Frías como el hielo y en medio de una incesante lluvia, las aguas del río Ibias descienden sin preocupación por la villa que lleva su nombre. Entretanto, van recogiendo a sus afluentes y de paso se paran a contemplar casi todo lo que tienen alrededor. No todo, porque abarcar lo que ofrecen sus 11 pedanías o parroquias es imposible, empezando por la foresta. Densa y verde, agradece las lágrimas provenientes de un cielo cada vez más oscuro. Gracias a ellas los árboles han crecido como si de gigantes se tratara. Unos mastodontes que comparten protagonismo con otros elementos que llaman la atención del río como la iglesia de San Antolín o los impresionantes palacios de Tormaleo, con sus tres torres, y el palacio de Ron, levantado en el siglo XVIII. Entre los hórreos, y tras observar el área de descanso de Cecos, construcciones típicas de la región, el Ibias se despide orgulloso. El Navia le espera en su desembocadura, pero casi que da igual. Muchos ríos habrían querido tener su final.

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