Auschwitz.

Gendarmes y Guardia Civil española en Pont de Rei, antes de que los nazis impermeabilizaran la frontera. Foto: M.Solé.

Los caminos de la niña Paquita Sitzer

A la hora de enfrentarse a la recuperación de la memoria, los historiadores suelen encontrar tres grupos de personas. Uno, los que no recuerdan o no quieren saber nada de lo que pasó; dos, los que no saben adonde dirigirse y tres, los que buscan desesperadamente su memoria.

Paquita Sitzer forma parte del segundo grupo, los que querían saber pero no sabían como, hasta que un día recibió un correo electrónico del profesor Calvet que le puso "la piel de gallina". "Y a pesar de lo niña que fui en esa época, me trae lágrimas vuestra carta", le respondía al historiador. Tenía cinco años cuando en 1942 atravesó los Pirineos huyendo de los nazis. Cruzó a España por la ruta número uno, desde Pont de Rei hasta El Pont de Suert, la de Val de Aran y Alta Ribagorça. Las otras son el Pallars Sobirá, el Alt Urgell y la Cerdanya.

El mismo lugar con la señal de cemento marca la frontera en febrero de 2017. Han pasado 75 años.

"Paquita tenía los lugares por donde había pasado porque su madre había apuntado los nombres en una libreta, pero entendió que Les, el primer pueblo español al que llegaron, era un artículo en francés", explica el historiador, que en realidad había escrito a Françoise Bielinsky, la pequeña de una familia de judíos detenidos en Les, uno de los pueblos del Valle de Arán, el 10 de octubre de 1942. Desde 1939 hasta 1942, los primeros judíos que pasaban la frontera lo hacían "con una cierta comodidad, incluso en coche" recuerda el historiador, mientras pasea por Port de Rei, Canajan y Les, la ruta de la familia Bielinsky, donde aún se encuentran en pie restos de lo que fueron estos lugares hace tres cuartos de siglo.

El hotel Franco Español de Les, un edificio hoy en pie que acogió a decenas de huidos del nazismo.

Los Bielinsky, recoge el libro Huyendo del Holocausto, tuvieron la suerte de llegar a España antes de la ocupación de la Francia de Vichy por parte del ejército alemán, que tuvo lugar el 11 de noviembre de 1942. A partir de entonces, el colador que habían sido los Pirineos pasó a estar impermeabilizado por el refuerzo de los alemanes, de todas las rutas y pasos que durante siglos habían utilizado desde contrabandistas a ejércitos invasores y más recientemente, los exiliados de la Guerra Civil. Pusieron puestos fijos alemanes en todos los "huecos", perros amaestrados e incluso un batallón austriaco de alpinistas y esquiadores para seguir las huellas sobre la nieve y el barro de los fugitivos.

El sastre Avraham Bielinsky, el padre de Paquita –ambos progenitores eran de origen polaco pero se conocieron en Berlín– ya en 1933 intuyó el peligro del odio hacía los judíos y llevó a su familia a París, donde montó un taller de sastrería, pero cuando en junio de 1940 los alemanes entran en París, el sastre es detenido y conducido a un campo de internamiento, de donde logra escapar para llegar a Pau débil y agotado. Allí trabaja durante dos años con otro sastre, un buen hombre, Victor Mesplé-Somps, que en 1942 y tras las redadas del gobierno de Vichy, del General Pétain, recomienda la huida a España a sus amigos. Les llevó hasta Luchon, para que cruzaran los Pirineos por el Valle de Arán.

Paquita Sitzer, su hija Elisabeth y Calvet en 2012, cuando volvió a recorrer los caminos de su huida.

"Los recuerdos de Paquita de ese viaje eran los de una niña de cinco años, mezclados con las historias que había oído contar. Cuando recibe mi carta –explica Josep Clavet– logra encajar una parte del puzle que había sido su viaje. Víctor, el sastre, les puso en contacto con dos contrabandistas que trabajaban como guías. El camino a pie fue a ratos duro para Paquita, que en algunos tramos del camino fue llevada en brazos por los guías. Cuando llegaron a Les, el agente de policía comunica al gobernador civil su llegada. Y sucedió una cosa rara, y es que el gobernador Cremades ordenó que les llevaran al campo de concentración de Miranda de Ebro, cuando hasta entonces allí solo se enviaba a hombres en edad militar. Según nos contó Paquita, fueron los vecinos de Les quienes impidieron que les trasladaran a ese campo".

Y es que tras el contacto inicial entre el historiador y la niña François Bielinsky –desde que pasó por Les conocida como Paquita– regresó al Valle de Arán a recorrer los caminos que había hecho con sus padres y hermano, en agosto de 2012, con su hija y su yerno.

Hotel Restaurante en Fos, otro de los puntos por los que transitaron los judíos que escapaban de la Europa ocupada.

Los Bielinsky lograron llegar a Vigo, donde el 13 de enero de 1943 embarcaron camino de Venezuela, su nuevo hogar. Paquita se casó con Juan Sitzer y el profesor Calvet la encontró en 2011 gracias "a una revista de la comunidad judía de los supervivientes en Venezuela. Empezaba la investigación por las listas de detenidos en las cárceles, luego adonde habían ido tras esas primeras detenciones en prisiones como la de Sort y por donde salieron", termina el profesor Josep Calvet, mientras sigue enseñando el lugar de Les donde reza una placa puesta ese verano de 2012, cuando la niña François Bielinsky, convertida ya en Paquita Sitzer retomó el camino que había realizado 70 años antes. Víctor Mesple-Somps, el sastre que había ayudado a su familia, tuvo menos suerte. Fue denunciado a la Gestapo y murió en el campo de concentración de Sachsenhausen.

La memoria viva hoy

En la actualidad, las cinco rutas por las que lo judíos llegaban a Lleida atravesando el Pirineo están perfectamente señalizadas. Al recorrerlas, no solo debemos tener presente a los judíos perseguidos por el nazismo, sino a tantos otros que escaparon en busca de la libertad huyendo de Hitler: militares de los países que el III Reich iba ocupando (polacos, belgas, holandeses…). Después los aviadores aliados (británicos, estadounidenses, canadienses) tras ser abatidos en el frente de batalla y que querían regresar al combate o a la Resistencia.

Entrada al Valle de Arán.

Los paisajes que ofrecen –ya sea primavera, verano, otoño incluso parte del invierno– son de una belleza difícil de narrar. El Parque Nacional de Aigüestortes resume lo que las palabras no alcanzan a describir. Atrás quedan miles de historias que profesores como Josep Calvet siguen persiguiendo. Y las de héroes anónimos, gente que escondía a los perseguidos donde podía, guías anónimos que se jugaron la vida. Algunos de ellos incluidos entre los declarados "Los Justos entre las Naciones". Quedan muchas historias por contar completas, como el papel de un personaje como Samuel Seguerra y su trabajo en el American Jewish Joint Distribution Committee, un asunto que apasiona a Calvet.

El libro de este historiador es una buena guía para empezar el recorrido, al tiempo que uno puede escalar los picos de Arán, o recorrer el románico y las rutas de nieve de Boí Taüll. Porque el turismo y la historia se complementan a la perfección y conviene siempre recordar que, según Cicerón, "los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla". 

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