Ruta por las siete colinas de Barcelona

Bienvenidos a la Barcelona más selvática

Siete Colinas Barcelona
Panorámica de Barcelona desde el Turó de la Rovira.

A falta de un Hyde o un Central Park, un Tiergarten o un Parque del Retiro, las colinas de Barcelona se erigen como el mayor pulmón verde de la ciudad, con permiso de Collserola, el gran parque natural de toda la conurbación. Las recorreremos todas en una mañana mientras dirimimos el número real de cerros que se elevan sobre la ciudad. Bienvenidos a la Barcelona más selvática.

Un viejo mapa encontrado en los encantes viejos en una vieja mañana de sábado fue el detonante de esta ruta. Tenía el cristal roto y manchas de humedad. En él se adivina una Barcelona más montañosa de lo que es ahora. Parece que todas sus colinas se puedan caminar sin apenas cruzar una calle, pero… ¿Sus colinas? Solo aparece el nombre de dos de ellas. Hubiese estado bien encontrar como mínimo tres, ¿acaso no era Barcelona la ciudad de els tres turons?

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Ambiente en el propio parque de la colina Peira.

Sí, lo era, a pesar de que hace algunos años -puede que incluso décadas- alguien decidió que la ciudad Condal debía pasar a engrosar el selecto club de las siete colinas. Pero, ¿es eso cierto? ¿tiene Barcelona siete colinas? Vamos a atravesar la ciudad caminando por todas ellas mientras repasamos cuantas son realmente. Tan solo hay un pequeño inconveniente. Antes de saber cuántas colinas tiene Barcelona debemos resolver una gran duda ¿Qué es una colina? Escribiremos al Instituto Geográfico Nacional.

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Vista de alguna de las viviendas emblemáticas del barrio de casitas pequeñas de Can Peguera.

Empezaremos nuestro camino ataviados con un sombrero y cargando en la mochila abundante agua y algo de fruta. En definitiva, todo cuanto acostumbremos a llevar para una ruta de… el GPS marca 13,54km, probablemente con desvíos y errores. El desnivel positivo unos 500 metros.

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Las vistas sobre Barcelona desde el parque de la colina Peira van ganando según ascendemos.

El principio: el Turó de la Peira

Bajaremos en la parada de metro de Vilapicina. Una vez allí la mejor indicación es buscar las calles con más pendiente. Muchas de ellas incluso con escaleras. Hay que subir. Cualquiera de ellas nos llevará, de una forma u otra, hasta el Turó de la Peira, nuestro primer objetivo. Si tenemos alguna duda basta con preguntar a la primera persona que se cruce con nosotros. La breve subida se realiza por un agradable parque municipal así que no hay más que andar con un poco de ojo con la oruga procesionaria que habita en los pinares. Cuidado con las mascotas. Enseguida nos veremos envueltos por la vegetación.

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Turó de la Peira y la gran cruz de hierro que se alza en la cima.

En tiempos de la Segunda República, aquellos terrenos se hicieron municipales y se inauguró como parque en 1936. Con los años, se fue ampliando y rehabilitando varias veces hasta llegar a lo que vemos ahora. Abundan los espacios de recreo infantil, así como los vecinos charlando en los bancos, el foro del barrio. Es martes, no hay demasiados caminantes y nadie bajo la gran cruz de hierro que se alza en la cima. Hemos coronado el Turó de la Peira, la primera de nuestras colinas. Una colina de barrio.

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Una colina de barrio llena de vida.

Desde allí, a 138 metros sobre el nivel del mar y después de un largo trago de agua, podremos ver delante nuestro Collserola, incluso la Sierra de la Marina pero, sobre todo, los conocidos como els tres turons. Parecen mayores que el nuestro. En realidad, lo son. Se trata del Turó de la Rovira, el de la Creueta del Coll y el más alto, el del Carmelo. Las casas se encaraman a sus laderas. Los históricos tres turons son nuestro próximo objetivo.

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Edificios modernistas de la zona de Font d'en Fargues.

La leyenda eterna de las siete colinas

Descendemos el monte en dirección al Turó de la Rovira, la primera de las elevaciones que vemos frente a nosotros. No hacen falta indicaciones. Hay que ir a ojo. Se trata de cruzar Barcelona pisando el mínimo de asfalto posible. Para quien se pierda ahí va una pista: hay que buscar el Paseo de la Font d’en Fargues y subir por él. Sabremos que estamos en el lugar indicado cuando nos parezca que hemos abandonado la ciudad y entrado en un pueblo. En el paseo ascendente veremos casas y torres modernistas y edificios de poca altura. Si nos perdemos por el barrio de la Font d’en Fargues tampoco pasa nada. Bienvenido sea. Seguiremos viendo casitas modernistas acompañadas de casas humildes levantadas por sus propios vecinos.

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Otra panorámica desde la colina de la Peira al Turó de la Rovira.

