Top 8

Refugios invernales para entrar en calor

Refugios rurales de invierno.
Refugios rurales de invierno.

Casas rurales con chimeneas y hornos donde se asan capones y lechazos al tiempo que se templan los comensales. Con jacuzzis para dos, tratamientos termales y monte por los cuatro costados para andar y acabar de entrar en calor. En Ávila, en Huesca, en Teruel, en A Coruña, en Bizkaia… En los lugares más fríos y/o lluviosos de la Península. Cuanto peor tiempo haga, mejor.

Cabañitas del Bosque y del Barranco (Outes, A Coruña)

Las cabañas en los árboles son el último grito en alojamientos ecológicos con encanto, una tendencia que se expande veloz por los bosques de España. Las Cabañitas del Bosque y del Barranco son de madera y están suspendidas a seis metros sobre el suelo, como la choza de Tarzán, entre las copas de los árboles, pero ahí acaban las similitudes con la casa del rey de la selva, porque éstas tienen cama de 1,50 x 2,00 metros, cocina, chimenea y bañera redonda de hidromasaje con cromoterapia, para ver el día del color que se quiera, por gris y lluvioso que sea. Haga el día que haga en las Rías Baixas, hay cuatro visitas obligadas cerca de Outes: la Quintana dos Mortos de Noia, la villa marinera de Muros, el castro de Baroña y la gran cascada de Ézaro.

Cabañitas del Bosque y del Barranco.
Cabañitas del Bosque y del Barranco.

 

Hotel Consolación (Monroyo, Teruel)

Teruel es célebre por sus temperaturas invernales de susto, pero eso no borra la sonrisa a los huéspedes del hotel Consolación. En sus modernísimas habitaciones con forma de cubo y frente de cristal hay una chimenea colgante que permite contemplar el bello y desconocido paisaje del Matarraña cálidamente sentados en las sillas Butterfly o desde la bañera excavada en el suelo de pizarra, así haga fuera 10 grados bajo cero. También se está calentito en el garaje, que en realidad no es tal, sino un espacio ecléctico idóneo para tomar una copa delante de la chimenea metálica. O en la biblioteca, leyendo en el viejo sofá Chester de piel con el fuego a tope. Algo importante, para no perder calorías, es repostar todas las noches en el restaurante: verduras ecológicas de Ráfales, ternasco de Torrecilla de Alcañiz, trufas de Monroyo, jamón de Teruel, quesos de pastor de Peñarroya de Tastavins…

Hotel Consolación.
Hotel Consolación.

 

Txopebenta (Gautegiz-Arteaga, Bizkaia)

Este antiguo caserío de las vecindades de Gernika, rehabilitado en 1990 con piedra y traviesas de ferrocarril, fue el primer agroturismo del País Vasco y sigue conservando la autenticidad y la ilusión de los inicios. Y también los precios, que el cliente, a la hora de pagar, no da crédito. Txopebenta ofrece seis bonitas habitaciones, unos desayunos opíparos (zumo de naranja, panecillos con queso fundido, tostadas, bollería, mermeladas caseras…) y un salón con chimenea para enroscarse como un gato al amor del fuego. El invierno es un buen momento para observar aves (más de 200 especies recalan aquí, en la Reserva de la Biosfera de Urdaibai), para pasear por el cercano bosque Pintado de Ibarrola y para arrimarse a la playa de Laga a ver cómo los valientes hacen surf, mientras uno merienda chocolate con churros en el restaurante Toki Alai, que está detrás de la arena, separado solo por un ventanal. 

Txopebenta.
Txopebenta.

 

Antigua Casa de Pedro Chicote (Zafra de Záncara, Cuenca)

Se llama Antigua Casa de Pedro Chicote, pero podría llamarse la Casa de las Chimeneas, porque todos los lofts y casas de alquiler de este complejo rural tienen una de diseño, ya sea con forma de huevo, central acristalada, giratoria o estilo plasma. Un bonito detalle, de los muchos que tienen los propietarios, es no cobrar la leña. Además de para quemar toneladas de encina, este es un buen lugar, en lo alto de una peña y orientado a poniente, para contemplar puestas de sol, las más bellas de La Mancha. Cerca de Zafra de Záncara, a diez minutos, está la laguna del Hito, donde recalan las grullas en su paso migratorio y también se dan cita en invierno la cerceta común, el ánade rabudo y el pato cuchara. Tampoco andan lejos las ruinas de Segóbriga, la que fue la ciudad romana más próspera de la meseta meridional. 

