Rutas de senderismo en Cantabria

El Nansa, a paso largo

Sigue los pasos de los pescadores y descubre los atractivos naturales de este río.

La senda del Nansa, el río más salmonero de Cantabria, no tiene ni una década y ya se ha convertido en uno de los caminos fluviales más trabajados en el Norte. Caminar entre desfiladeros, maizales, cuevas y rocas escarpadas donde entrenan los escaladores es un lujo. Enseñar a los niños cómo los pescadores cruzaban, de un lado a otro del río, con una silla metálica a polea es más que divertido y los peregrinos tienen cubierta la primera parte del segundo día del camino Lebaniego, desde Muñorrodero hasta Cades.

En la frontera entre Cantabria y Asturias existe un lugar que se ha salvado de la burbuja inmobiliaria. Es el Valle del Nansa, un paraíso natural cuyas tierras fértiles le deben todo al río salmonero que les da nombre. ¿Qué no habrán visto esas aguas en su caracoleo? Desde los pliegues de los macizos de Peña Labra y Peña Sagra, a 1.800 metros de altitud, hasta su rendición en la ría Tina Menor, el Nansa hace un viaje corto, de 46 kilómetros, pero lleno de belleza. Turberas, brezales, bosques de abedules, hayedos y acebedas acompañan a la torrentera mientras se abre paso por las gargantas calizas. Nada más tentador que seguir el consejo de Bruce Lee -'Be water, my friend' - y colarnos en esta estampa costumbrista que resiste el paso del tiempo.

Desde septiembre de 2010 se pueden recorrer 14 kilómetros del margen derecho del río. Este tramo, que discurre entre las localidades de Muñorrodero y Cades, está declarado como Lugar de Importancia Comunitaria y forma parte del conjunto de espacios protegidos de Cantabria. "Ha sido un éxito. Fue una inversión de la Confederación Hidrográfica y Plan Estatal de Dinamización de Medio Ambiente. Y tuvo beneficios importantes. Por ejemplo, con los arreglos que se hicieron del río se puede ahora estar más tranquilo con las inundaciones de Muñorrodero" explica Miguel Ángel González, el alcalde de Val de San Vicente que inauguró la Senda. Costó más de un millón de euros. "Eso sin contar el nuevo tramo que va desde Camijanes hasta Cades, entre Val de San Vicente y Herrerías" apunta Roberto Escobedo, el alcalde actual del Val. Se estrenaron en mayo de 2013 para incorporar el trayecto entre la central de Trascudia y el puente de Camijanes.

Un alto en el camino para llenar los pulmones de oxígeno en el Mirador del Poeta.

Lo primero para disfrutar de estas cuatro horas de aventura es calzarse un par de zapatos cómodos. No hace falta que sean unas botas de montaña, el trayecto es sencillo y puede realizarse fácilmente con niños. Si el trago se hace largo siempre se puede partir en el recorrido por la mitad, aproximadamente. El primer tramo comenzaría en Muñorrodero, hasta la central hidroeléctrica de Trascudia, donde se encuentra una hermosa cascada que, a buen seguro, les renovará las ganas de echar a andar. A partir de ahí, mantendrán los ojos pegados al río, en el que podrán descubrir magníficos ejemplares de trucha común y de salmón atlántico, e incluso, con suerte, alguna nutria puede asomar la nariz. 

La antigua central eléctrica de Trascudia recibe a los caminantes con dos hermosos saltos de agua.

Algunos tramos permiten elegir entre tomar la “senda principal” y una “variante aguas bajas”, de forma que sigue siendo practicable cuando se producen crecidas. En ambos casos, se cuenta con señalización de sendero local -barras blanca y verde- a lo largo de la ruta, que aprovecha antiguas sendas de cazadores y pescadores. Por eso es habitual encontrar por el camino pequeños refugios para el mal tiempo o carretillas metálicas que permitirían el cambio de orilla. 

Un peregrino sigue las indicaciones de la senda fluvial para completar una etapa del Camino Lebaniego.

