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Tarazona de la Mancha

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre sí quiero acordarme…

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Parafraseando el comienzo de la genial novela de Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, es difícil olvidar esta localidad manchega si llegas de visita a ella; si así no fuera, sirva esta entrada literaria para propiciar un encuentro con Tarazona de la Mancha. El conjunto arquitectónico de estilo colonial que componen las casas nobles de la Plaza Mayor y el emplazamiento en la misma del edificio del ayuntamiento y su iglesia principal, hacen notar rápidamente que estamos en el corazón de la ciudad, al igual que antaño cuando fue proyectada, en el s. XVII. Asomarse por las balconadas de estas casas señoriales o sentarse en los bancos que circundan su perímetro es notar, con la mirada, cómo bullía y bulle el pulso de la localidad, con los latidos que evocan el medievo que marcan su fundación como villa cristiana y cada año se celebra el Mercado de Petriles, un mercado medieval, con puestos, artesanía, representaciones juglarescas y música que resucitan el pasado del pueblo, fruto de la mezcolanza de sus tres culturas: árabe, judía y cristiana.
Varias son las ermitas que uno encuentra al recorrer las calles principales; encontramos las de San Roque y Santa Lucía, la de Santa Bárbara y la de Santa Ana y San Antón, que semeja en porte y formas, a la importante iglesia de San Bartolomé. Mencionar también a la ermita de San Blas, donde los creyentes siguen ofreciendo ex votos al Santo para procurar la mejoría de su salud.
En la Plaza Mayor, durante el reinado de Carlos IV, celebraban corridas de toros hasta que el impulso del vecindario aficionado propició la construcción de la plaza taurina en un cerro cercano; hay que descender para bajar a este coso, uno de los más antiguos de la provincia albaceteña; y de los de más renombre.
La principal fuente de riqueza de la localidad es la agricultura. Maíz y alfalfa combinan con grandes extensiones de viñedos y hectáreas de olivares. Las cooperativas locales comercializan casi en su totalidad la producción de vino, aceite o cereales. Sabrosa y contundente es la gastronomía manchega, y una gran variedad de platos locales se asocian con cada festividad; así, por San Antón, es típico comer ajo atascaburras o ajo de las nieves. En Carnaval, cuerva; o en Semana Santa, potaje de rellenos, bacalao con tomate o rolletes de sartén. Durante todo el año no falta el pisto manchego ni los bollos de mosto. Después de lo narrado ¿será fácil recordar a Tarazona de la Mancha? Es obvio que sí.

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