Miravet

Miravet

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Miravet es una de las joyas de las Tierras del Ebro. Una visita imprescindible. La llegada a esta población tarraconense es para enmarcar en la memoria, con su castillo templario reflejándose en el río. La historia de la fortaleza se remonta a los íberos, sobre cuyo poblado los musulmanes erigieron su alcazaba. Un paseo por el recinto, del que se conservan muchas dependencias, descubre la importancia que aquí tuvo la Orden de los Caballeros Templarios, que se hizo con el lugar en 1153. Esos espacios se reflejan en el refectorio, las caballerizas, las cocinas y, sobre todo, en su iglesia románica.

Una vez recorrido el castillo, el visitante debe adentrarse en las callejuelas empedradas que conducen hasta el centro de la población, donde se encuentra la Iglesia Vella, de corte renacentista. Junto al río se encuentra el Palau de Miravet, un edificio del siglo XIV que fue residencia del comendador de la Orden de los Caballeros Hospitalarios y que hoy alberga un centro dedicado al pintor impresionista Joaquim Mir (1873-1940), que residió y dedicó buena parte de su obra a Miravet entre 1929 y 1930. En una sala diáfana, con vistas al río, se exponen facsímiles de sus obras en las que aparece Miravet, con su luz especial y su contundente orografía. Esta población pegada al Ebro tiene en su barrio de alfareros (Raval dels Canterers) ocho talleres artesanos todavía con gran actividad. En ellos es posible admirar los trabajos en el torno de estos artistas y adquirir piezas de cerámica popular.

Una de las mejores formas de acceder a Miravet es a bordo de la barcaza –de los pocos pasos de este tipo que quedan en el Ebro– que atraviesa el río gracias a la propia tracción del agua. Un corto trayecto lleno de encanto que recompensa al visitante con unas vistas magníficas del río y de la silueta del castillo.

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