Palacio Real de Olite

Palacio Real de Olite

Información turística: 948740175

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El palacio de cuento de hadas por autonomasia no está en Francia o Alemania, sino en Olite. Navarra tuvo un reino esplendoroso hasta el s. XVI, cuando fue conquistado por la potencia castellano-aragonesa. Los reyes dividían su residencia entre Olite y Tafalla, pero fue Carlos III, el Noble, –notablemente influido por su esposa, Leonor de Trastámara- quien decidió mejorar la residencia que constituía el llamado palacio viejo, construido en el s. XII. El resultado fue un fastuoso palacio más cercano al caos que a un proyecto ordenado, lleno de torres, cuadradas y circulares; con galerías y arquerías, con una torre homenaje impresionante. Y esto es lo que queda. Porque lo que fue no es fácilmente imaginable: jardines colgantes de 20 metros de altura, con todo tipo de plantas exóticas; animales autóctonos y extraños, como toros,  jirafas, leones… La visita incluye salas subterráneas, como la de ‘los murciélagos’, construida para sostener los jardines de la Reina, que se hundían por el peso de la masa vegetal allí reunida.

En realidad, se trata de dos palacios, uno construido al lado del otro. El primero de ellos es el actual Parador de Turismo, data del siglo XII-XIII y solo se conservan los muros y torres. El segundo, del siglo XIV-XV es considerado como el ‘Palacio Nuevo’ y fue reconstruido íntegramente en el siglo XX.   Uno de los elementos más admirados del palacio eran los famosos los jardines colgantes que, como los legendarios de Babilonia, llegaron a estar suspendidos a 20 metros del suelo, provistos de plantas y flores de todo el mundo. Para que el patio no se hundiera por el peso de los macetones, se ordenó levantar una sala de arquería subterránea para hacer de contrafuerte. Es la Sala de los Arcos o de los Murciélagos.


El fin del Reino de Navarra supuso la decadencia del palacio, porque ninguna autoridad quiso instalarse en él. Ya en ruinas a finales del s. XVIII, el gran incendio provocado en la Guerra de la Independencia lo dejó para el arrastre. En 1913 es adquirido por la Diputación Foral de Navarra y 25 años más tarde se inicia una minuciosa restauración que le da su imagen actual. 

Declarado Monumento Nacional en 1925, su restauración le regaló esos capuchones negros en las torres que ahora son su seña de identidad.

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