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Jaraicejo

Historia de justa belleza

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Según los árabes, ‘Xaharig’, según los vecinos ‘Haraiceho’ (con hache aspirada) y, según el resto de mortales, ‘Jaraicejo’, con acento o sin él, esta villa, que se encuentra entre la penillanura trujillana, el puerto de Miravete y Las Villuercas, es conocida como la entrada sur al Parque Nacional de Monfragüe. Bañados por el río Almonte y por el arroyo de la Vid, sus amplios bosques de alcornoques, encinas y matorrales esconden las ruinas de ‘El Santo Cristo’ y protegen los santuarios de la Natividad de Nuestra Señora y de Santa María de los Hitos. Desde lo alto de la loma, estos monumentos contemplan cómo el pueblo ha crecido a la sombra de un histórico castillo, del s. XII, que ha reconvertido sus torreones circulares en viviendas particulares, cuyas ventanas asoman a la plaza de la Villa. Desde allí, la monumental iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, junto con el pósito Ayuntamiento, la casa de la Inquisición y el palacio Episcopal, juegan a rodear su fuente de la Justicia, construida a base de los restos de un rollo, que describe perfectamente la búsqueda de bondad de la que presume este municipio extremeño.

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