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Los poetas clásicos, con Virgilio a la cabeza, soñaban con hallar la inspiración en Arcadia, un bucólico territorio remoto de colinas y pastos, donde la armonía era la norma y el ritmo de la naturaleza era la ley que lo guiaba todo. Aquella quimera la heredaron artistas del Renacimiento y del Barroco, e incluso inspiró a pintores de vanguardia como Matisse. Pues bien, el mito sigue vivo. ¿Un ejemplo? Guitarricadelafuente y su intenso vínculo con el pueblo de Cuevas de Cañart (Teruel).
En realidad, el cantante nació en Benicassim siendo Álvaro Lafuente y, mientras la gran mayoría de la gente huía al mar en verano, para él el calor significaba adentrarse en el Maestrazgo turolense y desembarcar en el pueblo de su abuela para gozar de los mejores momentos de su vida. Así fue toda su niñez y adolescencia. No es extraño que Cuevas de Cañart sea su Arcadia particular.
Ahora casi un trientañero, Guitarricadelafuente es una estrella de la música y actor en ciernes, con un papel en la peli La bola negra, dirigida por Los Javis. Ha pasado de dar a conocer sus canciones en redes sociales a sonar para los Grammy latinos o cerrar un exitoso tour llenando el Movistar Arena de Madrid. Lo entrevistan aquí y allá, y siempre que tiene ocasión comenta que todo comenzó en Cuevas de Cañart.
“En las Cuevas de Cañart, la vida es tan bonita, que parece de verdad”. Estos versos de su canción Guantanamera plasman el arrebato de Guitarricadelafuente por su pueblo adoptivo. Y no se queda en palabras. También hay imágenes que lo corroboran. Allí grabó un videoclip que por sí solo se ha convertido en folleto turístico. No tanto por mostrar su rico patrimonio, sino por transmitir con naturalidad la placidez que irradia el lugar.
En el vídeo aparecen la fuente y el lavadero del pueblo, convertidos en una alegre fiesta acuática. Y no es la única vez que aparece el agua. También se descubre el conocido como Chorro de San Juan, una cascada natural situada como a dos kilómetros del núcleo habitado y tras una pronunciada cuesta. Por cierto, una caminata muy recomendable, que pasa ante el viejo molino harinero y que lleva hasta la ermita de San Juan y los restos de un nevero que guardaba el hielo del invierno
No obstante, y hablando de agua, en el vídeo de Guantanamera hay un paraje con protagonismo especial. Es el vecino embalse de Santaolea, en cuyas aguas vemos bañarse al cantante; un refrescante chapuzón, habitual cada verano para los vecinos de la zona. E incluso los hay que vienen de lejos para acercarse a la conocida playa de Santaolea, ideal para zambullirse en esa enorme piscina azul turquesa rodeada de pinos y roquedos.
En la parte alta de la calle del Horno vive Fina, una vecina de Cuevas de Cañart que nos acerca a los restos del castillo y la ermita de los Pueyos para contemplar las vistas del caserío. Además, nos indica el camino para llegar hasta el Chorro de San Juan. Y, antes de despedirnos, nos advierte: “este chico nos ha puesto en el mapa”, para después seguir con su paseo hasta el huerto.
También José reconoce que Guitarricadelafuente ha incrementado el número de visitantes. Y él lo sabe bien, no sólo por ser el propietario de la Casa Rural Pano Río, sino porque realiza junto a su hijo Jesús los recorridos guiados por Cuevas de Cañart. “Hace unos pocos años, cuando el chaval no era tan famoso, ya vinieron dos chicas que me pidieron que las llevara a los sitios que salen en el vídeo de Guantanamera. Luego han ido viniendo más”, recuerda José.
Para todos ellos hace la visita guiada por las calles del pueblo. “Antes parábamos en la plaza donde está la iglesia de San Pedro y también Casa Moliner, que es una casona solariega con mucha historia. Pero con las obras de restauración del templo, ahora sólo pasamos por ahí”. Y no es el único edificio de interés en esa plaza. También ahí se levanta Casa Arellano, convertida en hotel. Aquí sí que haremos después una parada para conocerlo y saborearlo en profundidad.