Al final del Paseo entraremos en el Parque del Guinardó. Lo sabremos porque volveremos a estar rodeados de vegetación.  Empezamos el ascenso hacia el Turó de la Rovira (261 m) pensando otra vez en las siete colinas. ¿Por qué las colinas son tan importantes para la autoestima de una ciudad?

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Grupo de turistas marchándose del Turó de la Rovira.

Según Plutarco, la fundación de Roma empezó mal, con discusiones entre hermanos. De pie allí abajo, a la orilla del Tíber, miraron las colinas que se levantaban frente a ellos. A Rómulo le gustaba el monte Palatino, le parecía un buen lugar para establecer su ciudad, pero a Remo le hacía más gracia el Aventino. Típico de hermanos. Si mamá loba hubiese pasado por allí les hubiese dado un buen par de capones... Pero no pasó, así que para acabar de decantarse por uno u otro decidieron subir cada uno a su favorito y desde allí contar el número de buitres que revoloteaban alrededor de la cima. Quien viese más, ganaría. Adivinen. Rómulo vio más en el Palatino o, al menos, eso le dijo a su hermano. Imagínense: Venga, tú primero. No, tu. No, tu. Bueno, venga va, yo seis. Ah, ejem, bien, esto yo doce. ¡Vaya! Que mal, he perdido.

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Vista general de las baterías antiaéreas situadas en el Turó de la Rovira.

Roma y su fundación inauguran de esta forma la mística de las ciudades y sus colinas. La mitología romana suele contar siete. Desde entonces, muchas ciudades han contado las suyas con buenos ojos —es decir, con ojos de querer contar siete— a imagen y semejanza de la ciudad eterna. Jerusalén, Atenas, Lisboa, Praga, San Francisco, Estambul, son tan solo algunas de las que presumen de ello. Barcelona dice ser otra.

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Muestra de las baldosas que pertenecían a las antiguas casas de barracas que había en la cima del turó de la Rovira.

El Turó de la Rovira

Llegamos a la antecima del Turó de la Rovira. ¿En serio esto es Barcelona? Allí a unos 250 m de altura nos encontramos con dos calles: Labèrnia y Marià Labèrnia, ambas escoltadas por casitas bajas. Sorprende el emplazamiento. La señora Dolores, a quien nos encontramos paseando con un bordón, nos explica que aquellos terrenos habían pertenecido a un tal Pedro Labèrnia. Su hijo, el Marià, a quien va dedicada una de las vías, fue el promotor de esa urbanización.

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Pocos puedes resistirse a sacarse una foto con la panorámica de Barcelona de fondo.

Más adelante llegamos a la joya de la corona de esta ruta. En lo más alto del Turó de la Rovira nos topamos con los restos de las baterías antiaéreas republicanas utilizadas durante la Guerra Civil. Para saber más sobre su historia tendremos que adentrarnos en uno de estos búnkers donde nos encontraremos con una exposición de paneles en la que también se habla del barrio de barracas, que durante años ocupó esa parte del monte. Si salimos y curioseamos por los alrededores, descucrimos los restos de las antiguas baldosas de aquellos improvisados hogares. En el horizonte, la más bella panorámica de Barcelona. La mejor, sin duda, que vamos a tener durante la excursión.

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Exposición sobre barraquismo en el Turó de la Rovira.

El descenso se realiza por el lado opuesto al que hemos subido. Nos dirigimos al Carmelo. Esta vez no bajaremos demasiado. Atravesaremos el aparcamiento de los búnkers y, después, pisaremos un poco de asfalto. Lo justo y necesario. Apenas unos pocos metros en la calle Gran Vista. Iremos a la izquierda, adentrándonos en el parque del Carmelo pero antes conviene hacer un alto para rememorar que en esa gran pared de hormigón que nos encontramos bajo la parroquia de nuestra señora del monte Carmelo hubo, hasta el mes de mayo, uno de los grafitis más importantes de la ciudad. Se trataba del tiburón capitalista del artista urbano Blu. El escualo, dibujado en billetes de dólar era, desde el año 2009, una de las señas de identidad del barrio.

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De camino a la tercera colina, el Turó del Carmel. Pasamos por el muro donde estuvo el graffiti del tiburón (Gran Vista con Carretera del Carmel, bajo la iglesia).

El Carmelo (o la Montaña Pelada)

Volvemos a subir entre vegetación. Aunque sea la colina más alta de las que subiremos (267 m) el ascenso no se hace tan duro. Partimos ya de muy arriba. Coronamos así el monte más emblemático del llano de Barcelona; el Carmelo también conocido como la Montaña Pelada.

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En la tercera colina, Ascendiendo a la cima pelada del Turó del Carmel.

Antiguamente, fue el conjunto de els tres turons el conocido con ese apelativo, pero la evidente carencia de vegetación en el Monte Carmelo acabó por monopolizarlo. Quizás sea esta la colina menos urbana de todas, la que nos aleja más de la ciudad, la más salvaje y mucho menos transitada que las anteriores. Bajamos por el lado opuesto, en dirección al parque de la Creueta del Coll dejando a nuestra izquierda las vistas gaudinianas del Parque Güell.

