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Paisajes idílicos, con espectaculares barrancos, hermosos valles, arrogantes cimas y miles de hectáreas donde tienes la sensación de que el mundo se ha parado sorprenden al visitante que llega a Santiago-Pontones, el municipio más extenso del Parque Natural de las Sierras de Cazorla, Segura y Las Villas, y el segundo de la provincia de Jaén. Ubicado a más de 1.300 metros sobre el nivel del mar, este municipio simboliza la sierra profunda y allí “se llegan a registrar las temperaturas más bajas de toda España”, según nos cuenta nuestro conductor, Gonzalo Castillo, de la empresa Bujarkay. De hecho, dice, “lo llaman ‘la Siberia del Sur’”.
Con una superficie de casi 700 km², este término municipal abarca 27 aldeas y fue creado en 1975, tras fusionar las localidades de Santiago de la Espada y Pontones. Aquí nace el río Segura, que vierte sus aguas en el Mediterráneo, y fluyen (a la vista o de forma subterránea) una enorme cantidad de ríos y arroyos. Precisamente, por esas aguas han viajado durante años las maderas de sus densos bosques, que han servido para construir las traviesas de nuestras líneas férreas, y también de las francesas, como nos explica Gonzalo. Y es que estos bosques ofrecen una gran variedad forestal: tres tipos de pino (laricio, carrasco y negral), nogales, avellanos, abedules y muchas especies endémicas, incluido el famoso Pino Galapán (de más de 400 años de antigüedad e incluido en el Libro Guinness de los récords).
Declarada Zona de Especial Protección de las Aves (ZEPA), aquí podemos avistar rapaces de gran tamaño, como el buitre leonado, el halcón peregrino, águilas de diferentes especies e incluso al quebrantahuesos. Además, habitan la zona grandes mamíferos, como el jabalí, el muflón, el ciervo, el gamo y la cabra montesa; otros más pequeños, como el lirón, la nutria, la jineta o la ardilla común; y entre los peces destaca la trucha común. Sin embargo, la reina del lugar es la oveja segureña. Esta raza, diferente a todas las demás, ha marcado el destino de esta parte de la Sierra de Segura y ofrece uno de los manjares más conocidos y reclamados en toda España.
“La Sierra de Segura vive de las ovejas. Esta zona se ha mantenido viva gracias a ellas”, asegura Tomás Rodríguez, director de Interovic (Organización Interprofesional del Ovino y Caprino). Y no se trata sólo de que unas 250 familias vivan del ganado extensivo en esta zona; las cerca de 35.000 cabezas que mudan de pasto dos veces al año —entre Sierra Morena y los Campos de Hernán Perea, la mayor altiplanicie de España— se convierten en guardianas y conservadoras de estos montes. “A su paso, los rebaños contribuyen al mantenimiento de los pastizales y favorecen la biodiversidad, porque depositan semillas y materia orgánica en el suelo, haciéndolo más fértil; y gracias al efecto ‘desbrozadora’, previenen incendios forestales, porque reducen de forma natural la carga vegetal que los alimenta”, explica la veterinaria y experta en trashumancia Mari Carmen García Moreno.
Además, nos comenta esta experta, “los pastos capturan CO₂”, contribuyendo a la lucha contra el cambio climático, un beneficio ambiental directamente ligado a la presencia de la ganadería extensiva, cuya importancia han reconocido la Unesco, al declarar, en 2023, la trashumancia como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad; y la ONU, declarando este 2026 como el Año Internacional de los Pastos y los Pastores.
No es extraño, entonces, que Mari Carmen afirme que los rebaños crean “vías de vida” y que defina a los pastores como “protectores del paisaje” y “gestores del territorio de alto valor ambiental”, porque ayudan a “proteger razas autóctonas y garantizar el futuro de los pueblos”. Algo de lo que se sienten muy orgullosos en Santiago-Pontones, donde llevan a gala ser la ruta más activa de España en trashumancia y donde han conseguido que más de 80 jóvenes en torno a los 30 años hayan decidido, cada uno desde un punto de partida diferente, que su futuro está en el monte.
Sonia García Martos y Alicia Fernández Rico representan el lado femenino de esas incorporaciones. Ambas probaron suerte lejos de su tierra natal y en ambos casos volvieron a sus orígenes. Más claro lo tuvieron Andrés Ahibar Chinchilla y Lope Fuentes López, quienes, con 26 y 23 años, respectivamente, ya han cogido el testigo de padres, abuelos y bisabuelos.
