Cosas que suceden cuando vas a comer sola

No quiero comer más al lado de los lavabos

A pesar de que a veces las circunstancias obligan a comer solo, esto no debe ser un obstáculo para el comensal. Foto: Hugo Palotto
A pesar de que a veces las circunstancias obligan a comer solo, esto no debe ser un obstáculo para el comensal. Foto: Hugo Palotto

Ir a comer sola a un restaurante, sea por placer o por trabajo, no siempre es una experiencia agradable. Luisa López, curator, decoradora y profesora del Basque Culinary Center, hace un certero retrato de la situación que ella misma experimenta cuando va a comer sin compañía.

Por lo que sea, me toca muchas veces comer sola en los restaurantes. Y digo “me toca” porque prefiero comer compartiendo e incluso robando de otros platos y hablando sobre lo que estamos comiendo, hemos comido o nos vamos a comer. Este onanismo gastronómico a veces se castiga en los establecimientos de todos los niveles sentándome en la mesa peor situada del comedor, la que está al lado de la escalera o de los váteres o a la salida del office, por lo que, a parte de la continua circulación del personal, en algunos restaurantes se escucha el lavavajillas o el ruido de los cubiertos cuando los secan a mano y los van dejando caer en los cajones con un sonido de campanas de una sola nota.

las esparteras
Los artículos del bolso llenan el espacio libre en las mesas de dos comensales. Foto: Alfredo Cáliz

En varias ocasiones, aun habiendo reservado con anterioridad, te ponen en la mesa de las cartas, esa que tienen en algún rincón con todos los menús apilados, que retiran rápidamente cuando llegas, alisando el mantel con la mano y montándola con el utillaje. En realidad, en pocos sitios hay mesas de tamaño individual y las más pequeñas, para dos comensales, casi siempre nos quedan muy grandes, aunque a mí me resulta cómodo, porque la suelo llenar con el móvil, la tablet y todo lo que sustituye al socorrido periódico que en otros tiempos ocultaba a los tímidos que comían solos.

Un experimento

En Ámsterdam, en septiembre de 2013, la diseñadora Marina Van Goor realizó un experimento para aquellos que nunca comen solos en un pop-up abierto durante dos días, un restaurante unipersonal: 'Eenmaal'. Las mesas eran para una sola persona y estaban dispuestas para hacer más atractivo a la gente el estar consigo mismos en un espacio público en el que, si el cliente quería hablar, le daban conversación; y si no quería que le molestasen, se le dejaba tranquilo.

Cada bocado se analiza en detalle. Foto: Hugo Palotto
Cada bocado se analiza en detalle. Foto: Hugo Palotto

Sí, es cierto, hay quien piensa que por ir solo a un restaurante le van a considerar un sociópata o alguien con quien no quiere ir nadie y les resulta una experiencia casi traumática. Pero también hay a quien le gusta disfrutar de la comida con todos los sentidos alineados para percibir los sabores, escuchar las texturas y envolverse en los aromas, incluso realizando al mismo tiempo un trabajo de campo, de antropología culinaria, observando qué y cómo comen el resto de los comensales.

¿Qué pasa con los platos para dos personas?

Pero todo esto solo son incomodidades que no suelen constituir un problema mientras no entres en un restaurante en el que la paella, la chuleta, el rodaballo a la parrilla y algún otro plato, sean para un mínimo de dos personas. Ya lo avisan en la carta, o te lo recriminan al entrar si su único plato es la paella o las chuletas y entras sola, pero en ambos casos, lo que hice yo fue comer lo que me apetecía, y el resto, pedir que me lo pusieran para llevar, cosa que en este país es cada vez más habitual, por suerte. Pero que cuando lo pedías hace unos años, te envolvían la paella en papel de aluminio porque no tenían doggy bags, e incluso en el de caso de la chuleta, me dijeron que me la llevara puesta, con fuente y todo, que ya se la devolvería.

En la 'Cala de Buenavista' aún se siente el verano.
No hay que preocuparse por si sobra comida. Nos la llevamos a casa. Foto: Sofía Moro

Preguntando a mi alrededor si al resto les pasa lo mismo, me contestan que todo lo contrario. Que como van solos, les tratan con más cariño y les reservan un buen sitio. Vale, por lo que sea, me lo creo. Pero si observamos el emplazamiento de las mesas pequeñas en los comedores -si las tienen-, generalmente no son las que ocupan los mejores sitios. 

Por otra parte, está bien que nos arrinconen junto a las paredes para no sentirnos observados en el centro de la estancia, pero también nos gusta comer junto a la ventana o en un lugar en el que no tengamos que escuchar los engranajes de la maquinaria del servicio. Por ser mujer tampoco me han tratado con más deferencia -eso está bien- ni me han confundido con una inspectora de ninguna guía y me han invitado al café. ¿Serán todos hombres?