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A la playa de Balarés no se llega por casualidad. La carretera acaba allí, así que, quien baja por ella lo hace persiguiendo este destino y después de haber decidido muchas veces en el trayecto que ese es el punto final de su viaje. Es en ese lugar donde el litoral se va convirtiendo poco a poco en la Costa da Morte y donde los pueblos se hacen más pequeños y el ritmo más tranquilo. Allí está Ponteceso, y hay que dejar la autopista en Carballo e internarse hacia el norte, girando aquí y allá, para llegar a este concello.
Eso es solamente el principio. Una vez en el pueblo, hay que tomar la carretera que sale hacia Corme, internándose poco a poco en lo que acaba convirtiéndose en la Punta de O Roncudo, ya sabes, ese lugar que tiene fama de producir los mejores percebes del mundo. A medio camino, la carretera se bifurca: el tuyo es el camino que asciende por la ladera hasta el Alto das Travesas. Para aquí antes de continuar y asómate a la costa desde lo alto. La ría a un lado, con el último tramo del río Anllóns serpenteando entre juncos y cañas; la costa, salvaje, y el océano al fondo. Y allí, abajo, al pie de esa playa batida por las olas, verás una pequeña aldea. Hacia ahí vas.
Continúa, ahora ya cuesta abajo, con las curvas marcando el ritmo, hasta llegar al pinar, junto a las dunas. Y aquí, una bifurcación más. Porque es en ese lugar, abrigado por la ladera, en una aldea con poco más de tres o cuatro casas, donde está tu destino. Ahí está Balarés Hotel Gastronómico Boutique, el lugar donde se terminan los caminos. Todo es tranquilidad aquí. El sonido de los pinos mecidos por el viento, ese run-run apenas perceptible durante los meses de verano, lo envuelve todo. Este pinar que te rodea es un bosque más que centenario, un lugar que inspiró a Eduardo Pondal, uno de los grandes poetas de la literatura gallega, sagas míticas cargadas de héroes antiguos, batallas y paisajes mágicos. Hoy, ese lugar de leyenda es tuyo.
Aquí acaba la carretera. No hay lugar al que ir más allá. La casona de piedra lo domina todo desde lo alto. A su lado, una serie de cabañas de líneas limpias encajan su silueta contemporánea en el lugar sin fricciones. En medio, el hórreo de la casa recuerda que el alojamiento puede ser nuevo, pero que este lugar, esta casa que te acoge, hunde sus raíces en la historia de esta bahía. Silvia y Rafa te reciben. Es su casa, su proyecto de vida, su lugar en el mundo. Lo entiendes cuando te proponen excursiones por la zona, cuando te acompañan y te ponen en contacto con la gente del entorno, pero eso llegará más adelante. De momento, está esta recepción única, que es lugar de bienvenida y cocina al mismo tiempo. Sobre la gran mesa frente a los fogones, los productos de la huerta del día. A un lado, el comedor, acristalado, que se abre a la ría. Y ahí fuera, a un paso, tu refugio para estos días.
“Balarés es una forma de habitar el paisaje”, explican Rafa y Silvia. Es difícil explicarlo mejor. Tu alojamiento es independiente, pero forma parte del conjunto, al igual que la casa forma parte de la aldea. Tú eliges hasta qué punto quieres vivir tu experiencia por libre o integrarte en el ir y venir de viajeros que tienen aquí su lugar de destino.
Es complicado decidir si tu alojamiento es una habitación, una cabaña o un apartamento. Es un poco todo eso, y la vistas, el entorno, la huerta de aromáticas que Silvia cuida a la entrada. La ventana que se abre al horizonte. Esa chimenea que te recuerda que tienes que volver en invierno para disfrutar del temporal, de las olas rompiendo de fondo, del pinar —ahora sí— rugiendo bajo el viento, de las brasas que caldean la estancia, del sofá, de la manta y de ese raro lujo de disfrutar de la tormenta en el mar desde la calidez de tu refugio. Balarés también es eso.
Y, a la mañana, el mejor desayuno de hotel de España, tal como lo reconoció la última edición del congreso Madrid Fusión: un despliegue de producto y sencillez, en el que no hay sitio para complicaciones innecesarias y en el que todo te hace sentir como en casa. Después, ese entorno increíble que te hará dudar: quizá te apetezca ir a visitar una panadería artesana casi centenaria, Forniños, en el vecino pueblo de Ponteceso; o, tal vez, caminar entre las casas de la aldea de O Couto, a un par de kilómetros, donde en verano se celebra un festival cultural único. Puede que el día pida un paseo por ese pinar, internándote entre los árboles hasta llegar al mirador del Monte da Facha, que es un balcón sobre el mar; o bajar hasta el viejo muelle de piedra; caminar bordeando el acantilado hasta llegar a ese lugar en el que se descubre, enfrente, la isla Tiñosa…
Rafa propone una visita única: del otro lado de la ría, a pocos minutos en coche, está O Baladiño, uno de esos lugares que esconde este tramo de costa y que cuesta ya encontrar en cualquier otro sitio. Se trata de un astillero artesanal, el hogar de uno de los últimos carpinteros de ribera del litoral gallego: Martín Senande, que acaba de jubilarse. Es la tercera generación de este astillero que fundó su abuelo en la orilla de la ría hace casi un siglo.
El lugar, que fue un ir y venir constante de barcos, carpinteros y navegantes, está hoy más tranquilo, pero poco a poco se convierte en un museo de la cultura marinera de la zona. Las cartas náuticas y las fotografías antiguas se apiñan en las paredes entre piezas de viejas embarcaciones, hélices, motores, cuadernas y llaves inglesas. La ría parece a punto de colarse por la ventana mientras Martín explica el oficio con la pasión de quien ha hecho de él su vida. El espacio tiene el encanto que sólo se consigue con el paso de los años.
Un poco más allá, en la costa, está otro lugar único. Son unos pocos minutos caminando desde el astillero. La punta do Taboido se asoma a la ría desde esa cruz de piedra que recuerda a los desaparecidos en el mar. Enfrente, la gran barrera de arena que es el límite en el que el río se convierte en mar. O al revés. Algo más allá, el Monte Branco, con la arena que trepa por su ladera, empujada por los temporales de invierno. Y detrás está Balarés, ese lugar que se ha convertido en tu refugio.
Ya de regreso, Silvia prepara la cena. El hotel alberga uno de los grandes restaurantes de la zona, pero es capaz de hacerlo sin perder esa atmósfera hogareña, de casa que te acoge. El producto de la comarca, de la vecina lonja de Malpica y de las huertas vecinas, manda. Aún recuerdo aquellos fideos de calamar con suquet de marisco. Y, después, en el jardín, tu alojamiento. Permíteme sólo un consejo para terminar: abre la ventana antes de dormir, recuéstate, apaga la luz y deja que las olas te arrullen, que el sonido eterno del viento entre las agujas de los pinos te envuelva. Y entenderás por qué vale la pena venir hasta este lugar donde terminan los caminos.
HOTEL BALARÉS. Balarés, 3 (Ponteceso, A Coruña). Tel. 622 591 400
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