“Nos marchamos de aquí porque no había futuro y volvimos porque echábamos de menos nuestras raíces”, relata Sonia. Sin tradición familiar ganadera, todo lo ha aprendido desde cero con el apoyo de COAG. Estuvo viviendo cinco años en Alicante, dedicándose a la hostelería, pero no se adaptó a la vida en la ciudad y volvió a Santiago-Pontones con su pareja, Iván. Juntos gestionan un rebaño de 300 ovejas segureñas, que da de comer al núcleo familiar, incluidas dos hijas menores. “Hemos pasado de vivir con estrés a disfrutar de lo que hacemos”, sentencian.
Alicia también tardó un poco en darse cuenta de que quería estar aquí: “Lo intenté fuera, pero sabía que mi destino estaba en mis orígenes”, explica. Y a ellos regresó después de haber estudiado ADE en Murcia, irse de Erasmus a Oporto, trabajar como upper en Birmingham y hacer sus pinitos en la banca. Ahora se siente “orgullosa” de haberse convertido en la cuarta generación de pastores de su familia y ayuda a sus compañeros con los papeleos administrativos. Lleva junto a su padre una explotación de 1.000 cabezas de ovino segureño. Vive seis meses en la Sierra de Segura, y otros seis en Navas de San Juan, en la zona de Sierra Morena, y practica la trashumancia a pie: siete días de bajada a finales de noviembre, siete de vuelta a finales de mayo, ajustando las fechas a la meteorología.
Andrés, por su parte, no necesitó darle muchas vueltas. Tercera generación de pastores, cuenta que, “desde que era un ‘moco’ quería dedicarme a esto” y perpetuar el oficio familiar. Hoy lleva junto a sus padres un rebaño de 1.700 ovejas y 50 cabras, y asegura que el 90% de sus amigos también se dedica al pastoreo. Y Lope, el más joven de los cuatro, es también el más rotundo guardián de la tradición y habla del oficio con una convicción que no necesita adornos: “desde chico me he criado con los corderos, las cabras y el perro. Me encantan los animales y me gusta cuidarlos, verlos nacer… Es el oficio más bonito”, asegura. Junto a su padre lleva 1.700 ovejas segureñas y una veintena larga de cabras, que en verano pastan en los campos de Fuente Segura, en la sierra, y en invierno hacen la trashumancia a la zona del Condado de Vilches, junto a Linares, en Sierra Morena.
Estos cuatro jóvenes son la prueba de que hay gente dispuesta a seguir caminando las cañadas. Como la nueva ‘hornada’ de 22 futuros pastores que ya se preparan en los cursos que ofrece COAG (Coordinadora de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos). Y, junto a ellos, otros más veteranos (pero que no superan el medio siglo), como Emilio, que estudió informática de gestión y ahora busca una fórmula para modernizar el pastoreo utilizando la tecnología y sin que los costes se disparen. De momento, han empezado a usar drones para el pastoreo y collares con GPS para geolocalizar a algunas ovejas y saber dónde se encuentra el rebaño, pero Emilio cree que se puede hacer más para mejorar su vida.
Y es que, aunque ha cambiado mucho, la vida de pastor sigue siendo dura. “Un pastor del siglo XXI no tiene nada que ver con los de antes —asegura Emilio—. Antes estaban días sin pasar por casa y dormían en refugios. Ahora, estamos organizados en cooperativas; prima el interés general como modelo de negocio; vamos y venimos con el coche; controlamos el rebaño con el móvil y hasta podemos cogernos vacaciones. Los pastores de hoy en día conocemos la playa”, bromea. Sin embargo, sigue faltando mano de obra y la solución —en opinión de todos ellos—, está en que sea atractivo económicamente.
“Es necesario que podamos vivir de ello”, afirma Emilio. Y añade: “si quieres que una raza sobreviva, hay que comérsela”. En Santiago-Pontones, el cordero segureño, que por su alimentación y forma de vida tiene la grasa más infiltrada, lo que resulta en una carne más sabrosa, es el producto estrella de la gastronomía de la zona. Los pastores nos lo ofrecen en tres variedades distintas: un delicioso y tierno pincho, su típica caldereta y unas sencillas, pero riquísimas chuletillas a la parrilla.
Además, organizaciones como Interovic están buscando nuevas fórmulas para desestacionalizar el consumo de cordero y atraer a nuevos consumidores más jóvenes. Por eso, han creado el “Paquito”, un bocadillo de lechal (cordero o cabrito), que es ya una realidad en 400 restaurantes de toda España. Y, por ejemplo, en El Coto de Quevedo (Ciudad Real), con 1 Sol Guía Repsol, donde paramos de vuelta a Madrid, el chef José Antonio Medina nos deleita con un sabayón de oveja y un cordero asado en arcilla. Pero sus platos dan para otra historia…
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