Flores de Ávila

Arte sacro a la vera del soto

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Localidad de unos 300 habitantes junto al río Trabancos (cauce transitorio) y cercana a la frontera provincial con Salamanca. A 53,8 km de Ávila. Flores es un pueblo amplio que sugiere tiempos de bastante más población que la actual, con un callejero intrincado e irregular.

Conserva varias casonas de arquitectura tradicional castellana de una y sobre todo dos alturas; algunas, como el ayuntamiento, están en la plaza principal, en la que instalaron no hace mucho una fuente que imita a la de los leones de la Alhambra. Hay alguna que otra pieza interesante como una casa neomudéjar (con dos terrazas abalaustradas) en la entrada de la población viniendo desde Rasueros. 

Además de la ermita del Santo Cristo, la iglesia de Santa María del Castillo es el monumento emblema, una colección de fases arquitectónicas con soluciones a veces sorprendentes: por ejemplo la espadaña bien visible de un templo anterior que fue literalmente embutida en la torre construida después. También su pórtico sujeto por siete columnas de granito, único en la zona, protege una entrada mudéjar, legado del antiguo templo. Hoy el acceso principal está en otro flanco, bajo un arco de granito digno de un castillo por el tamaño de las dovelas.

El aspecto austero del exterior propicia una sorpresa al cruzar el umbral. La iglesia se puede calificar de museo de arte sacro: grandes artesonados en las tres naves y sobre la tribuna de madera (sobre ella, un órgano barroco); un enorme retablo mayor del XVI con decenas de tallas y sobre todo pinturas de calidad, con una bien conservada policromía; capilla con un sepulcro y sobre él la estatua mortuoria de un guerrero (dañado, quizás como tantos otros durante la francesada), además de los azulejos de la base. Una inscripción en latín recuerda al autor del monumento funerario: “Me hizo Nicolás (Niculosus) en el año de 1526”.

Flores disfruta de unos sotos bastante tupidos y pegados a la población, junto a un riachuelo de cauce transitorio que tributa muy cerca en el río Trabancos. Una excursión que además es el recorrido de una romería tradicional: hasta el altozano de la Atalaya, con unas vistas panorámicas sobre kilómetros y kilómetros de llano. Si es en una puesta de sol incendiaria (candilazos muy frecuentes en estas tierras), mucho mejor.

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