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En verano, la temporada de paseos tranquilos y de media montaña en el Valle de Tena también se puede hacer sobre ruedas. Un tractor adaptado como locomotora y dos vagones sin ventanas, para disfrutar de la brisa en el rostro durante el viaje, invitan a ascender desde Tramacastilla de Tena hasta el ibón de las Paúles, y desde Panticosa, al valle de la Ripera.
Elegimos este último trayecto, el más veterano, asesorados por Gonzalo Navarro, uno de los socios del tren de alta montaña El Sarrio, que así se llama la empresa. Él hace de todo -también conduce-, pero en julio y agosto, los meses de más actividad, le toca atender las reservas, abrir las barreras del camino por donde circula el tren -que no es de uso público- y apagar cualquier fuego que surja durante la jornada.
En estos meses, y durante buena parte de septiembre, se hacen tres viajes de ida y dos de vuelta, así que el ir y venir de este singular vehículo turístico es constante. A las once y media de la mañana el tren se pone en marcha junto a la iglesia de Panticosa, a 1.200 metros de altitud sobre el nivel del mar. Nos espera un recorrido de seis kilómetros que se realiza en 50 minutos salvando un desnivel de 350 metros, así que se asciende bastante. Y se nota, vaya si se nota.
Nada más salir del pueblo, el tren turístico con 48 pasajeros a bordo -aforo completo- toma una pista por la que no pueden acceder vehículos particulares. El tráfico está restringido, así que el único ruido es el del traqueteo de los vagones al avanzar por un camino que no es precisamente una autopista. Es lo de menos, porque las vistas son tan impresionantes que resulta difícil abstraerse del espectáculo.
El convoy va cogiendo altura entre un maravilloso hayedo que convive en armonía con pinos, robles y abedules. Un bosque que da cobijo a corzos, jabalís, zorros y ciervos, según relata una voz en off que entretiene el paseo. También es territorio de sarrios, que son más difíciles de ver, y de marmotas. Un par de ellas corretean junto al tren en el trayecto de vuelta. Solo por contemplar esta estampa ha merecido la pena el viaje.
Antes de llegar a su destino, el audioguía sigue contando historias. Del balneario de Panticosa, cuyos tiempos dorados se vivieron en el siglo XIX, se asegura que sus aguas termales ya eran conocidas durante la época de los romanos. También se habla del panticuto, que además de una variedad de la lengua aragonesa, es el gentilicio de los vecinos de Panticosa. Poco antes del final de la ruta, el foco se pone en una roca que parece un dedo. Es una de las formaciones más especiales que, a la ida, solo pueden contemplar los pasajeros de los asientos de la izquierda. Los que están en la parte derecha tienen que esperar hasta la vuelta. El dedo de Yenefrito. Así se llama.
“A medida que subáis, ya veréis cómo desaparecen los árboles y se abre el valle”, sugería Gonzalo antes de iniciar el trayecto. Eso, precisamente, es lo que sucede durante los últimos 15 minutos. “Su mayor encanto es que es muy accesible para todo el mundo, desde niños a abuelos; hay paseos para todos los gustos”. Se pueden hacer hasta seis rutas. No son muy difíciles. Tan solo la que lleva al ibón de Catieras salva un desnivel de 725 metros. “Es uno de los lagos de montaña más bonitos y mejor conservados de los Pirineos”. Así de claro lo tiene Gonzalo a la hora de vender sus excelencias. Eso sí, para hacer esta ruta conviene coger el primer tren de la mañana y regresar en el último, a media tarde. La otra posibilidad es volver a Panticosa andando. “Son seis kilómetros por un sendero bien señalizado, sombreado, que va entre un bosque de hayas y que puede utilizar todo el mundo; ha habido familias con niños de tres y cuatro años que lo han hecho”.
Estas y otras alternativas se pueden abordar en el punto de llegada al valle de la Ripera. Desde él se inician todas las rutas. Al otro lado del puente que salva un río -en esta época es un riachuelo- hay varias mesas para descansar y recargar fuerzas. Habitualmente, los excursionistas planifican sus rutas en este es lugar. Nada más llegar, el conductor comenta que ripera es una denominación que en panticuto significa ladera con mucha pendiente, que es lo que más abunda en la zona. Un conjunto de ripas para entretener la vista largo y tendido.
Si no se tiene mucho tiempo, si hace calor o, sencillamente, si tan solo apetece dar un pequeño paseo, basta con adentrarse en el valle apenas un kilómetro para tener las mejores vistas de las impresionantes moles de la Sierra de Tendenera. Al fondo, a la izquierda, el pico más alto, Tendenera, con sus casi tres mil metros. A su lado, Peña Forato y Sabocos. Esta vista, con el valle abierto, es una de las más bonitas.
Lo saben bien dos amigas, Esther y Pilar, que conocen la zona porque no es la primera vez que la visitan. “Este valle es un espectáculo; no hace falta estar especialmente preparado para disfrutarlo de muchas formas”, sugiere Esther. Su compañera asegura que en alguna ocasión ha hecho el viaje en el tren sola “y lo he disfrutado igual; si tienes alguna duda, siempre hay gente dispuesta a echarte una mano”. “Además, no hay pérdida posible si decides bajar andando a Panticosa -continúa-; ese paseo por el bosque no lo olvidas nunca”. Precisamente, algunos viajeros solo han cogido billete de ida, así que pueden disfrutar del maravilloso entorno más tiempo. Es otra opción.
Durante toda la visita al valle de la Ripera, ya sea corta o larga la estancia, la recomendación más importante que hacen el audioguía y Gonzalo Navarro es “dejar la menor huella posible de nuestro paso este espacio natural”. Por cierto, el único de toda la cordillera pirenaica, Ordesa Vignemale, que atesora la condición de Reserva de la Biosfera.
TREN DE ALTA MONTAÑA EL SARRIO. C/ San Miguel, 39. Panticosa. Tel. 644 005 130
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