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Hay playas que encierran algo más que el bullicio de los niños jugando en la orilla, el tac-tac de la pelota rebotando en las palas o el arrullador oleaje a la hora de la siesta. Es cierto que la playa de Ajuy, en el municipio de Pájara -al oeste de la isla de Fuerteventura-, no puede presumir de los extensos arenales de fina arena blanca de El Cotillo, Corralejo o la Península de Jandía. Es pequeña en extensión (apenas 270 metros de longitud y 35 de anchura), de arena negra, grava y bolos de roca, el oleaje suele pegar fuerte y el baño se hace más seguro si uno no se mete mar adentro. Sin embargo, Ajuy es el eslabón primigenio de las islas Canarias.
En este rincón, donde locales y algunos turistas extienden la toalla y se pegan un refrescante chapuzón, encontramos un espectacular acantilado rocoso con gran valor geológico y paisajístico: el Monumento Natural de Ajuy. Está integrado dentro del Parque Rural de Betancuria y se da la paradoja de que el Monumento, declarado como tal en 1994, es el más pequeño de todo Fuerteventura (casi 32 hectáreas), mientras que el Parque es el más extenso de la isla. La erosión del agua y el viento ha dejado al descubierto una ventana al pasado que se puede contemplar con un ameno paseo que nos conducirá directamente al Cretácico, la era de los dinosaurios. En las cuevas de Ajuy se han localizado los materiales geológicos más antiguos del archipiélago, cuya antigüedad oscila entre los 100 y 150 millones de años, en esa época en la que se cree que se separaron las tierras del continente africano y americano y se conformó el océano Atlántico. Solo por poner una comparativa temporal, los geólogos calculan que Fuerteventura tiene una edad de unos 23 millones de años; una chiquilla comparada con este complejo basal.
El recorrido arranca en la misma playa, en su costado derecho (mirando al mar). Desde la arena podemos observar las sinuosas capas evolutivas que han ido emergiendo de las profundidades y hoy se exhiben desnudas, a la vista de todos, como si de una porción de tarta se tratara. En la parte inferior, el complejo basal de sedimentos oceánicos, depósitos volcánicos y lava; a continuación, lo que se conoce como playa elevada, situada a unos 14 metros sobre el actual nivel del mar y en la que encontramos fósiles marinos de unos 5 millones de años; luego están los restos de la colada volcánica, procedente del vecino volcán Morro Valdés (en Betancuria); y finalmente, un paisaje petrificado con conchas, caparazones y algas, donde predominan los tonos ocre y beige.
A esta zona también se la bautizó como Puerto de la Peña. Es un abrigo natural, de 700 metros de longitud, que queda en parte al resguardo de las fuertes embestidas con las que el Atlántico va esculpiendo la cara oeste de Fuerteventura. Los historiadores creen que por aquí llegaron, en 1402, los primeros conquistadores normandos. Al no existir un muelle de atraque, se decidió construir una rampa de carga apoyada en pilares de hormigón por los que se bajaban las mercancías a los barcos, y cuyos restos todavía se conservan. De hecho, el Puerto de la Peña fue el embarcadero más importante de la isla durante siglos, pues estaba cerca de la antigua capital, la bella Betancuria. Desde aquí se exportaba trigo, ganado, mercancías, roca sienita y cal a otras islas. La extracción de cal tuvo su gran apogeo en el siglo XIX y hasta los años 70 del pasado siglo y de ello dan cuenta los vestigios de los hornos excavados en la roca donde se calcinaba, la casa de la aduana, la rampa y el túnel que se pueden observar durante el recorrido.
Al final del paseo, tras bajar unas escaleras esculpidas en la roca, el terreno rocoso se oscurece y se pueden visitar dos cuevas -las que se ven al fondo, golpeadas por las olas, son donde se localizan los restos geológicos más antiguos-. En una de estas dos grutas accesibles, los vecinos de Pájara trataron de construir un túnel que comunicara el pequeño pueblo pesquero de Ajuy con el embarcadero, aunque la obra quedó inconclusa. Aquí, subidos a una de las rocas, los visitantes se llevan el recuerdo de penetrar en el corazón mismo de las Canarias.
La excursión a Ajuy la completamos con la visita a dos lugares muy fotogénicos que están próximos a la playa. En el km 2 de la carretera FV621, saliendo del pueblo, nos encontramos a mano izquierda el inicio del Camino de Pájara. Son dos kilómetros y medio de pista de tierra, que se pueden recorrer andando, en bici o en vehículo. Al inicio podremos observar las características gavias, sistema tradicional de cultivo de Fuerteventura en el que se inunda el terreno para retener la escasa agua que cae en estos áridos terrenos. Pronto nos topamos con la pequeña cala del Jurado (municipio de Betancuria), una ensenada de callaos rodeada de acantilados, que la resguardan de los vientos, y que está presidida por un majestuoso arco natural de piedra. El lugar está muy frecuentado por pescadores, caravanistas y observadores de estrellas, que desvelan que, durante la bajamar, se forma una piscina natural a los pies del arco ideal para refrescarse con total seguridad.
Nuestra última parada es el palmeral de la Madre Agua, también accesible desde la misma carretera FV621. Este oasis de 600 hectáreas, con una cascada de agua dulce que emerge de la roca y medio centenar de palmeras canarias, juncos y cañaverales, es uno de los más antiguos de la isla y con más historia. Aquí se asentaron los aborígenes mahos -de ahí que se conozca como majoreros a los habitantes de Fuerteventura- y también los primeros conquistadores normandos, atraídos por un recurso escaso como es el agua. En este mismo entorno fue retratado, a lomos de un camello, el dramaturgo e intelectual Miguel de Unamuno, que durante unos meses de 1924 fue desterrado por sus críticas al dictador Primo de Rivera.
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