Antigua Casa de Pedro Chicote.
Antigua Casa de Pedro Chicote.

 

Molino de los Gamusinos (Tolbaños, Ávila)

El roce hace el cariño. Eso dicen. Y da calor. Eso seguro. Si hay un lugar donde es imposible no rozarse, no entrar en calor, es el Molino de los Gamusinos, un hotel chiquitín, como de hobbits, que tiene solo tres habitaciones llamadas Invierno, Verano y Primavera. Todo en este antiguo molino del río Voltoya irradia la calidez de lo hecho a mano y lo hogareño. El desayuno es energético a más no poder: tostadas de pan de pueblo, lomo, jamón, miel, mermelada, bizcocho, magdalenas… Y las cenas, otro tanto: quesos de la zona y caldereta de cordero. Se está estupendamente frente a la chimenea del salón, viendo pasar el agua del río bajo el suelo acristalado. Pero hay otras alternativas apetecibles, como pasear por la ribera del Voltoya o acercarse a Ávila (a 20 kilómetros) para disfrutar de un chuletón y unas yemas.

Molino de los Gamusinos.
Molino de los Gamusinos.

 

El Privilegio (Tramacastilla de Tena, Huesca)

Sobre una abadía del siglo XV, que luego fue casa regia, se levanta El Privilegio, un sólido e impecable hotel de montaña, decorado con moderno gusto y gran cantidad de chimeneas, desde la que arde en el vestíbulo hasta las seis que caldean otras tantas habitaciones. Otro sitio donde no se siente el frío pirenaico es en el spa, con sauna, baño turco, piscina de tonificación y natación contracorriente, zona de té y tumbonas calefactadas para descansar (aún más) después del recorrido termal. Y en el restaurante, comiendo un asado de lechal tencino, tampoco se sufre. Situado en el valle de Tena, a siete kilómetros de Panticosa y 14 de Formigal, El Privilegio es un lugar privilegiado (en efecto) para venir a esquiar, pero también, si eso no es lo nuestro, a dar paseos con raquetas, en moto de nieve o trineo de perros.

El Privilegio.
El Privilegio.

 

Masía Durbá (Castellnovo, Castellón)

No suele asociarse Castellón con pasar frío, pero en el hotel Masía Durbá, que está en el alto Palancia, entre las sierras de Espadán y Calderona, se agradece en invierno que haya siete chimeneas, casi tantas como habitaciones, y para quemar, todas las podas de los almendros que pueblan su finca de 27 hectáreas. Tampoco se asocia Castellón con el exótico Oriente, y esta masía del siglo XVIII está llena de maderas asiáticas, muebles coloniales y antigüedades indias y javanesas. Para cenar, sin embargo, prima lo local: carnes a la brasa (de madera de almendro, claro) y quesos de la sierra de Espadán. Y para visitar, la monumental Segorbe y uno de los parajes acuáticos más espectaculares de España: el Salto de la Novia.

Masía Durbá.
Masía Durbá.

 

Casa Grande da Fervenza (O Corgo, Lugo)

Un molino del siglo XVII, a orillas del Miño, es el corazón, aún muy vivo, de la Casa Grande da Fervenza, hotel, restaurante y museo etnográfico que se esconde en las profundidades de un bosque de robles tres veces centenarios, a 17 kilómetros de la capital lucense. En invierno se está muy a gusto viendo la vieja chimenea del molinero, la llameante lareira, mayor que muchas habitaciones de hoy en día. Y no digamos ya comiendo junto a los hornos donde se cocía el pan y ahora se asa el capón de Villalba. En esta época, el río se desborda y llena de lagunas el bosque de A Fervenza, convirtiéndolo en el más bello rincón de la Reserva de la Biosfera Terras do Miño. Del mismo hotel parte una senda que permite recorrer el bosque río abajo, sorprendiendo a las garzas, los cormoranes y las nutrias. Y hay otro camino que, sin apartarse del río, siempre aguas arriba, llega hasta las mismas murallas de Lugo. 

Casa Grande da Fervenza.
Casa Grande da Fervenza.

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