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Entre la apacible laguna de Uña y la central hidroeléctrica del Salto de Villalba hay 11 kilómetros, en los que el Júcar apenas desciende 150 metros, pero en los que ha excavado uno de los cañones kársticos más sobrecogedores y apetecibles de nuestra geografía. En él encontramos tramos en los que el agua discurre bajo paredes de roca de doscientos metros y por pasillos de apenas un par de metros de ancho. El agua que sale de los grifos de la ciudad de Cuenca proviene del manantial de Royo Frío, una surgencia situada en mitad del desfiladero; los túneles del canal son una puerta abierta a este paraíso.
A 70 metros sobre el Júcar, el Ventano del Diablo es una de las estrellas del Parque Natural de la Serranía de Cuenca. Los dos arcos de roca de este mirador natural son tan improbables que muchos dan por hecho que aquí ha intervenido la mano del hombre. Nosotros, sin embargo, sólo hemos aportado el aparcamiento y unas prudentes vallas. La explicación a este fenómeno está en la flexión y fractura que produjo la orogenia alpina sobre antiguos sedimentos marinos, y que luego el agua y el viento se encargaron de esculpir con capricho.
El poeta Alfredo Marqueríe escribió que aquí arriba sopla un viento diabólico, que te susurra que te atrevas a lanzarte al vacío. Hay quien dice que su nombre proviene de un cazador que se refugió aquí durante una tormenta, a quien le alcanzó un rayo y cuyo hijo corrió al pueblo gritando que a su padre lo había matado Belcebú. Pero la leyenda más repetida sostiene que el demonio celebraba aquí veladas con brujas y arrojaba al vacío a quien lo sorprendía. Lo que es seguro es que el Ventano del Diablo es una especie de bisagra geológica en la que se encuentra la zona más abrupta de la Serranía de Cuenca con el inicio de las vegas de Villalba.
Desde el mirador se observa el paraje conocido como los Cortados de Villalba de la Sierra. A simple vista, parece una idea de bomberos bajar a esas pozas de color verde esmeralda, pero la empresa es más fácil de lo que parece. De hecho, este tramo del Júcar es perfecto para quienes se quieran iniciar en el barranquismo, ya que no exige material de seguridad más allá del neopreno y la mayoría de saltos son opcionales. Contratar con alguna de las empresas locales que ofrece esta actividad es la forma más cómoda y segura de disfrutar del paraje, pero el fondo del Júcar es sorprendentemente asequible y bastan las piernas y un poco de precaución para alcanzarlo. Bueno, y también un GPS, porque no hay señalización.
No existe una zona de baño oficial ni habilitada. La que proponemos aquí se llama popularmente “El Tranco”, y se ubica a unos 500 metros en línea recta desde el Ventano del Diablo aguas arriba. Desde el aparcamiento del mirador se podría llegar por un sendero que desciende abruptamente en menos de 1 km, pero esta opción presenta dos problemas: que el aparcamiento está limitado a un máximo de 45 minutos y que, de regreso, la subida se hace bastante dura. Afortunadamente hay montones de alternativas.
Una opción menos abrupta, pero sólo un poco más larga, consiste en valerse de los túneles del canal de Royo Frío, que se perforaron a principios de la década de 1970 para llevar agua potable a la ciudad de Cuenca. La ventaja de seguirlos es doble: que permiten ahorrarse un buen puñado de metros de desnivel y que son tramos por los que se camina bien fresquito, si bien hay que tener en cuenta que no están preparados para el paso de público, el firme es irregular, no tienen iluminación y la humedad puede provocar resbalones.
El túnel clave es el primero de ellos, que pasa bajo el Ventano del Diablo. No es del todo fácil acercarse en coche, pero en la CM-2105 hay varios márgenes habilitados para aparcar. La opción más segura saliendo de Villalba de la Sierra sería dejar el coche a la altura del KM 22, en el margen derecho, cuando la carretera hace una curva amplia a izquierdas. Desde aquí, sale una pista forestal que llega en unos 600 metros hasta la entrada del primer túnel. Al cabo de otro kilómetro, en el que se atraviesa un segundo túnel, se llega al Tranco.
Viajando en sentido opuesto, de Uña a Villalba, se puede aparcar algo más cerca, a la altura del PK 23, en el margen derecho, justo donde la carretera gira 90 grados a la izquierda; la aproximación al túnel es un poco más agreste, pero asequible. La carretera presenta línea continua en ambas incorporaciones, así que sólo se puede elegir una en cada sentido, aunque el problema se soluciona dando la vuelta en el Ventano del Diablo.
La última opción, sin duda, es la más bonita, pero tiene un tramo que da un poco de guerra. Comienza por un sendero botánico que sale desde Villalba de la Sierra, concretamente del Tablazo, una zona de baño radicalmente distinta a la del Tranco, donde el Júcar se muestra manso y se expande por la vega. El sendero se asoma a azudes, molinos y norias, que pertenecen a una infraestructura histórica; según la Confederación Hidrográfica, casi el 40% de sus elementos catalogados sigue en funcionamiento.
La joya de este paisaje “cultural” es el poblado del Salto de Villalba, cuya central hidroeléctrica se diseñó como si fuese un palacio de estilo neoplateresco, y el poblado se dispuso siguiendo el modelo higienista de ciudad-jardín. Desgraciadamente, queda en la orilla opuesta, pero la estampa desde este lado es bastante fotogénica. Lo malo es que es a esta altura donde el camino comienza a perderse y, a veces, ser impracticable, salvo que se lleven pantalones largos y se esté dispuesto a hacer algún equilibro y alguna trepada. Lo bueno es el bosque con chopos, sauces, avellanos, tilos, arces, sargas, rosales silvestres…
Este verano se cumplen cien años de la inauguración de la central hidroeléctrica del Salto de Villalba, una obra faraónica que, más allá de ser un ejemplo delicioso de arquitectura industrial, esconde una infraestructura de sifones y acueductos que se puede aprovechar para conocer el cañón desde otro punto de vista. Pero eso ya es una aventura para otro día.
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