De todas maneras, en el recorrido por estas calles, posiblemente lo más importante no sean sus construcciones monumentales; lo atrayente es la atmósfera que se respira. Armonía y paz son las notas dominantes. Y la vista se va a detalles que expresan todo el encanto del lugar. Aquí una ventana decorada con carpintería de antaño o un emparrado y flores cubriendo una pared, allí un arco de piedra uniendo los dos lados de una calle, y un poco más allá unas callejas donde las tejas de las casas casi se juntan en las alturas. En definitiva, que el sube y baja por el pueblo es de lo más ameno, y se salpica con paradas como el viejo horno comunal, donde se cocieron los panes de los vecinos durante siglos, o la ermita de San Blas con su arquitectura del siglo XVII y su cúpula esgrafiada en blanco y negro. Por no hablar del Portal de Marzo, el único que queda en pie de las antiguas murallas.
Lo prometido es deuda y toca conocer Casa Arellano, o lo que es lo mismo, el Aparthotel Spa Don Iñigo de Aragón. Un establecimiento de 18 habitaciones, cada una distinta al resto, pero todas equipadas con su cocina, para que sus huéspedes funcionen de forma autónoma. Tanto es así, que el hotel no dispone de recepción durante unos días a la semana y los hospedados entran en este inmueble del siglo XIX como si de un apartamento se tratara.
Es la apuesta de Fernando y Álvaro Monteserín, padre e hijo, al frente del negocio desde la primavera de 2025. Dos madrileños que cambiaron de vida. Pero la mudanza ha ido más allá de su trabajo y residencia. En este corto espacio de tiempo ha desaparecido tristemente la tercera parte del sueño, Gema Giménez. De modo que ahora ambos prosiguen con el proyecto que tanta ilusión le hacía a su esposa y madre.
Pese al duro golpe recibido, se mantienen al pie del cañón. Especialmente Álvaro, como chef del restaurante Girea, integrado en el hotel. Con sólo 23 años gobierna en sus fogones, pese a condicionantes como el carácter remoto de Cuevas de Cañart. Un emplazamiento clave para guardar su esencia, pero un problema a la hora de los suministros. Aun así, está empeñado en sacar el proyecto a flote con una cocina que es un viaje de ida y vuelta entre lo novedoso y la tradición.
La presencia del hotel, de una acogedora pensión y de varias casas rurales, habla del desarrollo turístico del lugar. Así que, pese a ser una pedanía del cercano pueblo de Castellote, cuenta con su propia oficina de turismo, integrada en el que quizá sea el monumento más destacado de la población: el Convento de los Servitas; si bien es una ruina casi romántica, con las bóvedas de su iglesia abiertas al cielo y las dependencias conventuales enterradas en las inmediaciones.
Para comprender lo que fue este edificio, se ha recuperado un ala del claustro que acoge una pequeña exposición didáctica. Es en esa zona donde se congregan los grupos de visitantes, para luego subir hasta lo que queda del campanario, convertido en un mirador sobre la iglesia. Desde allí arriba, José revela que hasta hace poco el convento estaba sin protección alguna, de ahí que sufriera el expolio de pequeños tesoros en forma de azulejos del suelo o relieves de sus paredes.
“Ahora está cerrado, pero si no se hace nada acabará viniéndose al suelo todo. Y pensar que antes era un lugar donde hasta se hacían conciertos… En cambio, hoy no podemos entrar por el peligro de que nos caigan cascotes. Hay que conformarse con verlo desde el campanario”. Pues sí, tiene razón José, ¡una auténtica pena! Ojalá pronto se consolide en profundidad y cese su deterioro. ¿Quién sabe? Igual hasta vuelve a acoger conciertos. Si es así, será un escenario ideal para ver y oír a Guitarricadelafuente.
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