Una mujer de 34 metros de altura recibe al visitante cuando llega a Mataró desde Barcelona. Laia, una arquera que es madre tierra y terrible cazadora, mira hacia los orígenes de la ciudad, los pueblos íberos que habitaban Burriac, luego la romana Iluro, aún presente en los coloridos mosaicos del yacimiento arqueológico de Torre Llauder. Después, ya cristianos, construyeron la Basílica de Santa María, con el barroco conjunto de Los Dolores en su interior, para tener campanas con las que repicar y repicar en Les Santes, la tremenda fiesta patronal de una familia de gigantones rodeados de chispas y fuegos.

Cerca del templo se comprueba que el Mediterráneo inspira el Museo de Mataró, así como a orillas del mar, por el puerto o por sus arenales, la posidonia oceánica inspira la curiosidad. De vuelta en la tierra, el colorido modernista de la Casa Coll i Regás contrasta con el vacío modernista de la Nau Gaudí, primer edificio con su firma donde el genio inventó sus arcos y perdió el amor, que, como el arte, también se puede encontrar en el Cementerio de los Capuchinos. Mataró, que tuvo murallas y dio barcos al rey, fue la primera en entrar en la modernidad del ferrocarril, que se recuerda en la Fira Ferroviària. Los raíles servían al progreso de la industria textil, a la vista en Can Marfà, templo de la máquina y el género de punto, y el paseo por la piedra y el hierro siempre lleva de vuelta a la arena, a la sonrisa.

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