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La roca que la protege es gris, caliza, infinita. Su boca, oscura, es refugio de palomas, golondrinas, murciélagos. De ella emerge un buen caudal de agua fría que surge de las profundidades de la tierra. Un manantial que cae, en cascada, a una deliciosa poza rodeada de una densa arboleda. Son las diez de la mañana y en la charca que acompaña a la Cueva del Gato, en pleno parque natural Sierra de Grazalema, no hay un alma. Solo se escuchan pájaros recién levantados, alguna abeja que recolecta polen, un tren que pasa a lo lejos camino de Ronda.
A pocos kilómetros del casco urbano de Benaoján (Málaga) se encuentra una de las zonas de baño más exquisitas de la provincia andaluza. Ocupa un puñado de metros cuadrados encajonados entre montañas, rodeados de vegetación y surtidos de manera permanente por las entrañas de la Sierra de Líbar, que filtra el agua desde Grazalema para devolverla aquí a la superficie. Un regalo que a primera hora se disfruta en soledad, con aguas calmadas y mucho silencio. Y que este verano estrena fisonomía después de que la Cueva del Gato, declarada monumento natural, expulsara con violencia miles y miles de metros cúbicos tras las intensas lluvias del invierno, que llegaron a provocar temblores en el subsuelo.
A este lugar se llega fácilmente en coche por la carretera que une Ronda con Benaoján. Y cuenta con un amplio aparcamiento gratuito. Después no hay más que bajar al río, cruzarlo por el puente y llegar en pocos pasos a la poza. Allí la tranquilidad reina al amanecer, pero pronto se vuelve algarabía con la llegada de numerosos visitantes, algunos con sus mascotas e incluso con colchonetas de plástico. Los más jóvenes se atreven a saltar desde las rocas —la profundidad lo permite, con cautela— y los más pequeños se divierten en el arroyo, que no cubre. Su cauce tiene escasa longitud porque desemboca pronto, tras pasar bajo las vías del ferrocarril, en el río Guadiaro. Y lo hace justo frente al hotel Cueva del Gato, que dirige Miguel Herrera.
“Este es un sitio para desconectar porque, entre otras cosas, apenas hay cobertura. La idea es dejar el teléfono a un lado, disfrutar de la naturaleza y del agua. El entorno es una maravilla”, cuenta Herrera, que subraya que numerosos grupos acuden al establecimiento para disfrutar de retiros y actividades como yoga o senderismo. “Aquí hay mucha energía y es un espacio ideal para ello”, añade quien cuenta con otros negocios como Columela, en Estepona, donde celebran eventos y preparan unas exquisitas pizzas con masa de trigo recio de Ronda.
El hotel, con siete habitaciones, es perfecto para una escapada: más allá de los grupos, también acepta reservas individuales o de parejas. Todos pueden igualmente solicitar con antelación su desayuno, almuerzo o cena —con Solete Repsol— que Herrera y su equipo preparan dando protagonismo a los productos locales —como los quesos de cabra Sierra Crestellina— y especial protagonismo a las verduras de su propia huerta ecológica.
La puerta del alojamiento da directamente al Guadiaro, justo en el lugar donde desemboca el arroyo de la Cueva del Gato, a escasos metros de allí —está tan cerca que el rumor de la cascada se escucha a la perfección—. Hay un sendero que transcurre paralelo al cauce que permite caminar sin desnivel entre las sombras de los álamos, el color de las adelfas y el verde intenso de los algarrobos. También hay otras pozas a pocos metros, como Charco redondo, donde hay acceso a otro lugar singular: El Gato Verde, con Solete Repsol.
Se trata de una terraza muy singular que se despliega en un prado verde. Abre cada noche de viernes a domingo entre las 20.00 y las 2.00 horas con una propuesta de comida rápida: hamburguesas, perritos, nachos, croquetas, ensaladas, patatas con kimchi o aceitunas rebozadas “que pide casi todo el mundo”, según reconoce Daniel Gil, vecino de Benaoján que impulsó el negocio desde 2023. Su bar es un viejo contenedor de barco y dispone también de un pequeño escenario para conciertos.
Desde que recibió su Solete Guía Repsol hace dos temporadas, en el Gato Verde apenas hay hueco para encontrar mesa. “Llenamos prácticamente cada vez que abrimos. Y hay capacidad para 180 personas”, subraya Gil, que destaca que El Gato Verde es parte de la venta Cueva del Gato, un negocio tradicional de la zona propiedad de su socio. Abre de jueves a domingo a mediodía y su menú incluye platos tradicionales como las migas serranas —con chorizo, pimiento y huevo frito— o carnes a la brasa, además de guisos locales.
El sendero continúa entonces hacia Estación de Benaoján, una minúscula localidad junto a las vías del tren. De camino sorprende la Charca de la Barranca, preparada también para disfrutar de un buen chapuzón. Tras cruzar un bonito puente, el pequeño casco urbano esconde uno de los mejores lugares para desayunar, el Bar Stop - Ankanita, también Solete Guía Repsol. Más allá de sus platos de abundante comida casera, allí la estrella es el mollete del Obrador Máximo, que sirven en numerosas versiones, como la carne mechada de las empresas cárnicas del municipio.
Los molletes son obra de Pedro Heras, joven panadero que ha revolucionado el sector con sus panecillos sabrosos, ligeros y crujientes. Cada madrugada elabora cerca de 2.000 unidades que viajan a distintos puntos de España. Muchos acaban en hoteles de cinco estrellas y restaurantes con Soles Guía Repsol. “No paramos de trabajar porque la demanda es muy alta”, reconoce Heras. Lejos del lujo, sus molletes también se pueden disfrutar en el bar El Encuentro, ya en el casco urbano de Benaoján, donde los tuestan a la perfección y los sirven con exquisito jamón. Lo habitual es tomarlos en el desayuno, pero vale para cualquier comida del día.
La última recomendación que hacen quienes conocen este entorno es volver a la poza de la Cueva del Gato, porque según le impacte la luz solar parece un sitio diferente. A primera hora su agua es de un color azul intenso, a mediodía es turquesa y ya por la tarde, de nuevo a la sombra, vuelve a tornarse más oscuro. Además, según el momento del día hay diferentes aves, otro atractivo para los amantes de su observación. Lo único que permanece constante es la temperatura del agua, helada pero perfecta para refrescar el caluroso verano que aquí alcanza, con cierta facilidad, los 40 grados.
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