En el kilómetro 6 de la carretera autonómica CA-181 encontramos un área de descanso para hacer un receso, aunque también puede servir de punto de acceso para los que escojan la versión abreviada de esta caminata. Este pequeño ramal permite visitar el mirador del Poeta o mirador El Collado, orientado al Sur y elevado unas decenas de metros sobre las aguas mansas del embalse de Palombera. Esta presa, que fue construida en 1953 para aprovechar el salto más bajo del Nansa en la confluencia de este río y el Lamasón, se ha convertido en caladero de las tablas de paddle surf (SUP) hasta que el verano lo permite. Los amantes de este deporte han encontrado aquí un marco inigualable para hacer travesías con una visión de conjunto del tramo del valle que comprende la angostura de la sierra de la Collada y el siguiente desfiladero entre los Picos de Ozalba y la sierra del Escudo. No hay una excusa mejor para hacer parada y dar un descanso a los pies. Desde estos 'tatamis' flotantes se alcanzan lugares recónditos como las famosas cuevas del Soplao y Chufín a través de unas pozas de aguas cristalinas que invitan al chapuzón.

Las pasarelas de madera permiten salvar taludes y cruzar el río de lado a lado.

Más adelante, a unos dos kilómetros del final del trayecto, el río se encajona al pie del cauce. Allí encontraremos más pasarelas de madera que salvarán el tramo más rocoso y desde las que podremos contemplar una pequeña gruta, que es conocida por los lugareños como la 'Cueva de los Murciélagos'. No hay más que internarse un poco con una linterna para averiguar la razon. Al término de este itinerario, merece la pena visitar la ferrería de Cades, uno de los elementos patrimoniales ligados al medio fluvial mejor conservados de Cantabria. Así, además de hacer un viaje en el espacio, terminaremos la experiencia con otro a lo largo de los siglos.

La Ferrería de Cades

Al final de la senda fluvial, en Cades, merece la pena hacer una parada que no olvidarás fácilmente: la visita a la Ferrería de Cades. Una joya. La Ferrería es un ejemplo de aquellas industrias que hubo por todo Cantabria que se dedicaban a transformar el mineral de hierro en lingotes mediante ingenios hidráulicos. Rebeca Tuero y Mariana Gámez son las dos guías que explican el fascinante artilugio y el molino. Lo hacen con el entusiasmo de quien vigila la maquinaria como si del herrero o del molinero se tratara, de forma que los chavales de los colegios escuchan con la boca abierta de par en par.

"La Ferrería estuvo funcionando desde 1752, que se terminó de construir, hasta el final del siglo XIX. Tenía dos molinos, lo que demuestra que era importante. Mirad, los huecos del tejado se dejaban para que saliera el humo. ¿Sabéis que los herreros eran sordos en su mayoría?" explica Rebeca a los chicos del Sagrada Familia de Herrera de Camargo, al tiempo que atiende la sala del horno y la de los fuelles para que las chispas del carbón atizadas por los gigantescos fuelles, les dejen boquiabiertos. "Los martillos que caen sobre la boa para producir lingotes de hierro son tan enormes y pesados, que por eso los herreros perdían oído" cuenta la guía a los chavales, que comprenden bien el mecanismo tras la visión del vídeo que se muestra al inicio de la visita.

La Casona fue construida por una familia de renombre en Cantabria, la del jesuita Antonio de Rávago, confesor de Fernando VI, que reactivo un montón de ferrerías y martinetes por toda Cantabria. Pocas están tan bien conservadas como esta Ferrería, clave en el desarrollo de la industria naval de Cantabria y Castilla.

Hoy, la Ferrería está gestionada por la Asociación de Desarrollo Rural Saja-Nansa y se mantiene con las visitas, lo cuál es un enorme mérito. Es uno de esos lugares que uno no entiende como no hay cola cada día para las visitas.

En la posada de las Anjanas, al pie de la Torre de Estrada, guardan las plegarias del peregrino al Santo.

El rastro del peregrino se percibe en toda la jornada, recorriendo el Val de San Vicente hasta Herrerías. A pocos kilómetros de San Vicente de la Barquera nos encontramos con la Torre de Estrada y los restos de lo que fue una fortaleza medieval. Las torres de defensa y vigilancia están presentes en muchos pueblos de la zona, hasta llegar a Santo Toribio. La de Estrada -en obras en su tejado desde hace años- es una belleza abarcable, sobre un suelo rocoso, restos de lo que fue una capilla y un trozo de muralla. Aloja el Museo de los Maquis, y a su espalda, Miguel y Nieves, los dueños de la posada de las Anjanas, han creado una capillita al Santo, en la que los peregrinos de medio mundo depositan sus deseos escritos. "Dejan notas en alemán, inglés, lo que queráis. Pero también en chino o similar" explica Miguel, que recoge los papeles con los ruegos del caminante y los guarda delicadamente. Cada mañana, desde la 8, los peregrinos inician su camino.

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