Logroño

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Logroño ha crecido bajo la sombra del Camino de Santiago y ha madurado al compás de sus excelentes vinos de Rioja, manteniendo intacta su personalidad histórica pero bajo un envoltorio de ciudad joven y próspera. Sus bodegas subterráneas delimitan el casco antiguo, en el que el chateo adquiere casi la categoría de arte, sobre todo en la frecuentada calle Laurel. La ciudad espera impaciente, año a año, la representación de la defensa heroica contra los franceses en las fiestas de San Bernabé y ya, en septiembre, el vino, que nunca abandona la escena, brilla de nuevo en San Mateo para marcar el inicio de la vendimia. Estar en Logroño y no visitar alguna de sus bodegas, disfrutar de las explicaciones de los especialistas y, sobre todo, saborear sus caldos, es casi pecado mortal.

En el ajetreo diario es frecuente ver en la ciudad a numerosos peregrinos, mochila al hombro, cruzar la Puerta del Camino o Puerta de Carlos V. Una visita por la capital riojana debería conducir al viajero por referencias esenciales como el Cubo de Revellín, antiguo fortín y único vestigio de la muralla que rodeaba la ciudad. Y también por magníficos templos religiosos como la Iglesia de San Bartolomé, la Iglesia de Santa María de Palacio y la de Santiago el Real. Pero por encima de todas destaca la Concatedral de Santa María de La Redonda, con sus dos magníficas torres gemelas. Muy cerca de ella se encuentran el Palacio de los Chapiteles y el Mercado de San Blas. Un antiguo convento religioso, el de La Merced, presta hoy servicios como Biblioteca del Parlamento de la Rioja. El Ayuntamiento de Logroño, obra de Rafael Moneo, y el Museo de Ciencias, al que se accede cruzando el Ebro por el Puente de Hierro, completan la lista de lugares imprescindibles.

La calle Laurel es conocida como la 'Senda de los elefantes'. Se trata de una zona repleta de bares a los que acuden locales y visitantes a tapear o tomar un vino.

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