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Vistas desde la cima pelada del Carmel.

Al igual que Roma, Barcino se estableció también en una minúscula colina; el Monte Táber (16,9 m). Este diminuto cerro se encuentra en el casco antiguo, detrás de la Catedral y oculto bajo el local del Centre Excursionista de Catalunya, donde también se encuentran las columnas del templo de Augusto. Durante siglos aquella fue la única colina de la ciudad y lo curioso es que entre las siete típicamente enumeradas no se encuentra esta. ¿Quizá por pequeña? ¿Hay alguna altura mínima o máxima para considerarse colina?

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Una parada en la cima pelada del Turó del Carmel

Mientras bajamos recibimos la respuesta a nuestras dudas por parte del Instituto Geográfico Nacional. El texto es largo, pero lo resumiremos. Un monte, un cerro, una colina, una cabeza, un pico, una peña. Etc… no son —en este país— más que meras denominaciones genéricas. Dicho de otra forma, la forma en la que los lugareños conocen su entorno. Es, por lo tanto, un asunto de tradición. Si siempre se le ha llamado colina (turó), es una colina.

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De ruta hacia la cuarta colina: Turó de la Creueta del Coll. Nos encontramos calles con mucha pendiente.

Así que nada tiene que ver con aquella película de Hugh Grant llamada El hombre que subió una colina y bajó una montaña, en la que el gobierno decidió cartografiar el país de Gales estableciendo una cota para diferenciar lo que era una colina de una montaña. Los vecinos de Ffynnon Garaw recibieron un duro varapalo al ser informados de que a su majestuosa montaña le faltaban veinte pies para considerarse como tal y por tanto tenía que conformarse con ser una colina. Los orgullosos habitantes del pueblo no se iban a conformar.

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De ruta hacia la cuarta colina: Turó de la Creueta del Coll. Pasamos por la plaza de Salvador Allende.

Turó de la Creueta del Coll, del Putxet y de Monterols

Volvemos a pisar algo de asfalto. Lo hacemos por la plaza dedicada al malogrado presidente Allende y seguimos por la calle del Santuario hasta darnos de bruces contra una pared. Torcemos a la derecha y empezamos otro pequeño ascenso por la calle Morato. Aquí hay que andar con ojo de no saltarnos una pequeña senda que se desvía a la izquierda desde la que llegaremos a la cima del Turó de la Creueta del Coll (249m), evidentemente coronada por otra cruz.

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En la cima de la cuarta colina: Turó de la Creueta del Coll. Nos encontramos con casas bajitas (casi chabolas) en la calle Morato.

Como siempre, la bajada se realiza por el lado opuesto, rodeando el parque. Durante el descenso vemos su enorme piscina pública y la desconcertante escultura de Chillida, Elogio del Agua. Saldremos de la zona verde y entraremos en el asfalto por la calle Mare de Deu del Coll hasta cruzar el viaducto de Vallcarca y toparnos con el Turó del Putxet (178 m). Al llegar a la parte más alta, no nos parecerá estar en una cima, pues hay un parque con bancos bastante concurrido por los vecinos.

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Escultura de Chillida junto a una piscina municipal construida en una antigua cantera.

De regreso al duro asfalto buscaremos la animadísima Ronda del General Mitre. Al otro lado, no tardaremos en encontrar la última de las colinas visibles. Como de costumbre se encuentra rodeada por un parque municipal. El desnivel a salvar en este caso no supera los veinte metros. Nos encontramos en el Turó de Monterols (121 m). En el mapa antiguo sólo hay dos elevaciones marcadas como turons, y uno de ellos es este. El otro es el de la Peira. Ni siquiera los más importantes constan con esa denominación genérica. El conjunto de els tres turons aparecen simplemente como Montaña Pelada.

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Llegando al Turó del Putxet, cruzamos el Viaducto de Vallcarca.

El final del camino

Para acabar esta travesía por las colinas de Barcelona tomaremos Copérnico, una de las calles que bordea el parque. Atravesaremos Muntaner, Santaló y llegaremos a Vallmajor. Allí se encuentra el Monasterio de las Madres Agustinas dedicado a Santa Maríaa Magdalena. Justo debajo, la cima del Turó de Modolell (108 m), absorbido por la gran ciudad y apenas perceptible por la inclinación de las calles colindantes.

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Aspecto de la séptima colina, invisible a la vista: cima del Turó de Modolell, donde se encuentra el Monasterio de Santa María Magdalena.

A menos de diez minutos caminando, dos Soletes Guía Repsol a elegir: 'A pluma' y 'La Xarxa', dos direcciones perfectas para reponer fuerzas mientras decidimos cuantas colinas tiene Barcelona. ¿Tres? ¿Siete? ¿Ocho si contamos el Monte Táber? ¿Diez si añadimos Tibidabo y Montuïch?