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Nos disponemos a sumergirnos en un espeso bosque, descubriendo sus aromas, escuchando trinos y zumbidos, intuyendo que por ahí pastan y cazan animales escondidos a nuestro paso, así como especulando con todos los secretos naturales o imaginarios que oculta ese laberinto de árboles, musgos y rocas. Sin duda, pocas sensaciones son tan plenas en el monte como adentrarse en un bosque. Es algo que todo el mundo debería experimentar. Y, de hecho, ese es el objetivo del sendero accesible abierto en las inmediaciones del pueblo oscense de Biescas, a las puertas del Valle de Tena. Un camino acondicionado para que las personas con movilidad reducida y con deficiencias visuales tengan la opción de penetrar en un bosque de montaña con seguridad y con la posibilidad de descubrir la riqueza natural de atesora ese trocito del Pirineo.
Una vez dejado atrás el núcleo de Biescas, se sigue por la carretera que lleva a Francia y en unos 4 kilómetros aparece una señal que indica el desvío hacia la ermita de Santa Elena. Apenas unos metros más allá hay un área de parking habilitada para alcanzar el templo. Sin embargo, los visitantes con problemas de movilidad o de visión pueden tomar un desvío a la derecha para llegar en su coche hasta el mismo comienzo del sendero accesible. Ahí les esperan dos plazas de aparcamiento exclusivas para ellos.
Letras en alto relieve y escritura ‘braille’ en carteles.
El paisaje se puede interpretar de forma táctil.
A partir de ese punto comienza una senda pavimentada con hormigón antideslizante y prácticamente llana. Una vía dominada por la sombra, para que las personas que necesitan de una silla de ruedas puedan circular sin impedimento alguno durante los 1.500 metros por el corazón del bosque biesquense, o pelaire, que es como tradicionalmente se conoce a todo lo relacionado con esta población de la comarca del Alto Gállego.
Pero no se trata sólo de un paseo hormigonado para facilitar la movilidad. Además, hay pequeñas rampas para salvar algunos obstáculos naturales puntuales o para ganar la suficiente altura que permita contemplar el entorno a través de un claro abierto entre la maraña de ramas. Igualmente hay bancos adaptados y diversas mesas de picnic para descansar, e incluso existen varios apoyos isquiáticos en los que acomodarse de pie, para que los cuerpos más doloridos recuperen el resuello.
En definitiva, un sendero adaptado cargado de empatía, que discurre por unos parajes muy especiales y dignos de conocerse en profundidad. Con ese objetivo, también posee una señalización y unos paneles de interpretación que no sólo incorporan la información en formato braille, además se han diseñado con altorrelieve y con tamaños de fuente apropiados para que sean legibles por los senderistas con problemas de vista.
La patrona de Biescas es Santa Elena, hasta cuya ermita se ha acudido en romería desde hace siglos. El camino más tradicional para llegar al templo, ubicado en plena montaña, es una senda que circula en lo profundo del bosque y que durante gran parte de su trayecto discurre junto a un canal hidroeléctrico. Precisamente fue el trazado de ese antiguo canal lo que se cubrió con hormigón, dejando así sobre las aguas un camino liso y con casi nula pendiente, lo cual es un requisito indispensable para el senderismo adaptado.
Por si fuera poco, el agua del canal y del vecino arroyo de montaña garantiza la exuberancia vegetal del paraje. Ella es una de las grandes protagonistas de los distintos carteles de interpretación que animan el recorrido. Gracias a ellos, todo el mundo, incluidas las personas invidentes, pueden saber que se camina rodeados de abedules y pinos de montaña, de bojes que proporcionan una madera tremendamente resistente o de acebos de brillantes hojas verdes y frutos de un intenso color rojo durante los meses más fríos.
A eso se le suman helechos, líquenes, numerosas plantas trepadoras, como la madreselva, y otras amantes de la humedad y la umbría, algunas tan deliciosas como la fresa silvestre. Un vergel natural y frondoso que, de vez en cuando, deja un resquicio para avistar las montañas de los alrededores, como la Peña Blanca, cuyas laderas también se cubren de espesos bosques. Y si eso se ve a lo lejos, mucho más cerca se aprecia el discurrir del barranco de Lasieso, e incluso el conocido como Puente del Diablo, construido durante la Edad Media, aunque las leyendas populares le atribuyen un origen demoníaco.
Este puente no forma parte del sendero accesible, pero sí de la senda que lleva hasta la ermita de Santa Elena. Lo cierto es que el camino hasta este templo no está adaptado, pero es innegable que desde el parking de la carretera propone un trazado muy sencillo, quizá no para las personas completamente invidentes, pero sí para senderistas de cualquier edad, e incluso no es raro que por sus suaves cuestas suban personas en sillas de ruedas motorizadas.
Es más que recomendable acercarse hasta esta curiosa iglesia levantada sobre una cueva natural. Con el añadido de que, antes de llegar, se verán dos dólmenes prehistóricos, tan enigmáticos como imponentes. El hombre del Neolítico los concibió como monumentales enterramientos y son la prueba de que estas montañas, bosques y barrancos ya estaban habitados hace más o menos 4.000 años.
La sencillez de estos megalitos es el mejor anticipo antes de llegar a la ermita. Para contemplarla hay que adentrarse en un congosto natural que forman las rocas calizas. Y así, de pronto, se abre una explanada donde brilla la arquitectura encalada del templo dedicado a Santa Elena de Constantinopla, ya que la leyenda dice que la que fuera madre del emperador Constantino llegó hasta este paraje y se refugió en una cueva que rápidamente cerraron las arañas con su tela para defender a la futura santa.
Esa cueva hoy forma parte de la ermita, la cual se construyó en tiempos del rey Jaime I, allá por el siglo XIII. Si bien el edificio que hoy se ve es fruto de diversas reformas posteriores, que han dado como resultado una imagen emblemática de la comarca del Alto Gállego. Pero no sólo por la iglesia, también por las vistas al Valle de Tena que ofrece y por la Fuente Gloriosa que hay ante el templo. Una fuente a la que se le atribuyen propiedades milagrosas, como curar la vista, y cuyo origen se debe a los muchos misterios geológicos y acuáticos de este territorio.
De hecho, a un paso de la ermita aparece una cascada, que en realidad es un afloramiento tobáceo. Es decir, se trata de un paraje donde el agua surgida de las entrañas de la montaña es capaz de solidificar los musgos y los vegetales que riega. Un lugar precioso y también fantástico para refrescarse tras la caminata.
Tras eso, toca regresar al coche, pero antes es interesante detenerse en el mirador que se asoma al congosto de Santa Elena, límite entre el montañoso Valle de Tena al norte y los llanos de Tierra de Biescas al sur. Un territorio que desde hace décadas es referente turístico en Huesca debido a sus paisajes y sus variadas propuestas de ocio, a las cuales ahora se suma un sendero adaptado que elimina barreras físicas para que todos gocemos de la magia de la montaña.
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