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El hotel La Fonda está en un lugar donde Marbella no parece Marbella o, precisamente, donde más lo es. Cuando alguien piensa en esta ciudad, no visualiza las calles empedradas de su casco histórico ni los bares en los que se gestó un movimiento musical contracultural y en torno a cuyo recuerdo todavía se reúnen los marbelleros y marbelleras que participaron en él. Imagina yates, champán, música electrónica y cuerpos exhibidos en clubes de playa; no este rincón, justo en el límite del casco histórico, al que no mucha gente asciende a pesar de la belleza de la ermita del Santo Cristo y de la plaza a la que da nombre.
Ahí es donde brilla la fachada renovada de este alojamiento de apenas veinte habitaciones, elegantes, sencillas, que entienden el lujo de otra manera. Porque, mientras otros hoteles de esta categoría se exhiben y miran al mar, La Fonda apuesta por el recogimiento. Es la sensación que transmite al traspasar la puerta y llegar a ese lobby que alcanza toda la altura del edificio y se abre a otras estancias como pétalos: aquí, el lounge; aquí, el restaurante; aquí, el comedor acristalado y, más allá, el patio mediterráneo; aquí, las escaleras que se enredan hacia las habitaciones.
Este cogollo no es casual: La Fonda es el resultado de la unión de tres edificios de entre los siglos XVI y XVIII, que no dejaron de dar sorpresas en su rehabilitación. “Durante la reforma, empezaron a aparecer las antiguas casas árabes: se veía claramente dónde habían estado los muros, el baño, todo”, explica Cristina Paraja, gerente del alojamiento. Un equipo arqueológico tuvo que trabajar mano a mano con la dirección de obra. Algunos restos se documentaron y se cerraron, pero otros, como los capiteles, ciertos frescos o la ermita de San Sebastián, del XVI, de la que se conocía su existencia, pero no su ubicación, pueden verse ahora. “Afortunadamente, la propiedad optó por poner dinero para recuperarla. No estaba obligada y, además, retrasaba muchísimo el proyecto”, nos explican. La cúpula restaurada de la ermita forma parte de la Heritage Suite, quizás una de las habitaciones con más historia de Marbella.
De ahí que fueran siete los años durante los que en el hotel se trabajó a puerta cerrada. Lo estuvo antes. Durante 25 años. A cal y canto. La Fonda arrastra más historia que la de sus cimientos. Hay algo de misticismo entre esas paredes. Al entrar, da la sensación de hacerlo en una superposición de vidas. La casa fue casa, fue iglesia, fue escuela, fue fonda, fue restaurante de estrellas y, después, abandono.
La historia sentimental del hotel empieza en 1965, cuando Jaime Parladé y Duarte Pinto Coelho, los dos interioristas, los dos nombres de una aristocracia estética nacional e internacional, abrieron La Fonda como un pequeño hotel en el casco histórico. No era todavía la ciudad del exceso. Fue un capricho. El de comer caza también. “En Marbella todavía no había grandes restaurantes. ¿Y cuál era el mejor restaurante de caza de España? Horcher. Así que se plantaron allí y se trajeron a Gustav Horcher”, explica Paraja. Y es entonces cuando comenzó la magia.
Los coches paraban en la puerta. De ellos bajaban Sean Connery, Ava Gardner, Dalí, Brigitte Bardot. Pocas imágenes quedan de lo que ocurría dentro de aquel restaurante en el que el lujo parecía algo natural, donde, probablemente, princesas, aristócratas, actores y millonarios de paso creían haber descubierto algo intacto bajo una buganvilla. Algunos volvían al Marbella Club; otros, los más cercanos, se quedaban en las habitaciones casi privadas.
Duró hasta que llegó Jesús Gil a la alcaldía de Marbella. Con él acabó la época dorada de esta ciudad. “Cerró la calle para hacer una obra que se demoró mucho tiempo. En un momento, Horcher fue a hablar con él para decirle que, o abría, o él se iba, porque el negocio estaba sufriendo muchísimo. Gil no se lo creyó y el de Madrid acabó yéndose”, relata la gerente. La obra impedía que los coches se detuvieran en la puerta y rompió la discreción que alimentaba el mito. Dejaron de ir. El patio del hotel se fue vaciando poco a poco. La fiesta se trasladó a otra parte.
Hoy comienza a recuperar su nombre. Hay una voluntad de descanso en las habitaciones, que se distinguen por la forma en que cada una dialoga con la arquitectura tradicional del casco antiguo. Algunas se organizan en torno a terrazas privadas; otras, se asoman mediante balcones a plazas y calles. Varían en escala y composición. Algunas, como la Signature Suite, cuentan con un salón independiente; otras, como la del torreón, se encaraman a las alturas: vigas de madera en el techo a dos aguas, pequeñas ventanas que rodean las camas, amplias, vestidas siempre con sábanas de Carmen Baró. Van desde los 18 hasta los 40 metros cuadrados. Son claras, enmarcadas por ligeras líneas negras, por madera, piedra y barro. Nada compite con la arquitectura del edificio, que siempre antecede a todo lo demás. Cortinas de hilos naturales, hervidores de Alessi, amenities de origen andaluz. Pasillos y salones funcionan como galería expositiva.
El restaurante, con la llegada del vasco Jorge González, comienza a latir otra vez. La gastronomía, como no podía ser de otra manera, forma parte del relato. El chef pasó por el Hotel Crillon de París, el Goizeko Wellington, el Ritz y el restaurante de Joël Robuchon en Madrid. “Estoy acostumbrado a la estructura hotelera. Este, de hecho, es el hotel con menos habitaciones en el que he trabajado”, cuenta. Y asegura que no le pesa el pasado de la casa, el fantasma de Horcher.
Su relación con el país galo se detecta en los platos que llegan a las mesas de ese sereno patio exterior durante el servicio de cena. Son golosos sus espárragos a la brasa con una impecable bearnesa, resultón y bien aliñado el carpaccio de carabineros, estupendo el ravioli de cigala al saté (marinado y marcado a la parrilla) con una espuma de fondo de sus cabezas. No falta el mítico puré de patatas de Robuchon que acompaña a una carrillada de Ronda. Una propuesta elevada, basada en producto andaluz —el aceite, por ejemplo, es de Aguirrebeña (El Burgo)—, ejecuciones precisas, sencillas en apariencia y apenas tres elementos en el plato. Acompañan el servicio de sala y la bodega, que sigue creciendo con referencias de los territorios en los que se ubican otros Relais & Châteaux, asociación de hoteles a la que pertenece.
La gastronomía se complementa, en la plaza en la que se ubica el hotel, con una bodega de tapas tradicionales bien ejecutadas, y en la misma azotea del alojamiento, donde, junto a una carta de cócteles, los fines de semana se ofrecen opciones de cocina japonesa. Ahí donde el pueblo todavía parece querer recordar que existe, La Fonda vuelve a ser, casi treinta años después, esa dirección discreta en la que el lujo no necesita exhibirse. Y en invierno, claro, habrá caza.
HOTEL LA FONDA. Plaza Santo Cristo 9-10. Marbella (Málaga). Tel. 952 123 840
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